David Karvala

Estos días, ha surgido un fuerte debate en Catalunya sobre temas de gran importancia: la islamofobia y la transfobia.

Para las fiestas de Barcelona, La Mercè, en septiembre de 2023, el Ayuntamiento de Barcelona ha escogido a la conocida escritora Najat El Hachmi para hacer el discurso inaugural, el Pregó. Se trata de un gran honor, es un encargo de mucho prestigio y visibilidad. Según un informe: “La escritora ha sido una apuesta personal” del nuevo alcalde, Jaume Collboni, del Partido Socialista, “que ha considerado que la autora era la mejor opción para marcar perfil”. Esto confirma que nos encontramos ante una decisión política, nada neutral.

En principio, es muy positivo que haya escogido como pregonera a una mujer nacida en Marruecos, de familia musulmana: podría ser un paso hacia un mayor reconocimiento de la diversidad de la sociedad actual. Pero hace tiempo que Najat defiende posiciones muy islamófobas, y más recientemente se ha hecho eco de argumentos tránsfobos. Por esto, se emitió una declaración conjunta del Observatori Contra l’Homofòbia, ACATHI (colectivo de personas migrantes LGTBI+), Unitat Contra el Feixisme i Racisme  (UCFR), y la Plataforma Trans Estatal para protestar contra la elección de la pregonera, y pidiendo una rectificación.

Sus objeciones a su vez han levantado una tormenta de ataques contra estas entidades. Los ataques provienen de un espectro bastante amplio, que va desde sectores de la izquierda ortodoxa, pasando por liberales del mundo de la cultura, hasta la extrema derecha catalanista. Las propias críticas a menudo reflejan actitudes islamófobas y tránsfobas… a la vez que rechazan la acusación de que Najat fomenta estas formas de odio.

En este texto, me voy a enfocar en la islamofobia, un tema que he discutido directamente con Najat y que conozco mejor. Otras personas y entidades, más capaces que yo, están tratando el aspecto de la transfobia.

Algunos de los comentarios en defensa de la elección de Najat como pregonera critican o incluso insultan a UCFR. Sobre todo, muestran al menos una incomprensión del problema de la islamofobia. Como activista de UCFR, quiero aclarar por qué respaldo la posición que esta plataforma ha tomado.

No soy musulmán; no creo que el rechazo activo hacia la islamofobia deba limitarse a las personas musulmanas. Toda persona de izquierdas debe ser antirracista, y en el mundo actual, no se puede ser antirracista sin rechazar la islamofobia. Además de participar en UCFR, milito en Marx21.net, un grupo anticapitalista que tiene muy claro la necesidad de combatir la islamofobia.  Tuve mi primer debate respecto a lo que ahora llamamos islamofobia en 1986, como militante del Socialist Workers Party de Gran Bretaña (organización hermana del actual Marx21). Gracias a esto, superé entonces mis confusiones “laicistas”, para llegar a una visión más dialéctica y marxista de la cuestión. Ojalá más sectores de la izquierda y los movimientos sociales se aclarasen sobre este tema tan importante.

Lo personal y lo político – 1

Lo personal y lo político – 2

¿Existe la islamofobia?

¿Todo islam político es lo mismo?

¿Contra el hiyab?

Lo llaman laicidad y no lo es

Una visión dialéctica

Calumnias contra jóvenes migrantes

¿Libertad de expresión?

Libertad de expresión para (casi) todo el mundo

ANEXO: Los ocho indicadores de la islamofobia


Lo personal y lo político – 1

Conocí a Najat hace años, creo que por algo relacionado con UCFR, y me cayó bien. Seguramente apoyaba alguna iniciativa antirracista de entonces; en los primeros años de UCFR, su ciudad Vic fue un campo de batalla importante frente al partido fascista Plataforma per Catalunya. Esto fue antes de que Najat desarrollara la posición ahora conocida, como enemiga acérrima del “fundamentalismo islamista”.

