Mujeres en la historia

ES CA

Paty Gómez

Clara Lemlich fue una mujer migrante y rebelde del siglo XX. Quería estudiar desde muy pequeña y no le fue permitido.

Aun así, Clara aprendió ruso, además de yiddish, la lengua que se hablaba en su lugar de nacimiento en Ucrania. Migró desde Europa del Este a Nueva York, escapando de los pogromos. Y finalmente, acabó trabajando en las fábricas de Greenwich Village, cuando era adolescente.

El 23 de noviembre de 1909, más de veinte mil migrantes de habla yiddish, en su mayoría mujeres jóvenes en la adolescencia y principios de los veinte años, realizaron una huelga general de once semanas en la industria camisera de Nueva York.

Las y los trabajadores compartieron quejas comunes sobre salarios, horas, seguridad en el lugar de trabajo y humillaciones en el lugar de trabajo sufridas específicamente por mujeres, como avances sexuales no deseados.

Los y las jóvenes huelguistas se enfrentaron a la oposición de los fabricantes, la policía y los tribunales. Los jefes contrataron matones para abusar de los y las huelguistas, los policías los arrestaron con cargos falsos de agresión y los tribunales los multaron y los sentenciaron a hacer trabajos forzados.

Miembros de la Liga Sindical de Mujeres monitorearon los piquetes y recaudaron fondos. The Forverts, United Hebrew Trades, Arbeter-ring (Círculo de trabajadores) y el Partido Socialista brindaron su apoyo.

Para noviembre, a la sección sindical Local 25 no le quedaban fondos para la huelga, pero en lugar de ceder, el comité ejecutivo de quince miembros (seis de los cuales eran mujeres y todos socialistas) convocó una huelga general para cerrar la industria de camisería.

El 22 de noviembre, miles de mujeres jóvenes llenaron un salón para discutir la llamada a la huelga. Durante dos horas, escucharon a los oradores instando a la precaución. Entonces Clara Lemlich Shavelson pidió la palabra. Hablando yiddish, electrizó a la multitud: “He escuchado a todos los que han hablado y no me queda paciencia para seguir callando. Soy una chica trabajadora, una de las que ya están en huelga contra condiciones intolerables. Estoy cansada de oír a aquellos que solo dicen vaguedades. Estamos aquí para decidir si hacemos huelga o no. Y yo propongo que vayamos a la huelga general”. La multitud prometió unánimemente su apoyo a la huelga general.

Huelguistas: mujeres judías

A la mañana siguiente, aproximadamente quince mil camiseros salieron a las calles. Por la noche, el número aumentó a más de veinte mil, el 90 por ciento de los cuales eran personas judías y el 70 por ciento mujeres. Durante el invierno, fueron las sufragistas las que reunieron el dinero para mantener a las huelguistas.

Clara Lemlich acabó con seis costillas rotas y fue arrestada un total de diecisiete veces. Los y las huelguistas —desnutridos y mal vestidos— repartieron octavillas, recaudaron fondos, repartieron los beneficios recogidos en la huelga y organizaron mítines.

La huelga general fue suspendida el 15 de febrero de 1910. El levantamiento logró avances significativos. La mayoría de los talleres concedieron una semana laboral de cincuenta y dos horas, al menos cuatro días feriados pagados, sin repercusiones contra los leales al sindicato, sin cargos por rotura de herramientas y malbaratamiento de materiales y negociación de salarios.

Al final de la huelga, que solo consiguió parte de sus objetivos, pero supuso un paso histórico, Lemlich fue incluida en la lista negra de la industria por su trabajo sindical y nunca pudo volver a trabajar en una fábrica. Se convirtió en miembro del Partido Comunista de EEUU y en activista de los consumidores. En sus últimos años como residente en un hogar de ancianos ayudó a organizar al personal.

Cuando finalizó la huelga, el 85 por ciento de todos los fabricantes camiseros de Nueva York se habían unido a la ILGWU. El Local 25, que empezó la huelga con cien afiliados, ahora contaba con diez mil.

Inspirados por la huelga en el sector camisero, sesenta mil fabricantes de capas —hombres, esta vez— lanzaron la Gran Revuelta en el verano de 1910. Después de cinco años de disturbios, los “negocios de agujas” emergieron como uno de los mejor organizados en Estados Unidos.

El 25 de marzo de 1911, dos semanas después de la primera celebración del Día Internacional de la Mujer, inspirado por la lucha de Lemlich y las otras trabajadoras, un incendio devastó la fábrica. Murieron 146 mujeres. No había salidas de incendios y las puertas estaban cerradas por dentro. Las palabras de Lemlich reclamando el voto resonaron más que nunca:

“El fabricante puede votar; los jefes pueden votar; los capataces votan; los inspectores. La chica trabajadora no tiene voto. Cuando pide que su lugar de trabajo sea seguro e higiénico, no hay por qué escucharla. Cuando pide jornadas que no sean eternas, no tienen que escucharla. (…) Hasta que esté representada como los hombres, no conseguirá justicia; no conseguirá buenas condiciones”.