Rodrigo Lombo
Tras la entrada de cientos de personas a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla a finales de julio, se ha hablado de una supuesta “invasión” y, por tanto, de la necesidad de defender “nuestras” —sus— fronteras.
Partiendo de que nos oponemos a todo tipo de controles fronterizos sobre los movimientos de la clase trabajadora —sea de donde sea— no saludamos la visita del Jefe del Estado a las ciudades norteafricanas mencionadas.
Nos alejamos además de cierta izquierda que, aunque acertadamente denuncia el carácter reaccionario del Majzén —el gobierno de la oligarquía marroquí junto a su casa real— se olvida de dos cuestiones.
El principal enemigo está en casa. Por tanto, tenemos que enfrentarnos a nuestra clase dominante. En segundo lugar, no dejar de lado el origen colonial de ambas ciudades.
Por otra parte, hay que vivir el ambiente irrespirable de estos días en Ceuta y Melilla.
Carteles en comercios e instituciones públicas, para normalizar la anormalidad: la defensa de una institución no democrática como la garante de los intereses del pueblo.
No democrático
Este culto a la personalidad va acompañado del cierre de comercios privados y —lo que es peor— de escuelas e institutos.
Como si se tratará de un régimen no democrático —de hecho, bajo el capitalismo ningún régimen lo es al completo— se incita a la población a que vaya a rendir pleitesía a Felipe VI.
Las calles están más limpias que nunca. Eso sí, con la rojigualda en todos los edificios.
Quizás el Borbón debería venir todas las semanas, para que el Ayuntamiento —en este caso de Melilla— no tuviera las calles como una escombrera.
En ciudades que manejan tal cantidad de presupuesto —al ser Ciudades Autónomas, reciben más que cualquier ayuntamiento al uso en la península— no se entiende dicha dejadez.
La visita del Rey no arreglará los servicios públicos en Ceuta y Melilla, que están a la cola del Reino de España y de Europa. La rojigualda no va a hacer que dichas ciudades dejen de ocupar los tristes podios en paro juvenil o fracaso escolar.
Para la población de origen norteafricano de ambas plazas, no va a suponer un reconocimiento de su cultura ni de su lengua. Supone un giro más en la imposición de la cultura peninsular y cristiana como hegemónica desde hace siglos.
En definitiva, una visita que no trae nada bueno a ambas ciudades. Supone simplemente el empoderamiento de los sectores reaccionarios de las mismas y del conjunto del Estado español.






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