Más recientemente, en noviembre de 2020, coincidí con ella en una mesa redonda de la Universitat Progressista d’Estiu de Catalunya sobre “Cómo combatir el fascismo”. Najat presentó una ponencia que ni tocó el tema; la dedicó enteramente a criticar el islam, denunciando el “islamoizquierdismo”. Este término procede de Francia (“Islamo-gauchisme”), donde Marine Le Pen lo utiliza para atacar a la minoría reducida de la izquierda francesa que combate la islamofobia. Najat y yo tuvimos fuertes discrepancias en la mesa redonda, pero charlamos y nos despedimos amistosamente después.

En este artículo, volveré a criticar sus opiniones, pero de nuevo sin hostilidad personal. Lo desafortunado de casos como éste es que los debates parecen ser personales —y lo cierto es que han escogido a Najat por la persona mediática en la que se ha conseguido convertir— pero realmente tratan temas políticos generales, e importantes.

Lo personal y lo político – 2

Declaraciones islamófobas aparecen por doquier. Lo que da más peso (por no decir morbo) a tales declaraciones cuando las expresa Najat es, evidentemente, el hecho de que ella procede originalmente de Marruecos, y ha crecido en una familia musulmana.

Viene a la mente otra célebre “crítica del islam”, la neerlandesa (nacida en Somalia) Ayaan Hirsi Ali. En su caso, unas experiencias traumáticas la llevaron a adoptar posiciones muy hostiles hacia la religión en la que la habían criado. De aquí, llegó a colaborar activamente, primero con la extrema derecha neerlandesa, luego con la derecha neoconservadora en EEUU. Por algo el terrorista fascista Breivik expresó su apoyo a Ayaan Hirsi Ali.

Las circunstancias personales de Najat son asunto suyo y tampoco las conozco. Sí quiero comentar una paradoja.

Para algunas corrientes del antirracismo, la experiencia personal de la opresión es la base del análisis y la estrategia; es lo que se ha llamado la política de la identidad. El problema es que hay tantas experiencias de opresión como personas oprimidas; de hecho, incluso más, porque casi todo el mundo ha tenido experiencias contradictorias, tanto negativas como positivas. En todo caso, no hay una experiencia universal de lo que es sufrir el racismo, o la islamofobia específicamente; tampoco existe una experiencia universal de la opresión de las mujeres. De hecho, esa minoría del movimiento feminista que reproduce ideas islamófobas y/o tránsfobas refleja el intento de presentar unas experiencias muy específicas de la opresión de las mujeres como si fueran universales, excluyendo otras experiencias muy diferentes, pero igualmente válidas. Este hecho ejemplifica cómo la experiencia directa de la opresión puede ser un factor clave en impulsar a una persona a querer combatirla, pero no la lleva automáticamente ni a un análisis claro, ni a estrategias efectivas.

Una de las paradojas del caso de Najat es que denuncia las políticas de identidad defendidas por ciertos sectores de la izquierda, pero su propia carrera mediática se basa en gran parte en su identidad. (Claro que tiene méritos como autora, pero su fama no se debe principalmente a esto; ¿cuántas veces aparece en los medios hablando de la literatura, y no del islam, o más recientemente el tema trans?)

¿Existe la islamofobia?

Como se ha comentado, la campaña de apoyo a la elección de Najat como pregonera en general niega que sus ideas reflejan la islamofobia, pero a menudo van más lejos, y ponen en cuestión el mismo concepto de islamofobia. Alegan que con lo “políticamente correcto”, se intenta tildar de islamófoba a cualquier crítica hacia el islam.

La activista Fàtima Aatar contestó tales argumentos muy bien en un hilo de Twitter: “Parece mentira que debamos repetir por qué ciertos discursos son islamófobos y no una crítica legítima a la religión. Cuando el Estado utiliza sus dispositivos de represión sobre un sujeto concreto, cuando la extrema derecha utiliza ese mismo sujeto como arma política y cuando ciertas personas utilizan ese mismo discurso de la extrema derecha y la única diferencia es que sus familias son musulmanas… hablamos de islamofobia…”

Algunos imames conservadores pueden tener problemas con el hecho de que una mujer como Najat critique la fe en la que la criaron y haya abandonado el islam; para el antirracismo eso no es un problema en absoluto. El problema es cuando fomenta discursos racistas hacia las personas musulmanas.

