Paco Priego, Marx21
Confieso que me aburren sobremanera todos esos debates sobre la cultura de la cancelación, o sobre la necesidad de separar al artista de la obra.
Por un lado, no soporto que me vengan con moralinas, aunque sea gente con cuyas ideas pueda estar de acuerdo, y como estudié la secundaria en un colegio católico, tengo los sentidos lo suficientemente entrenados para darme cuenta de cuando quieren evangelizarme, y levanto la barrera instintivamente.
Pero por otro, considero totalmente imposible que retazos de la personalidad del artista se no infiltren en su obra, y que lo que se nos exige a los aficionados es ser lo suficientemente maduros para no negar la evidencia, y disfrutar un cuadro de Picasso, sabiendo al mismo tiempo que era una persona nefasta, por poner solo un ejemplo. Los seres de luz no existen, y un canalla puede crear belleza.
La realidad es así de contradictoria.
Digo esto principalmente porque yo soy un gran aficionado a los géneros fantásticos, y soy consciente de que en ese campo hay gran cantidad de autores con biografías cuestionables.
En realidad, en todos los campos los hay, lo único que pasa es que el género fantástico, al ser percibido como una subcultura marginal, incluso inmadura, ya es un blanco fácil para cualquier crítica bienpensante.
La ultraderecha ha sabido aprovechar este prejuicio para infiltrarse entre sus aficionados, haciendo de esas biografías cuestionables un banderín de enganche. Por eso, hoy quiero quitarle hierro al asunto. Y para ello hablaré de un autor fetiche para los aficionados al género de terror, Howard Philip (H.P. para los iniciados) Lovecraft, el creador del horror cósmico. Usted puede perfectamente no haber leído ni una sola línea de su obra, y saber de sobras quien es Cthulhu, y porque ese nombre debe helarle la sangre en las venas.
Si Lovecraft era más o menos racista que el común de hombre blanco de su época, o si su personalidad e ideas fueron fruto de una crianza sobreprotectora en el seno de una familia de clase bienestante venida a menos, son temas todavía hoy objeto de debates que, en realidad, son irrelevantes. Lo que importa es que ese racismo, así como una clara sensación de incomodidad y rechazo hacia el mundo moderno de principios del siglo XX, se aprecian sin demasiada dificultad en su obra. De hecho, en el relato titulado “En la noche de los tiempos” incluso llega a dedicar un apenas velado elogio al fascismo, mencionándolo como un posible equivalente del sistema de gobierno de la avanzada raza pre-humana que lo protagoniza.
Lovecraft murió en 1937, con apenas 46 años de edad, así que nunca vio como ese mismo fascismo desataba todo el horror del que era capaz. Por tanto, nunca sabremos qué hubiera opinado de haber conocido lo que hoy sabemos sobre esa ideología. Debemos juzgar solo con base a lo que tenemos.
Pero de una forma un tanto retorcida, ese mismo racismo y rechazo a los avances sociales que el autor no es capaz de ocultar en sus historias, lo puede hacer más disfrutable para un lector que, como cualquier persona decente, abomine de esas ideas.
Me explicaré: muchos de sus cuentos involucran a algún culto caballero de buena familia que, por puro accidente, entra en contacto con fuerzas malignas ancestrales. Los más populares son los que involucran a los Primigenios, seres casi divinos que antaño dominaron la Tierra, haciendo que reinara el caos, pero que por motivos inciertos fueron derrocados, y ahora duermen en un letargo de eones, esperando el momento en que las estrellas sean propicias para despertar y reinar de nuevo.
El más conocido es el ya citado Cthulhu, un gigante con cabeza de pulpo que hiberna en la ciudad de R’lyeh, hundida en algún abismo del océano, pero que se alzará sobre las olas cuando llegue el momento. Estos dioses del caos prácticamente jamás interactúan directamente con los humanos, sino que lo hacen sus servidores, a veces no humanos, a veces híbridos humano-monstruo, y a veces humanos. Y con estos servidores humanos es con los que el bueno de Lovecraft da rienda suelta a todos sus prejuicios.
Es habitual que sean sectas esotéricas que practican tradiciones extranjeras, cuyos miembros tengan orígenes lo más exóticos posibles, haciéndose hincapié en la mezcla de sangres que corre por sus venas como un factor embrutecedor. También puede darse el caso que sean blancos, pero entonces se tratará de “basura blanca” (white trash), y se pondrá el foco sobre su carencia de cultura, y en su contacto constante con una Naturaleza, vista como fuerza hostil, que los ha regresado al salvajismo.
El héroe representante de la civilización logra contener la amenaza, pero es una victoria amarga ya que, durante la pelea, aprende que es inevitable que se produzca una nueva filtración maligna algún día, que quedan incontables seguidores de estos cultos en libertad esperándola y, sobre todo, que algún día los Primigenios despertarán, y la civilización dará paso al caos más absoluto, pues ante el poder de estos dioses, nada se puede hacer. Ha ganado una batalla, pero la guerra está destinada a perderse.
Monstruo
Hay historias de terror que están hechas a propósito para que te identifiques con el monstruo, como el Frankenstein original, y hay otras que lo consiguen solo por lo mal que te cae el héroe. Las de los Mitos de Cthulhu, para mí, pertenecen a esta segunda categoría.
Es fácil disfrutar viendo como el protagonista sufre, cuando se ha pasado páginas despotricando sobre aldeanos mestizos y harapientos, que están sin duda más cerca de la realidad del lector que el caballero de buena familia que debe luchar por salvar la civilización.
Y es que, ¿por qué Cthulhu tiene que ser el malo de la historia? ¿Por tener cabeza de pulpo? Mejor eso que tener la cabeza hueca, como el niño de papa que se cree más listo que nadie, y se va a un pueblo perdido a meter las narices en los asuntos de sus habitantes, aunque todos le hayan advertido que es una mala idea.
¿No te gustó lo que encontraste? No haber buscado. Miraste al abismo, y desde las insondables profundidades, sumidas en una perpetua oscuridad más antigua que la memoria, más antigua que la luz, más antigua incluso que el mismo tiempo, el abismo te devolvió la mirada.
Ahora tendrás que vivir el resto de tus días con ese conocimiento impío, hasta que la locura se apiade de ti y te cubra con su manto, o la tumba te reclame. Y mientras tanto, El Que Duerme En Las Profundidades seguirá esperando el momento inevitable en que los astros se alineen, y sea llamado de vuelta a la superficie. “¡Ïa, ïa, Cthulhu fhtagn!”
¿A que me ha quedado una preciosa imitación de la farragosa prosa llena de adjetivos del bueno de H.P.? Si tú también eres como yo, y desprecias a estos estirados héroes representantes de un orden hipócrita, y prefieres que ganen los cultistas mestizos que adoran a Cthulhu, repite conmigo: “Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn”. Recuerda que al final es su mundo el que está condenado, y ellos lo saben.





