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David Leiva

Biden, con un bastón en la mano, se acercó a un piquete de huelga del UAW, el sindicato de trabajadores y trabajadoras del automóvil, y se dirigió a los huelguistas:

Aceptasteis muchas concesiones cuando las cosas eran difíciles para las empresas. Y ahora los negocios van increíblemente bien. ¿Sabéis qué? A vosotros también os debería ir bien”.

Fue la primera visita de un presidente estadounidense en ejercicio a un piquete en la historia.

La instantánea es reveladora de la situación del movimiento obrero en Estados Unidos. Hace menos de un año fue él quien detuvo, por orden presidencial, la gran huelga que se estaba desarrollando en los trenes.

Pero el poder del sindicalismo ha creado una corriente de masas a la que todo el mundo se somete. La huelga en la industria del automóvil empezó hace más de un mes, el 14 de septiembre. El 58% de la gente dice estar con los huelguistas y el 18% en contra. El 11 de octubre otra fábrica de Kentucky, de unos 9.000 trabajadores, se unió a una huelga que sigue en pie a día de hoy.

Por otra parte, hace unas semanas finalizó la huelga de guionistas de Hollywood tras 148 días. Los empresarios de los grandes estudios aceptaron varias de las reivindicaciones de los huelguistas. El 72% de la gente se solidarizó con la huelga. La empresa Gallup, que hizo una encuesta reciente sobre los sindicatos, concluyó su declaración con una conclusión: “Las y los huelguistas parecen tener hoy una posición en las negociaciones más fuerte que en el pasado, dado el alto nivel de apoyo popular a los sindicatos”.

Todo este cambio es el resultado de pequeñas y grandes luchas que en muchos casos comenzaron sin ninguna asociación organizada. El mejor ejemplo es la lucha en Amazon, que llegó a organizar a las personas que trabajaban en los almacenes y obligó a la empresa a reconocer al sindicato. Una batalla similar se está librando en Starbucks, donde la plantilla ha conseguido crear un sindicato en más de 350 locales en los últimos años.

El mismo día que Biden fue a Michigan a hablar a los piquetes huelguistas, en Las Vegas los miembros del sindicato de restaurantes se reunían y votaban en masa sí, más de 50.000 personas trabajadoras irían a la huelga. El 95% votó a favor de la huelga. La última vez que las y los trabajadores de los casinos de Las Vegas fueron a la huelga fue en 1984. En su mayoría son personas trabajadoras de bares, servicio, cocina y camareras. Piden un contrato de cinco años con el mayor aumento jamás negociado en esta industria. Los periódicos ya describen una gran preocupación entre la patronal porque la huelga coincide con el Gran Premio de Las Vegas, en noviembre.

Sanidad privada

Al mismo tiempo, el miércoles 4 de octubre, a falta de un acuerdo, 75.000 personas trabajadoras de la sanidad privada de Kaiser Permanente, una de las mayores del sector, fueron a la huelga para exigir aumentos. La huelga aprobada por la plantilla duró tres días, se extendió por cinco estados y ha sido la mayor en el sector sanitario de la historia de Estados Unidos. Si no hay acuerdo a corto plazo, ya se ha anunciado una huelga mayor para noviembre.

Puede que la huelga de guionistas acabe de terminar, pero las y los actores que inicialmente se movilizaron en solidaridad con las y los guionistas llevan más de 80 días de huelga. Las producciones llevan congeladas desde agosto. Es la primera vez desde los años 60 que actores y guionistas hacen huelga juntos.

Mientras tanto, en la batalla de la industria automovilística, el sindicato UAW dice ahora que llama a la huelga a 25.000 de sus miembros, en lugar de los 13.000 que han estado en huelga hasta ahora. A pesar de que la huelga se ha convertido en un importante problema nacional, la dirección del sindicato sigue manteniéndose firme. En total, puede convocar a 150.000 huelguistas, pero espera presionar a la patronal para que negocie. General Motors y Stellantis, dos de las tres empresas en huelga (la tercera es Ford, que actualmente adopta una postura más conciliadora) se están dando de hostias en lugar de negociar. El sindicato se queja de que “se están contratando esquiroles matones” y ya ha habido cinco huelguistas heridos en Flint por un vehículo de esquiroles que invadió la planta, mientras que en California los esquiroles han sacado pistolas y amenazado a los guardias de la huelga.

Incluso Trump se vio obligado a convocar un mitin “proobrero” con motivo de la huelga de la industria automovilística. En realidad, era un mitin de la campaña de Trump previo a la batalla de las primarias republicanas y lo único que hizo Trump fue pedir el voto de las y los trabajadores. Pero Trump no dijo nada sobre la lucha real de la huelga, solo pidió a las personas sindicalistas que le apoyaran para volver a ser presidente y salvar “los empleos estadounidenses” en lugar de los “empleos extranjeros”. Un segmento de las y los trabajadores se dejó arrastrar por el racismo y el discurso de Trump en las elecciones.

Pero la clase trabajadora organizada en EEUU tiene hoy una membresía amplia y en primera línea están ahora las mujeres, las personas negras, las hijas y los hijos de migrantes. En los sindicatos, los materiales están saliendo en inglés y en castellano. En Starbucks y Amazon trabajan juntas personas de todos los colores, religiones y procedencias.

Las luchas son las que ponen en primer plano los intereses comunes de las y los de abajo, que difícilmente encajan en el molde del programa electoral de los dos partidos. Así, la mayor huelga organizada en Starbucks este verano no fue por los salarios, sino por las políticas de la empresa hacia la comunidad LGBTI+.