Muchos de los comentarios en las redes sociales demuestran una grave falta de conocimiento respecto a qué es y qué no es islamofobia. Ya en 1997, el Runnymede Trust publicó unos indicadores muy útiles (ver anexo).

Redactados hace más de cuarto siglo, describen a la perfección algunos de los comentarios que oímos hoy en día: “Se considera el islam como un solo bloque monolítico, estático”; “Se considera el islam como inferior a Occidente: algo bárbaro, irracional, primitivo, machista”; “Se considera el islam como violento, agresivo, amenazador, favorable al terrorismo…”

Tomemos solo un ejemplo. Alguien tuiteó un vídeo de como azotaban a una mujer, se entiende que en Afganistán controlado por los talibanes. Es un abuso terrible y condenable por supuesto, pero el tuit tiene poco o nada que ver con solidarizarse con la mujer, cuyo sufrimiento ha sido observado más de 122 mil veces, según las cifras de Twitter. No, el motivo del tuit es otro, como queda reflejado en el texto que acompaña el vídeo: “Que no te engañen, esto es el verdadero Islam y su relación con la mujer (la misoginia muslim)”. Es un procedimiento típico: toman hechos específicos, como el terrible trato hacia las mujeres del régimen talibán, y luego los atribuyen al islam como tal. Esto a pesar de que la gran mayoría de las personas musulmanas del mundo rechazan todo lo que representan los talibanes. Estas visiones también excluyen del análisis (de hecho, no hacen análisis alguno) toda explicación de cómo los talibanes llegaron a existir y tomar el poder. Esto no se puede explicar sin hacer referencia a las intervenciones militares de la URSS y de EEUU, desde 1979 en adelante. Lejos de reflejar “el verdadero Islam”, los talibanes son producto de los horrores de las guerras imperialistas. (Txell Bragulat lo explicó bien en el caso de ISIS en su artículo “Los orígenes de ‘Estado Islámico’” escrito para el libro Combatir la islamofobia, Icaria, 2016, y también disponible online.) Y para completar la historia, este tuit con el vídeo de los abusos lo ha difundido una persona de izquierdas, con el mensaje “¿Si lo criticas y lo condenas los de @UCFRcat te acusan de islamofobia o ya no?”. Pues si criticas los abusos, UCFR no tiene nada que objetar. Pero si atribuyes las acciones de un grupo reaccionario, producto de una historia concreta del imperialismo, a la religión de quizá dos mil millones de personas —actualmente en la diana de Estados racistas y la extrema derecha— entonces sí, es islamofobia.

¿Todo islam político es lo mismo?

Lo anterior nos lleva a uno de los típicos argumentos de Najat, por el cual pone al mismo nivel todo el islam político, desde los grandes movimientos y partidos (como los Hermanos Musulmanes en Egipto) hasta los grupos armados como Al Qaeda o ISIS.

En realidad, los Hermanos Musulmanes se parecen más que nada a los partidos democratacristianos, quizá al centro derecha catalanista de Jordi Pujol bajo el franquismo; combinan elementos conservadores con el hecho de encontrarse frente a una dictadura que los obliga a luchar por derechos democráticos. Los Hermanos Musulmanes tienen quizá un millón de seguidores en Egipto. Su movimiento hermano en Palestina, Hamas, llegó a ganar las elecciones a la autoridad palestina. Con sus contradicciones, en ciertos momentos estos movimientos pueden formar parte de la lucha por el cambio en la región; la izquierda no debe liquidarse en ellos, pero sí puede y debe colaborar con ellos en luchas concretas. (Hablé con activistas de Hermanos Musulmanes, sobre todo estudiantes, en la Conferencia del Cairo, que reunía en la década de los 2000 a las izquierdas y corrientes islámicas de Egipto y más allá, contra las guerras y por la democracia.)  Con Al Qaeda, ISIS y grupos parecidos, no hay puntos de contacto.

