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David Karvala, Marx21

La visión global de lo que quiere y hace Trump —y más en general la clase dirigente de EEUU a la que él, a su manera, representa— no nos debe hacer perder de vista las situaciones específicas en los países atacados por sus atenciones.

Aquí se hace un repaso de diferentes lugares que están en el punto de mira del imperialismo estadounidense.

Veremos que hay muchas diferencias, pero algunos puntos importantes en común.

Venezuela

Como sabemos, el 3 de enero, fuerzas especiales de EEUU entraron ilegalmente en Venezuela y secuestraron a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores.

Desde ese acto criminal e imperialista, el gobierno venezolano ¡colabora plenamente con la administración de Trump! La presidenta en funciones, Delcy Rodríguez, incluso reconoció a Trump como “socio y amigo”.

Un socialista en Venezuela nos ha comentado lo que ocurre en su país: “La situación está cruda, fuerte. Hay muchos apagones eléctricos. No hay salarios, solamente algunas bonificaciones. EEUU se llevan el petróleo como quiere.” Denuncia que ahora EEUU también se está haciendo con las plantas de aluminio y la empresa estatal de minerales de Venezuela.

El 8 de junio se denunció que tropas de EEUU estaban tomando posesión de las minas de oro del país. El gobierno venezolano lo desmintió, afirmando que son fuerzas venezolanas quienes han intervenido militarmente en las minas de oro del Orinoco.

Recordemos que pactaron con EEUU a principios de marzo la participación de empresas estadounidenses en la extracción de oro en Venezuela. El gobierno venezolano acordó que estos negocios se regirían bajo las leyes y los tribunales de EEUU y que los pagos que tocasen a entidades venezolanas pasarían por un fondo controlado por el Departamento del Tesoro de EEUU. Podemos suponer que, al intervenir en las minas, la “Fuerza Armada Nacional Bolivariana” actúa conforme al mencionado pacto.

Como dice el socialista venezolano: “estamos totalmente bajo un protectorado: el gobierno supuestamente revolucionario acepta o acata todo lo que el gobierno gringo plantea. No hay ninguna defensa, no hay ninguna oposición a lo que EEUU define para Venezuela.”

Lo ocurrido en Venezuela durante estos meses revela la naturaleza real del régimen de Chávez-Maduro. Los mismos dirigentes que llevaban años reprimiendo a activistas de izquierdas y a sindicalistas independientes, a menudo acusándolos de actuar en intereses del imperialismo estadounidense, ahora colaboran abiertamente con él, desde el mismo gobierno.

Aun así, las más que merecidas críticas al papel de la cúpula venezolana no tapan otro hecho.

Con sus actos, la administración Trump está reproduciendo muchos elementos del colonialismo en toda regla. Es una cara del terrible nuevo mundo que nos están creando.

Cuba

El ampliado bloqueo contra Cuba es otro ejemplo de cómo se ha caído la máscara “humanitaria” del imperialismo estadounidense. Trump declaró ya en marzo que tendrá “el honor” de “tomar” Cuba y podrá hacer “lo que quiera” con ella. Dijo que lo haría “después de Irán”: un conflicto que decía que acabaría pronto.

En todo caso, más allá de la bravuconería típica de Trump, la realidad es que la población cubana está sufriendo aún más bajo el bloqueo reforzado, como explicaron dos socialistas cubanos en esta entrevista. Lo peor es la falta de petróleo, dado que países desde China hasta México han acatado, explícita o implícitamente, las prohibiciones de Trump.

El bloqueo marítimo del petróleo es especialmente hipócrita, dado que EEUU se queja del bloqueo iraní en el estrecho de Ormuz.

Si intentar asfixiar a todo un país no es ilegal bajo el derecho internacional, debería serlo. Pero en todo caso, es otra muestra del tipo de mundo con el que —cada vez más—nos encontramos.

