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Natalia Boffa

El 7 de marzo de 2025 Bahía Blanca amaneció bajo una intensa lluvia que llegó al menos a sumar 400 litros por metro cuadrado en 5 horas. Las inundaciones comenzaron sobre las 5 de la madrugada en las zonas más bajas de la ciudad y en un par de horas ya habían alcanzado la mitad de ella.

En total, las familias afectadas sumaron un 70% en toda la ciudad y comunidades aledañas como General Daniel Cerri e Ingeniero White. Su población total ronda los 350.000 habitantes, por lo tanto, la afectación fue muy importante en términos materiales y humanos. Pasados cinco días de la inundación, se cuenta a 16 personas fallecidas y 94 desaparecidas.

La explicación técnica dice que la media de lluvia anual en la ciudad suele ser de 600 litros, por lo que en ningún momento se previó un caudal que superase la mitad de esa cifra en pocas horas.

Las obras hidráulicas de la zona estaban destinadas a encauzar el régimen anual normal, con posibilidad de crecidas importantes por las lluvias provenientes de zonas montañosas aledañas que desembocan en el arroyo Napostá y su derivación por el canal Maldonado.

Tanto el arroyo como el canal constituyen obras urbanas de gran envergadura que atraviesan la ciudad desde el norte hacia el mar, por el sudeste y sudoeste. La zona céntrica y los barrios hacia el sur forman parte del gran embudo imaginario que queda entre estas dos obras. Sin embargo, nunca en la historia de Bahía Blanca las inundaciones habían alcanzado esa zona intermedia. De hecho, las obras hidráulicas se habían realizado por experiencias de inundaciones en zonas aledañas a los cursos de agua, la última en 1944. Luego se realizaron obras pluviales por inundaciones ocasionales en zonas bajas. No obstante, la ciudad está en la Pampa Seca, una llanura semiárida donde el agua suele ser “una bendición”. Entonces ¿qué pasó, fue una tragedia aislada o una catástrofe natural?

Si analizamos la situación de manera puntual, podemos afirmar que lo ocurrido era impredecible; sin embargo, desde una óptica global, podemos pensar en Bahía como el epicentro de una serie de temporales con características novedosas para la región, no tan impredecibles.

El 16 de diciembre de 2023 se produjo un temporal de viento y lluvia, en donde las ráfagas llegaron a los 180km por hora, lo que dejó un saldo importante de techos desprendidos y árboles arrancados de raíz, la ciudad estuvo varios días sin energía eléctrica y otros servicios por la caída de postes. Recordemos que no estamos en una región ni de huracanes ni de ciclones. En el verano de 2025 tuvimos varios de episodios de lluvias intensas y una granizada que dejó como saldo roturas de techos, autos abollados y otros daños materiales. ¿Por qué está ocurriendo esto en la ciudad? ¿Podemos pensar en causas humanas?

Ya desde 2012, una geógrafa local, Paula Zapperi, lleva advirtiendo sobre que las obras hidráulicas de la ciudad son insuficientes o no están en un óptimo estado para encauzar las crecidas del arroyo Napostá y el canal Maldonado; además la falta de planificación urbana ha permitido que las familias se asienten en las llanuras de inundación de estos dos cursos de agua.

Lo cierto es que en la ciudad no existe una conciencia de estos riesgos porque en general esos cursos de agua tienen caudales muy bajos, por momentos dibujan un lastimoso hilo de agua que se llena de algas y yuyos deshidratados. Por eso, el problema que mostraba y muestra Zapperi apuntaba a pensar en términos de concientización, prevención y planificación urbana.

Consecuencia esperada

Ahora bien, ¿esto es exclusivo de Bahía, como ciudad inconsciente de sus propios riesgos? Expertos en cambio climático, como Guillermo Folguera, afirman que esta inundación fue una consecuencia esperada de situaciones globales, regionales y locales. Por un lado, la crisis climática predecía cambios en las precipitaciones con aumentos muy marcados en cortos períodos de tiempo, en regiones donde no eran habituales, acompañadas después por situaciones de sequía.

Además, toda la región central del país, donde se encuentra Bahía, se vio afectada progresivamente por la supresión del monte pampeano y la erosión e impermeabilización del suelo causado por las extensiones de monocultivos industriales, lo que disminuyó la capacidad de retener agua del suelo y provocó el efecto tobogán desde zonas más altas hacia la llanura baja o zonas deprimidas como Bahía.

También, la erosión y desertificación del suelo causa su aumento de la temperatura, lo que se traslada a la atmósfera y mueve masas de aire, vientos, de forma inusual. Esto, sumado a las obras precarias y negocios inmobiliarios en zonas inundables resultó en una tragedia predecible.

Podemos sumar también que a nivel nacional Javier Milei y el Congreso cómplice están desfinanciando la ciencia, las obras públicas e incluso los institutos meteorológicos nacionales, por lo que la combinación es explosiva.

Por todo esto, podemos decir que lo que pasó en Bahía fue una tragedia, pero no una catástrofe natural, ni impredecible, ni inevitable; sino una tragedia por causas políticas globales, nacionales y locales. Es decir, ya no se puede desligar una cosa de otra, hoy la naturaleza es política.

Queda preguntarnos, ante estas combinaciones explosivas ¿cómo desactivar las bombas de tiempo que se están sembrando en cada territorio? Porque en definitiva es eso, cuestión de tiempo. Podemos arriesgar una respuesta que nos dejó la experiencia de Bahía. La respuesta más inmediata vino de la misma vecindad, organizada o espontánea, con o sin recursos, definitivamente solidaria y consciente de que si no activaban su fuerza política literalmente, se ahogaban las personas amigas, vecinas y desconocidas también.