Estos no son debates abstractos. Cuando en Argelia en 1991 parecía que el Frente Islámico de Salvación iba a ganar las elecciones legislativas, hubo un golpe militar para impedirlo. Se inició una guerra sucia, en la que el ejército argelino intentó eliminar físicamente al movimiento islamista, que costó decenas de miles de muertos. Esta represión fue respaldada por gran parte de la izquierda y del movimiento feminista, porque el objetivo eran islamistas.

Las intervenciones imperialistas en Oriente Medio durante las últimas décadas —desde Afganistán e Irak hasta el apoyo ruso a la masacre en Siria— se justifican mediante la islamofobia, calificando toda oposición de “fundamentalismo islámico”.

Meter a todo el islam político en el mismo saco no solo contribuye a la represión, también supone hacer el ridículo. Si alguien sugiriera que Martin Luther King y George W. Bush son lo mismo, por ser protestantes, nadie lo tomaría en serio. Si se equiparasen al Movimiento Sin Tierra de Brasil y con el Opus Dei “porque ambos se inspiran en el catolicismo”, tampoco. Pero un comentario parecido respecto a movimientos que se reivindican de musulmanes se acepta como si fuera sensato y lógico.

¿Contra el hiyab?

Najat ha dejado claro que está en contra de llevar el hiyab. Bien, cualquier persona demócrata —y por supuesto, la izquierda— debe defender su derecho a decidir por ella misma a vestirse como quiera. Pero el problema es otro.

Najat se ha declarado por la prohibición del hiyab. Por ejemplo, en noviembre de 2021: “La escritora catalana Najat el Hachmi defiende una esfera política sin hiyab”. Está diciendo que los avances que han hecho algunas activistas políticas musulmanas, al lograr plantear en las instituciones cuestiones de racismo, machismo y mucho más, ahora deberían limitarse, al excluir a aquellas que llevan hiyab. Esto a su vez formaría parte de una represión más amplia, como ocurre en Francia, donde las mujeres con hiyab tienen graves problemas para participar en la vida laboral y social en general.

Se produjo el escándalo en Francia cuando un grupo de policías rodearon a una mujer en la playa y la obligaron a quitarse su (mal llamado) “burkini” (bañador de todo el cuerpo). Según un informe, 15 mujeres en Francia fueron multadas por llevar “burkini” en una sola semana.

Al inicio de este apartado se ha insistido en el derecho de las mujeres, las musulmanas incluidas, a decidir por ellas mismas. Esto incluye decisiones sobre cómo vestirse. Najat, y otras personas que piden la prohibición del hiyab, han argumentado que las musulmanas no pueden decidir, debido a las presiones sociales. Pero muchas de nuestras decisiones vienen condicionadas por las presiones sociales; esto no significa que el Estado deba decidir en nuestro lugar.

En este tema, se revela que lo que se presenta como la “defensa de la libertad” en realidad forma parte de la criminalización y represión cada vez más duras que se aplican contra las personas musulmanas, y en este contexto especialmente las mujeres musulmanas. Esta represión la ejercen los Estados, como una parte más del multifacético racismo institucional, instigados por la creciente extrema derecha. Y ahora, se ve, animados también por sectores supuestamente progresistas.

Lo llaman laicidad y no lo es

Se han citado a menudo, en defensa de que Najat sea pregonera, el “laicismo” y el derecho a criticar las religiones. Pero como ya se ha dicho, el problema no es el hecho de criticar la religión. El problema es cuando se contribuye a las generalizaciones racistas que alimentan la criminalización de las personas musulmanas.

La laicidad debe significar la no injerencia del Estado en asuntos religiosos, su neutralidad ante las diferentes creencias; algo que evidentemente está muy lejos de ser una realidad en el Estado español, donde el catolicismo tiene una presencia predominante, de mil formas diferentes.