Pero condenar las acciones criminales del régimen trumpiano no nos debe llevar a respaldar las políticas del gobierno cubano. Éste ha aplicado medidas de austeridad y recortes contra la población. Mientras —como ha denunciado la izquierda en la isla— la cúpula ha destinado la mayoría de la inversión pública a construir hoteles de 5 estrellas.

Los problemas no empezaron con el endurecimiento del bloqueo, de esto hay miles de ejemplos.

Es más: el Gobierno cubano ha colaborado con el imperialismo, sobre todo el ruso. En 1977, enviaron 15.000 soldados a apoyar al gobierno golpista militar de Etiopía, por ser este un aliado soviético. Tropas cubanas ayudaron al gobierno autoritario a derrotar al movimiento por la independencia de Eritrea, al que Cuba había apoyado plenamente antes.

Hoy, el gobierno cubano hace lo posible para acercarse a China y Rusia, dos potencias imperialistas: a estas alturas casi nadie se cree ya que sean socialistas.

Y lo ocurrido en Venezuela debe servir de advertencia de que no hay garantía alguna de que la dirección cubana no cambie su retórica antiimperialista (selectiva) por la colaboración con y el sometimiento a EEUU. Ya ha habido reuniones entre mandatarios cubanos con representantes de EEUU, incluyendo al director de la CIA, John Ratcliffe.

Más extraño aún, un candidato republicano al Congreso de EEUU y empresario, Vic Mellor, dice haber hablado con el nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, de negocios, del futuro de Cuba y de posibles cambios en la isla.

Según afirma Mellor, Rodríguez Castro “está totalmente abierto” a conversaciones con el presidente de EEUU y a “dejar que Trump marque el camino”. Rodríguez Castro, conocido en la isla como “El Cangrejo”, oficialmente no forma parte de la dirección del país, pero parece que actúa con su visto bueno.

Todo esto confirma que una oposición coherente contra las intromisiones imperialistas no puede basarse en un respaldo al régimen cubano. Pronto podríamos ver como este colabora, ya no solo con el imperialismo chino o ruso, sino con el propio EEUU.

Y la oposición cubana derechista en Miami queda advertida por lo ocurrido en Venezuela. Tras usarlos durante años, Washington puede abandonarlos si consigue lo que quiere de los mandatarios actuales de la isla.

Irán

Este país ha estado en el punto de mira desde la revolución popular que derribó al Sha en 1979. Ese leal aliado de EEUU había llegado al poder tras un golpe —apoyado por la CIA— contra el primer ministro progresista, Mohammad Mosaddegh, en 1953. Estos días, el ministro de exteriores iraní ha recordado ese golpe como un motivo más para no fiarse de EEUU.

Al caer el Sha, el Ayatolá Khomeini volvió de París y logró consolidarse en el poder, reprimiendo al movimiento de mujeres, al movimiento kurdo, a los consejos obreros, a las izquierdas más combativas… y finalmente se volvió contra el Tudeh, el partido comunista/estalinista de Irán, que hasta entonces había justificado la represión en el nombre del “antiimperialismo” y la “unidad nacional”.

Pero EEUU seguía odiando al régimen iraní. Este, por su parte, combinó una retórica antiimperialista con una realidad de políticas económicas puramente capitalistas, incluso neoliberales, junto a una brutal represión.

Sin embargo, hay que huir de las visiones simplistas, a menudo islamófobas, contra Irán. Aun siendo un país autoritario, existe más pluralidad que en muchos países de la región. Se supone que la clase dirigente es islamista, pero en realidad es muy pragmática.

La verdad es que Irán tiene una dirección más inteligente que EEUU, y las creencias religiosas tienen seguramente menos peso en las decisiones políticas de Teherán que no en las de Washington DC. La propaganda iraní en el conflicto actual —con vídeos en redes sociales, producidos utilizando IA con figuras de Lego, que ridiculizan a Trump y EEUU— ha sido en general brillante.

