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Marie Fauré

Las nuevas investigaciones científicas ponen en cuestión la idea de que la opresión de las mujeres ha existido desde siempre. Con este artículo, empezamos una nueva serie sobre el papel de las mujeres en la historia.

 

Durante décadas, los historiadores, antropólogos y arqueólogos tomaron el sistema patriarcal como algo inmutable y como la base social de todas las sociedades humanas de la historia. Encontramos dos razones para explicar esto.

La primera es que se miraba a las sociedades primitivas con el prisma de los valores actuales —con el capitalismo y la opresión de las mujeres—  y se les aplicaba una lectura totalmente anacrónica.

La segunda es que hasta los años 60 y aun más, los científicos eran casi exclusivamente hombres.

Los años 60 marcaron una ruptura en el mundo de las investigaciones académicas en ciencias sociales e históricas, con la llegada al círculo universitario de mujeres y el nacimiento de la Gender History, historia con perspectiva de género, primero en Estados Unidos, y en los años 70 en Gran Bretaña, con la publicación en 1973 del trabajo de Sheila Rowbotham, Hidden from History. Three hundred years of Woman’s Opression (Escondidas de la historia. Tres siglos de la opresión de las mujeres).

La voluntad de esta nueva corriente científica es la de romper con la visión masculina de la historia, de la antropología, etc., denunciando el hecho de que las mujeres fueron invisibilizadas durante siglos y trabajando para volver a ponerlas en la historia. Pero no se trata de destacar figuras femeninas en una historia escrita por los hombres, sino de reinterpretar todas las ciencias humanas desde el punto de vista de las mujeres. Por ejemplo, las épocas históricas aplicadas siguiendo la historia vista por los hombres se revelan inútiles cuando se mira desde la historia vista por las mujeres. Estamos aquí ante una refundación total de la ciencia histórica, como lo enseña un libro publicado por Yannick Ripa en 2020, Une histoire féminine de la France, o el trabajo colectivo Mujeres, nuestra historia (2019).

Siguiendo el ejemplo anglosajón, las investigaciones académicas francesas de la última década demuestran un enriquecimiento en este sentido, especialmente en los últimos años, con muchos trabajos sobre la historia de la liberación de las mujeres desde las mujeres mismas, poniendo tanto en evidencia sus propias contradicciones como sus tiempos específicos (Bibia Pavard, Florence Rochefort, Michelle Zancarini-Fournel, Ne nous libérez pas, on s’en charge, 2020; Mathilde Larrère, Rage against the machisme, 2020).

Prejuicios

El re-estudio de la caza de brujas desde la Edad Media es también una ocasión de poner en evidencia los prejuicios nacidos de la construcción siglo tras siglo de una imagen de la mujer creada por los hombres y más específicamente por los hombres de la clase dominante, justificando su inferioridad y su opresión (Mona Chollet, Brujas. ¿Estigma o la fuerza invencible de las mujeres?, 2018 para la versión francesa, 2020 para la traducción en castellano).

En este entorno de feminización o de des-masculinización de las ciencias humanas, los descubrimientos arqueológicos y sus análisis han dado un apoyo certificado a las investigaciones académicas, aportando pruebas que ponen en duda la existencia de un patriarcado eterno en todas las sociedades conocidas de la historia.

Se trata aquí de dos sociedades humanas en particular, las sociedades prehistóricas y la sociedad viking.

En esta última, las investigaciones de Anna Kjellström, arqueóloga sueca, confirmadas por el trabajo de Charlotte Hedenstiera-Jonson, y publicadas en el American Journal of Physical Anthropology, nos demuestran —gracias al estudio de la tumba de la guerrera de Birka, y confirmado por fuentes literarias— que las mujeres vikingas podrían ser guerreras al igual que los hombres.

Esas mismas conclusiones se pueden hacer con las sociedades prehistóricas, como se puede ver en el excelente análisis de Marylène Patou-Mathis, L’homme préhistorique est aussi une femme. Histoire de l’invisibilité des femmes, 2020. Marylène Patou-Mathis demuestra que en las sociedades prehistóricas, la división por sexos de las tareas no existía, y las mujeres podían ser cazadoras o dibujar en la paredes, igual que los hombres podían participar a la recolección. Además, no existía la noción de descendencia filial, porque no había noción de propiedad privada. Así que, en esas sociedades, la división de las tareas se hacía según las capacidades de cada uno, ya fuera hombre o mujer, y la opresión por el sexo de las personas no existía.

Cambio

El gran cambio surgió de la revolución neolítica. Con la sedentarización, el nacimiento de la agricultura y la domesticación de los animales, nació también la voluntad de acaparar las riquezas producidas y con ella la noción de propiedad privada y de enriquecimiento personal. A partir de este momento, para asegurarse de la transmisión de estas riquezas, los hombres buscaron el control de las mujeres y de su cuerpo, como herramienta para la reproducción de un heredero y asegurar así la filiación.

Ésta ya fue la tesis básica de Friedrich Engels en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicado en 1884 y basado en parte en apuntes de Marx sobre la prehistoria. En algunos puntos seguro que hay que matizar y actualizar su análisis, pero hace unos 140 años Engels planteó la base de lo que se comenta aquí: que la opresión de las mujeres, como factor sistemático, surge con las sociedades de clase, y toma formas específicas que se deben explicar en el contexto de cada sociedad. No es algo eterno e inmutable; se podría superar en una sociedad socialista.

Que las sociedades prehistóricas no fueran patriarcales no significa que fueran matriarcales. En realidad, la ausencia de división de la sociedad por sexo (la noción de género sería aquí anacrónica) hace inoperante estos tipos de definición de dominación de un grupo sobre otro. Pero, más allá de las consideraciones particulares de esas sociedades, lo que nos demuestran los estudios es que el patriarcado, ya sea antes o después de la revolución neolítica, no es una obligación ni una fatalidad, y que hubo sociedades que vivieron sin él y algunas que siguen haciéndolo, fuera del prisma pre capitalista y capitalista de la búsqueda del control de las riquezas y por extensión del control de la mujer por el hecho de ser mujer.