En todo caso, es un grave error para la izquierda meter todo lo religioso en el mismo saco, como un enemigo que combatir al máximo. Sí hay que luchar contra la influencia reaccionaria de la poderosa cúpula católica. Pero no se puede tratar de la misma manera a grupos musulmanes formados principalmente por personas migradas y a menudo bastante pobres. Si una comunidad musulmana se esfuerza para establecer un centro de culto, haciendo frente a sospechas vecinales (sospechas previsibles, dadas las mentiras sobre el islam vertidas por los medios), y a veces a campañas fascistas en toda regla, cualquier movimiento progresista debe apoyarla sin fisuras. Y así lo han hecho grupos de UCFR en diferentes localidades.

De hecho, esta actitud diferenciada entre una religión dominante y la fe de un grupo oprimido la demostraron los bolcheviques en la época de Lenin. Eliminaron los privilegios de la Iglesia Ortodoxa, que había sido la religión oficial del Zarismo, pero se esforzaron para hacer reparaciones con las religiones minoritarias. Por ejemplo: “Los monumentos sagrados islámicos, los libros y objetos saqueados por los zares fueron devueltos a las mezquitas.”

Esta tradición revolucionaria, como muchas otras cosas, se perdió bajo el estalinismo, y es la visión estalinista la que subyace, conscientemente o no, en muchas posiciones actuales en la izquierda. En el Estado español, el anarquismo también ha reproducido típicamente una actitud cerrada y unidimensional hacia el hecho religioso.

Una visión dialéctica

Un conocido de izquierdas, de tradición comunista ortodoxa, expresó su apoyo a Najat diciendo que le recordaba “la voz de muchas otras mujeres árabes que he conocido en Siria, Líbano, Irak o Palestina… que no entendían la mirada comprensiva hacia la opresión que ejerce la religión, de una parte de nuestras izquierdas”. Es más matizado, pero en el fondo es el mismo argumento que decir que si se rechaza la imposición del velo en Irán o Arabia Saudita, hay que apoyar su prohibición en Europa.

Ante un poder reaccionario en Oriente Medio, una izquierda consecuente debe apoyar a las personas oprimidas, por ejemplo, las mujeres frente a estas imposiciones del velo. Y ante un poder reaccionario en Europa (y en realidad los Estados europeos no son menos reaccionarios que los de Oriente Medio), una izquierda consecuente también debe apoyar a las personas oprimidas, por ejemplo, frente a la islamofobia.

Aquí existe de nuevo el problema de que gran parte de la izquierda no tiene en absoluto una comprensión dialéctica de las cosas, sino que vacila entre diferentes posiciones unidimensionales y simplistas. Ocurre respecto al islam político: gran parte de la izquierda dio apoyo acrítico y total a Khomeini cuando tomó el poder en Irán en 1979, pero pocos años más tarde saltó a presentar el islam como el gran enemigo del progreso.

Con los países estalinistas, la mayoría de la izquierda nunca escuchaba a las personas trabajadoras cuando denunciaban la explotación que sufrían. Hoy en día, gran parte de la izquierda respalda el gobierno autoritario en Cuba cuando reprime a manifestantes de los barrios pobres; no entienden que se puede denunciar el bloqueo y el imperialismo pero también criticar la explotación y opresión dentro de la isla. También hay sectores de la izquierda radical que, tras décadas de defender a Rusia/la URSS como un “Estado obrero”, ahora (en la práctica) apoyan a la OTAN en su conflicto imperialista con Rusia.

Es resumen, sí, existe un problema con sectores de la izquierda que no saben escuchar a las personas oprimidas y explotadas. Durante muchos años, esto se revelaba en su apoyo a muchos regímenes autoritarios. El hecho de justificar la islamofobia y la transfobia ahora es un nuevo ejemplo del mismo problema.