Con todo, el neoliberalismo y el autoritarismo del régimen iraní han provocado huelgas importantes y diferentes olas de protestas populares. Estas últimas suelen recibir apoyo verbal (e hipócrita) de Occidente. Pero, igual que con Cuba, las sanciones de EEUU y sus aliados contra Irán nada tienen que ver con la defensa de las personas: reflejan su hostilidad hacia un régimen que pone en cuestión los intereses occidentales en la región.

Las masivas protestas que explotaron por todo Irán a partir de los últimos días de 2025 reflejaron el descontento genuino entre diversas capas de la población. No fueron una maniobra de la CIA ni nada por el estilo. No sabemos las cifras exactas, pero muchos miles de personas murieron bajo la represión.

Los bombardeos estadounidenses e israelíes tuvieron dos efectos nefastos.

Por un lado, mataron a miles de personas, hirieron a decenas de miles más, y destrozaron hospitales, escuelas…

En un solo incidente —el bombardeo contra una escuela primaria en Minab, en el sur de Irán, el 28 de febrero de 2026— asesinaron al menos a 168 personas, la gran mayoría niñas de entre siete y doce años, según las cifras de UNICEF.

Fue un bombardeo de triple toque. Es decir, hacen el bombardeo inicial; vuelven a bombardear cuando llega el personal de emergencias; y luego bombardean una tercera vez, para acabar con quienes aún viven. Esta es la realidad de la fuerza militar de EEUU, y su aliado israelí.

Por el otro, rompieron la dinámica de lucha desde abajo. Muchas de las personas que se habían manifestado contra el régimen autoritario iraní murieron bajo las bombas. Y aparte de esto, un ataque imperialista mortífero complica muchísimo la tarea de presentar resistencia contra la clase dirigente actual y luchar por un país —un mundo— mejor.

La liberación del pueblo iraní, incluyendo especialmente la de las mujeres iraníes, no se conseguirá con bombardeos, sino mediante las luchas desde abajo de la propia gente del país.

El Líbano

Los bombardeos israelíes contra el Líbano ya han asesinado a más de 3 mil personas.

En el momento de escribir, Israel continúa sus ataques, a pesar de las exigencias de Trump de que deje de hacerlo, y mantiene la ocupación militar de gran parte del sur del país.

Líbano es un país extraño. El Estado actual del Líbano fue creado tras la primera guerra mundial como “protectorado” del imperialismo francés. Francia supervisó la redacción de su Constitución, que reparte el poder político según las confesiones. Se supone que con esto las diferentes identidades religiosas de la población quedan reflejadas y representadas.

En realidad, este sistema —mucho más tarde copiado en Irak por los entonces ocupantes estadounidenses— fija el sectarismo en el ADN del país.

En Líbano hoy, el presidente solo puede ser cristiano maronita; el primer ministro tiene que ser musulmán sunita; el cargo más alto al que puede aspirar una persona chiita es a la presidencia del parlamento; etc. Por eso, hasta hoy, los principales partidos libaneses se organizan dentro de una comunidad religiosa u otra.

Así, se supone que un empresario maronita representa a la gente trabajadora maronita, un empresario chiita a las personas trabajadoras y pobres chiitas, etc. Esta mentira es una de las maldiciones del país.

Otra fue la creación del Estado sionista. En principio se creó justo al sur del Líbano, pero en realidad Israel nunca ha limitado sus fronteras: ni a lo que le asignó la ONU en 1947; ni a lo que conquistó en 1948; ni siquiera a la Palestina histórica. Ha ocupado de manera sistemática territorios fuera de Palestina. Ocupó Beirut en 1982 y permitió que la Falange Libanesa cometiese un genocidio en los campos de refugiados de Sabra y Chatila.

En este contexto surgió Hezbolá, como organización armada que buscaba acabar con la ocupación militar sionista. Se inspiró en gran parte en Irán (de ahí el nombre, “Partido de Dios”) y se convirtió en una organización importante de la población chiita del país. Por otro lado, también llegó a ser reconocido como una fuerza importante de resistencia.

