Xoán Vázquez
El a veces peyorativo término “turismo de masas” no es nuevo, sino que fue popularizado entre los años 1950 y 1970, cuando el número de turistas se incrementaba año tras año y acabó convirtiéndose en el modelo de negocio turístico que se ha ido consolidando en la mayoría de los países.
Según la Organización Mundial del Turismo (OMT) el número de turistas internacionales en el mundo ha pasado de 22 millones en 1950, a superar los 1.000 millones en 2012 hasta alcanzar la cifra de 1.300 millones en 2023.
Un elemento que ilustra este cambio es que en 1950 el 75% de la población mundial no se movía más allá de 100 kilómetros del lugar donde nacía.
Tradicionalmente el crecimiento económico ha estado ligado al sector secundario o industrial, pero cada vez son más los Estados en los que una proporción cada vez mayor de la economía se centra en el turismo y esto aumenta su vulnerabilidad a las consecuencias económicas de los fenómenos meteorológicos extremos y su dependencia de los países industrializados.
Y es que el turismo es un gran negocio. En la actualidad la industria del turismo es la tercera industria a nivel mundial y constituye el 10% del PIB, extendiéndose a todos los territorios y a todos los sectores de la economía.
Y, para que este engranaje siga funcionando, se transforman espacios naturales para hacerlos accesibles y se impulsan ofertas gastronómicas y culturales. Para atraer a los turistas han aparecido multitud de servicios entre los que sin duda ocupan un lugar preferente las plataformas digitales (AirBnB, Booking…) que nos permiten seleccionar sin salir de casa transporte y alojamiento.
Otras aplicaciones nos informan de la climatología, reseñas de restaurantes, horarios de museos o compiten en ofertas “originales” que van desde visitas a los exteriores donde se grabó “Juego de Tronos” a un pack de visita Madrid que incluye parque Warner y desfile del Orgullo LGTBI+.
Sobrecarga turística
Ningún rincón del mundo quedará intacto. Pero en los últimos años, el turismo de masas ha causado inquietud por sus excesos como ver los grandes cruceros con capacidad para 6.000 turistas entrando en la laguna de Venecia.
Cruceros cada vez más solicitados y que constituyen un agente contaminante de primer orden, pues durante su escala siguen con los motores en funcionamiento para cubrir la necesidad de sus equipamientos (restaurantes, piscinas, climatización) contaminando el equivalente de entre 10.000 y 30.000 vehículos. Sin olvidar que se ha disparado la navegación por ocio pues, como señala Belén García de Ecologistas en Acción “Ahora ir a la playa es de pobres, hay que ir en barco”.
Muchas zonas están sufriendo una sobrecarga turística que afecta a la vida cotidiana de las y los residentes, a la vez que pone en peligro la integridad de los patrimonios culturales y ambientales del país. El ruido, la proliferación de terrazas y tiendas de souvenirs en el centro de las ciudades, la gentrificación y la consiguiente falta de vivienda asequible, conllevan la necesidad de gestión de la demanda turística impulsando medidas como la tasa turística, la limitación de la duración de la estancia o el cierre de hábitats naturales.
Pero no solo es cuestionado el turismo de masas sino también el turismo alternativo. El turismo alternativo no es una alternativa al turismo, ni siquiera al turismo de masas, sino que lo acompaña y lo complementa. Justifica su desarrollo y abre nuevos caminos, nuevos destinos fuera de las rutas turísticas habituales.
Así por ejemplo la tendencia hacia el turismo ambiental tuvo como resultado que en 2023 los visitantes de la Antártida llegaron a los 105.000 en apenas cuatro meses y en una zona muy reducida del continente. Las previsiones de similares cifras para 2024 han puesto en alerta a científicos y activistas ambientales ante la fragilidad del entorno en el que se mueven y la falta de una regulación clara.
Explotación laboral
A finales de 2023 en el Estado español las personas trabajadoras en el sector turístico alcanzaron el máximo histórico de 2.590.221, lo que supone un 12,5% del total de afiliados. A nivel internacional el sector turístico ocupa a 330 millones de personas trabajadoras, uno de cada diez empleos en el mundo, y es la principal fuente de ingresos para casi 50 países.