Calumnias contra jóvenes migrantes

El 1 de julio de 2019, se publicó en El Periódico el artículo de Najat, Menores que violan; es escandalosamente racista. Aquí dice: “En el caso de los menores extranjeros no acompañados la cultura machista es doblemente transmitida: sabemos que han crecido en un país donde el acoso es el pan nuestro de cada día… Aún no han llegado a la mayoría de edad y ya se creen con derecho a disponer de los cuerpos de las mujeres. Y a violentarlas para satisfacer sus necesidades, las sexuales y las de poder.”

¿En qué se basa? ¿Cita datos, análisis? No, son puras suposiciones. Enlaza a un artículo sobre un intento de violación por parte de un “menor tutelado”. El artículo no menciona el origen del menor, pero, aunque fuera migrante, esto no justifica afirmaciones respecto a “los menores extranjeros no acompañados” en general. Es más: incluso el propio artículo citado explica que los amigos del joven —se entiende que también menores tutelados— lo reprendieron e impidieron la violación. Es decir, según la única fuente citada, habría más datos para afirmar que “los menores extranjeros no acompañados” rechazan las violaciones.

Artículos como este de Najat no son simplemente una parte más de la libertad de expresión. Alimentan el odio y la violencia. Durante 2019, el año en que ese artículo apareció, se produjo un auge de ataques fascistas a lugares donde vivían jóvenes migrantes, a veces locales abandonados y okupados, pero también centros de menores. Unos ejemplos: en marzo de 2019 hubo una incursión con machete en un centro de menores en Canet de Mar (Maresme); también en marzo de 2019, un grupo de 25 encapuchados atacaron un centro en Castelldefels, dejando a tres personas heridas; en diciembre de 2019 se lanzó una granada al centro de primera acogida de menores extranjeros de Hortaleza, Madrid… Destaquemos la agresión liderada por unos militantes de VOX contra un centro de acogida de menores migrantes en Masnou, cerca de Barcelona, que dejó cuatro personas heridas. El ataque ocurrió el 4 de julio de 2019, solo tres días después del artículo de Najat. No se trata de una causalidad directa, por supuesto, pero en el contexto descrito, de auténticos intentos de linchar a jóvenes migrantes, su artículo alimentó el odio racista de manera irresponsable.

Estas acusaciones de “violadores” son un elemento clave del racismo actual en toda Europa, por ejemplo, para impulsar movilizaciones racistas contra el establecimiento en un pueblo o ciudad de un albergue para personas refugiadas. Recuerda el racismo del sur de Estados Unidos, donde tales mentiras fueron la excusa de incontables linchamientos. Ahora todo el mundo comparte el horror ante aquello, pero la futura Pregonera de La Mercè fomenta las mismas mentiras.

¿Libertad de expresión?

Se han denunciado las críticas hacia Najat como un ataque a la libertad de expresión. No es cierto.

Nadie está negando el derecho de Najat a expresarse. De hecho, tiene muchas vías de expresión. El texto comentado arriba en el que tilda a los “MENAs” de violadores fue solo un ejemplo de una columna que entonces aparecía cada semana (y a veces más frecuentemente) en El Periódico. En su Instagram, Najat explica que “Cada viernes opino en El País, cada jueves en @hoyporhoycadenaser”. Y sí, algunos de los textos señalados por los movimientos LGTBI+ como tránsfobos han aparecido en esta columna semanal del Grupo Prisa.

Si ésta es la “cancelación” causada por lo políticamente correcto, ¡no está nada mal!

El debate es otro. Todo el mundo (dejando aparte a los fascistas, donde otros factores se aplican) debe tener su libertad de expresión. Pero no todo el mundo podrá hacer el Pregó de las fiestas de La Mercè. Es un encargo muy limitado, muy específico.

Como dice en su comunicado la Federació Catalana d’Entitats LGTBI de Catalunya: “Las Festes de la Mercè y su Pregó son actos públicos y creemos que también deben ser ejemplificadores de las libertades y pluralidades sociales actuales.” Una persona que criminaliza a las personas y entidades musulmanas, que quiere quitar derechos a las mujeres musulmanas, que tilda a los jóvenes migrantes de violadores, no es una persona de suficiente consenso como para ser pregonera. No se trata de una elección “un poco atrevida”: demuestra que no se valoran los derechos de estas personas, de estos grupos oprimidos. No entro en el tema aquí, pero se aplica el mismo principio a las personas trans.