Hezbolá jugó un papel clave en forzar la retirada de fuerzas israelíes del Líbano en 2000 tras dos décadas de ocupación. La organización también contribuyó muchísimo —dentro de una alianza más amplia, incluyendo al partido comunista libanés, por ejemplo— en la derrota de la incursión israelí en 2008.

El Estado libanés se ha mostrado repetidamente incapaz de defender el país, y de proporcionar una vida digna a su población. Esto ha dejado el espacio para que, al menos para la población chiita, Hezbolá actúe como si fuera casi un actor estatal.

Pero tiene fuertes contradicciones.

Aunque en los momentos de resistencia contra los ataques israelíes, Hezbolá ha recibido un apoyo muy amplio y diverso, en el fondo se sigue basando en el sectarismo, y su base real está entre la población chiita. Hay mucha gente chiita pobre, como en los barrios populares del sur de Beirut, Dahieh. Pero también hay empresarios chiitas. Durante estos años, Hezbolá ha formado parte de gobiernos (inevitablemente, de coalición) que han mantenido políticas neoliberales: han favorecido a los chiitas ricos, no a los pobres.

Otro hecho que no debemos olvidar es que, tras estallar la revolución siriana en 2011, Hezbolá envió combatientes para respaldar al entonces dictador Assad. Con este acto terrible, seguían la política exterior del régimen iraní, que tenía en Assad un aliado clave.

Si volvemos al conflicto actual, vemos que el ataque israelí busca eliminar a Hezbolá. El Gobierno libanés ha firmado acuerdos con Israel, pero no pinta gran cosa. EEUU y el Estado israelí han exigido que el Gobierno libanés desarmase a la organización chiita. En realidad, no tiene la capacidad para hacerlo y si lo intentase, provocaría una guerra civil.

Huelga decir que Israel no se opone a Hezbolá por sus políticas neoliberales y sectarias, sino porque lo identifica como un obstáculo ante sus intentos actuales de ampliar sus fronteras.

El ataque israelí contra Líbano es una muestra más del mundo al que los poderosos nos quieren llevar. Debemos apoyar a la resistencia libanesa, de la que Hezbolá forma parte. Pero no debemos tener ilusiones acerca de qué representa esta organización.

La resistencia contra el imperialismo nunca es puramente militar, la política es clave.

El hecho de que, desde hace años, Hezbolá forma parte del sistema corrupto, sectario y neoliberal que ha empeorado las condiciones de vida de la gente trabajadora libanesa, de todas las confesiones, debilita la resistencia frente al imperialismo.

En diferentes momentos en recientes años, ha habido movilizaciones sociales de masas en el Líbano que han pasado por encima de las divisiones sectarias. La clave para un cambio positivo en el país son las luchas basadas en los intereses compartidos de la clase trabajadora y la gente pobre, rompiendo definitivamente con la lógica del sectarismo.

Palestina

Mientras, el pueblo palestino sigue sufriendo… y resistiendo. Aquí no se repetirá todo lo que hemos ido diciendo al respecto en este boletín; solo caben unos puntos generales, en la línea de los apuntes anteriores.

Veremos que, aun reconociendo que Palestina es un caso especial y extremo, muchos elementos se repiten.

El pueblo palestino se encuentra en su situación actual por culpa de las potencias imperialistas.

El imperialismo británico, con su declaración de Balfour de 1917, patrocinó la creación del Estado sionista. Todas las potencias imperialistas (incluyendo a EEUU y la URSS) votaron en la ONU en 1947 por la partición de Palestina. La URSS proporcionó las armas para el Nakba, la limpieza étnica que se llevó a cabo en 1948. La fuerza mostrada por el Estado sionista en 1967, cuando derrotó a varios ejércitos árabes y logró ocupar mucho más territorio, llevó a EEUU a aumentar masivamente su apoyo a Israel, siendo desde entonces su aliado clave y esencial.