Que el sector turístico, especialmente la hostelería, es sinónimo de precariedad es una realidad incuestionable. Prueba de ello es la respuesta “aquí siempre se ha trabajado a destajo” de los hosteleros de las casetas de la Feria de Abril (con 3.148.698 visitantes) al conocerse una oferta de trabajo para un camarero: 600 euros semanales por 14 horas diarias de trabajo.
La prueba de que las condiciones laborales de los trabajadores no son una prioridad para las empresas del sector es el caso de las más de 100.000 camareras de piso (popularmente conocidas como Las Kellys) que hay en el Estado español y que según una encuesta realizada por CCOO más del 70% de ellas se medican para continuar con su trabajo. Algunos hoteles les pagan 1,25 euros por habitación, que tiene que estar lista y en perfecto estado en 15 minutos, lo que supone una media de 25 habitaciones al día.
En Francia se creó en 2017 el Consejo Interministerial de Turismo (CIT) que se marcó dos objetivos: aumentar el número de llegadas de turistas hasta 100 millones para 2020 y aumentar los ingresos del turismo hasta 50.000 millones de euros para aquel mismo año; lo que permitiría crear 300.000 puestos de trabajo. Los objetivos se cumplieron, pero de la creación de empleo nunca más se supo.
El turismo mata los barrios
En 1964 la socióloga Ruth Glass creó el término “Gentrificación” que en su acepción de gentrificación turística supone la transformación de barrios o ciudades históricas destinadas fundamentalmente a turistas donde se modifica el alojamiento y se añaden restaurantes, tiendas y servicios.
Las campañas de asociaciones vecinales y sindicatos de inquilinos han visibilizado el problema, que en el fondo es la ofensiva terrestre en la guerra del capitalismo contra los pobres, una mercantilización calle por calle de escaparates, viviendas, espacios públicos, bienes y servicios. Los valores de las propiedades son inflados por agentes inmobiliarios, desarrolladores y propietarios codiciosos hasta que para los residentes y las tiendas locales quedan fuera del alcance y la zona se inunda de cadenas corporativas, boutiques y apartamentos de lujo.
Pero hay innumerables ejemplos inspiradores de lucha contra la gentrificación. La campaña contra los apartamentos turísticos impulsada por los sindicatos de inquilinos en Madrid y Málaga o, en Gran Bretaña la campaña Focus E15 por “vivienda social, no limpieza social” que atacan directamente a la política de vivienda.
La lucha contra la gentrificación solo tendrá éxito cuando forme parte de luchas políticas más amplias contra el racismo y la búsqueda de chivos expiatorios, luchas por los derechos sindicales, un salario digno, viviendas públicas, servicios públicos, la sanidad pública y la lucha por la representación de la clase trabajadora y la responsabilidad política de los políticos electos.
Movilizaciones
En 2016 una manifestación de más de 300 personas con maletas y titulada “Venexodus” recorrió el centro de Venecia para denunciar el progresivo despoblamiento del centro histórico (174.808 habitantes en 1951 y 54.955 en 2016) por la marea de turistas y el elevado precio de la vivienda. Luego vendrían las protestas con carritos de bebe y carritos de la compra.
La campaña “Este turismo es insostenible” de la Plataforma contra los megacruceros en diferentes puertos del Estado, la de los sindicatos de inquilinas e inquilinos de Madrid contra los más de 16.000 apartamentos turísticos ilegales y las movilizaciones de “Cádiz resiste”, “Sevilla se muere” y “Canarias tiene un límite” quieren dejar patente el malestar contra el actual modelo turístico y los graves problemas que genera en especial el problema de acceso a la vivienda de la población local, la ocupación de las aceras por terrazas, la excesiva urbanización con la construcción incontrolada de hoteles, villas de lujo, apartamentos turísticos y la masificación en las zonas de patrimonio natural.
Todo ello reclama una moratoria turística.
La gente viaja para escapar del estrés y la alienación del trabajo, por eso hacer que los turistas se sientan culpables no salvará el planeta. Para explicar el impacto del turismo —incluidos sus efectos dañinos sobre el desarrollo económico y el medio ambiente— debemos ir más allá de moralizar a los turistas por su elección de las vacaciones.