Libertad de expresión para (casi) todo el mundo

Cerremos con un recuerdo a Mohamed Said Badaoui, que sí vio gravemente atacada su libertad de expresión. Siendo activista de UCFR en Reus, así como miembro activo de la comunidad musulmana y activista social en general, recibió una orden de deportación por sus opiniones supuestamente “radicales” o “yihadistas” o a saber qué. El hecho es que no tenían prueba alguna, querían expulsarlo con un informe policial construido en base a una lectura sesgada de posts de Mohamed en sus redes sociales. Estos días se cumplirá un año desde el viernes 5 de agosto de 2022, cuando la policía le comunicó la orden de deportación, con tan solo 48 horas de plazo para presentar alegaciones, ¡hasta el domingo! Con una campaña muy amplia —tanto el Ayuntamiento de Reus como el Parlament de Catalunya se declararon en su defensa— se logró frenar la deportación durante varios meses, pero al final encerraron a Mohamed en el CIE de Barcelona durante un mes, y luego ejecutaron la expulsión en noviembre de 2022.

¿Dónde estaba la gente que ahora levanta la voz por la libertad de expresión (es decir, el derecho de hacer el Pregó) de Najat? Sospecho que la mayoría de las personas que ahora gritan al cielo a favor de la libertad, entonces formaban parte de la campaña en redes de calumnias contra Mohamed. Acabo de descubrir que Najat sí que tocó el tema, en una columna en el periódico Ara. Aquí declaró que no conocía las acusaciones y se ve que tampoco conocía a Mohamed. Sin embargo, tras mirar sus fotos, Najat decidió que “su estética es claramente fundamentalista” y que defendía “una visión de la religión cuya raíz son corrientes rigoristas difícilmente compatibles con las libertades individuales que imperan en las democracias liberales en Occidente.”

Es decir, un Estado que ha participado en las brutales guerras en Oriente Medio; un Estado que es corresponsable de las políticas asesinas de Frontex en el Mediterráneo; un Estado que practica el racismo institucional de mil maneras… ¿éste es el modelo de libertad que debemos alabar, cuando reprime y finalmente deporta a un activista por la convivencia y la justicia social en nuestros barrios?

Recordemos el punto tres de los indicadores de la islamofobia del Runnymede Trust: “Se considera el islam como inferior a Occidente”. Respecto a este punto, y los demás, estamos ante un caso de manual de islamofobia.

Libertad de expresión, sí, para (casi) todo el mundo, incluyendo a Najat El Hachmi y a Mohamed Said Badaoui. Pero los discursos de odio no tienen cabida en el Pregó de La Mercè.


ANEXO: Los ocho indicadores de la islamofobia

  1. Se considera el islam como un solo bloque monolítico, estático y nada sensible a las nuevas realidades.
  2. Se considera el islam como separado y un “otro” que (a) carece de fines o valores en común con otras culturas; (b) no está afectado por éstas; (c) no influye en éstas.
  3. Se considera el islam como inferior a Occidente: algo bárbaro, irracional, primitivo, machista.
  4. Se considera el islam como violento, agresivo, amenazador, favorable al terrorismo, implicado en un “choque de civilizaciones”.
  5. Se considera el islam como una ideología política, utilizada para obtener ventajas políticas o militares.
  6. Las críticas realizadas hacia Occidente desde el islam se rechazan sin consideración.
  7. Se utiliza la hostilidad hacia el islam para justificar prácticas discriminatorias contra las personas musulmanas y para éstas del conjunto de la sociedad.
  8. La hostilidad antimusulmana se acepta como natural y “normal”.
  • Estos puntos proceden del informe de la Runnymede Trust (1997), Islamophobia: a Challenge for Us All, Londres. Se publicaron en castellano en el libro David Karvala ed. (2016), Combatir la Islamofobia, Icaria.