La lucha del pueblo palestino ha sido heroica, en muchos frentes, desde la existencia cotidiana hasta los momentos más álgidos de las Intifadas.

Pero las direcciones de las diferentes organizaciones les han fallado repetidamente. Una terrible traición fue la aceptación por parte de Fatah/la OLP de los acuerdos de Oslo y la colaboración desde entonces con la ocupación sionista.

Los dirigentes de casi todas las organizaciones —no solo Fatah, sino también Hamas y seguramente otras —han fallado en un punto clave… o más bien, han revelado los intereses de clase de estos líderes.

Se han esforzado por separar la lucha palestina de las luchas populares desde abajo en la región, especialmente las luchas obreras, que podrían ser su baza más importante. Y lo han hecho a cambio de retórica vacía por parte de unos u otros dirigentes regionales. Retórica que nunca se convierte en una acción real que busque derribar al sionismo.

La lucha palestina, para ganar, debe hacer tambalear el sistema en la región y más allá… y esto no le interesa a la burguesía egipcia, turca, iraní, ni a ninguna otra.

Un mundo por cambiar

Aquí solo se han tratado algunos de los conflictos actualmente en marcha, y se ha enfocado mucho en el imperialismo estadounidense. Esto no significa que debamos quitar importancia y culpa al resto.

En Europa occidental, Alemania, Francia y Gran Bretaña lideran un aumento enorme en el gasto militar, que también implica al Estado español. Se trata de potencias imperialistas que a menudo se alían con EEUU pero también —y cada vez más— actúan por su cuenta, juntas o por separado.

La Rusia de Putin, por supuesto, tiene gran parte de la culpa —al lado de la OTAN— por la guerra proxy que llevan a cabo en Ucrania, con cientos de miles de bajas. China, por ahora, se centra en el imperialismo más clásico, con inversiones extranjeras, haciéndose con tierras, infraestructuras, industrias y demás en Asia, América Latina, África… mientras también desarrolla sus fuerzas militares.

Y hay terribles conflictos en diferentes países del continente africano, que, a menudo, implican a diferentes potencias imperialistas y sub-imperialistas (por ejemplo, Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes). Debemos tener estos conflictos más presentes.

Lo que se desprende del repaso hecho más arriba son los muchos puntos en común, al lado, por supuesto, de los aspectos específicos de cada caso.

No es casualidad. Hace al menos un siglo y medio que vivimos en un solo mundo capitalista.

Las burguesías del planeta compiten entre sí —de ahí el imperialismo— pero por todas partes nos explotan. Por todas partes nos mienten, intentando hacer que los apoyemos y que tratemos sus intereses como si fueran los nuestros. (Dicho sea de paso que una función de la Copa Mundial, con el frenesí patriótico que promueven alrededor de ella, es alimentar ese mito del “interés nacional”.)

La clase trabajadora existe en todos los países del mundo. Más allá de mil diferencias —de colores de piel, lenguas, creencias, condiciones, etc.— tenemos los mismos intereses fundamentales. Queremos vivir con dignidad y libertad; con una vivienda digna; con una educación y salud a la altura; con comida buena y saludable; con las relaciones familiares que queramos, no impuestas desde arriba; con trabajos que no nos destrocen la vida; en un planeta que no se muera…

Y al contrario de la burguesía, el avance en estos temas de una parte de la clase trabajadora no perjudica a otra parte, sino que nos beneficia colectivamente. La gran mayoría puede no ser consciente de ello, pero formamos una sola clase trabajadora mundial.

Así que la lucha en Gaza, en Líbano, en Irán, en Cuba, en Venezuela… también es nuestra lucha en el Estado español. Por suerte, ahora mismo no nos están bombardeando, ni amenazando con hacerlo. Pero tenemos la misma necesidad de luchar frente a los problemas inmediatos. Y tenemos la misma necesidad de fondo de organizarnos para derribar el sistema que los causa.