ES CA

Amine Limam

La situación de crisis global provocada por la Covid-19 nos recuerda la precariedad de la situación en la que vivimos y la fragilidad del modelo económico que hemos puesto en marcha.

Estos momentos de gran duda, incertidumbre y miedo al futuro no deben sumirnos en una actitud individualista para salir de la crisis, sino que deben invitarnos a mirar y pensar en el otro, así como en una alternativa a la injusticia y a la barbarie que nos impone el capitalismo.

Decidí escribir este artículo para hablar sobre la situación del pueblo saharaui abandonado por Naciones Unidas, y sacrificado por Europa y Estados Unidos.

Para ello, cedí la palabra a un amigo mío y antiguo colega con el que trabajé en los campos de refugiados saharauis de Tindouf en Argelia durante más de dos años.

Abdi es un saharaui nacido en 1976 en un pequeño pueblo del norte de Mauritania durante el éxodo de su familia, que huyó de la guerra en curso en el Sahara Occidental contra la ocupación marroquí.

Hoy tiene 44 años, la edad de su exilio, y trabaja en Oxfam, en la distribución de alimentos en beneficio de sus compatriotas en los campamentos, tras haber estudiado biología en Cuba.

Abdi, ¿puedes describir la situación en los campamentos y las consecuencias de la Covid-19 en la vida de los refugiados?

Las restricciones de viaje decretadas por las autoridades saharauis para limitar la propagación del virus han afectado gravemente a la situación socioeconómica de la población.

Se ha observado una caída significativa de la renta de los hogares tras el cese de la poca actividad económica que había en los campamentos, es decir, los taxis que operaban entre los campamentos, las importaciones de bienes de Europa y su reventa, el comercio tradicional que existe con la vecina Mauritania. Todo esto se ha detenido.

Incluso el poco dinero que se inyectó en la economía local cuando las familias españolas visitaron los campamentos ha desaparecido.

A esto se suma que las ONG que trabajan en el desarrollo, han tenido que restringir o detener sus actividades, debido a la excepcional situación de salud.

Como se puede adivinar, esto ha tenido un impacto muy negativo en los precios de los alimentos básicos que han experimentado incrementos dramáticos que condenan a una gran parte de la población a la desnutrición.

¿Cómo acogió la opinión pública saharaui la decisión del Polisario de retirarse del acuerdo del alto el fuego?

La guerra fue impuesta al pueblo saharaui, ya no es una opción sino una obligación para salir del estancamiento en el que se encuentra el conflicto.

Cabe recordar que el alto el fuego fue ratificado en 1991, con la promesa de organizar un referéndum de autodeterminación supervisado por Naciones Unidas. Entonces tenía 25 años, hoy tengo 46 y 4 hijos, y todavía no hay un referéndum en el horizonte.

Por otro lado, Marruecos sigue explotando los recursos naturales saharauis con el beneplácito de las empresas europeas que se benefician de ello.

Esta situación de hartazgo llevó a la sociedad civil saharaui a organizar una sentada destinada a bloquear la circulación de mercancías marroquíes por el paso de Guerguerat al sur del Sahara, territorio reconocido bajo el control del Polisario.

Como reacción a esta movilización, Marruecos decidió enviar tropas militares para proceder a una reapertura forzada del paso, lo que llevó al Polisario a responder reanudando la lucha armada para liberar nuestra tierra, que nos fue arrebatada.

Desde este anuncio, se han abierto escuelas militares en los campamentos para preparar a los jóvenes que irán a luchar al frente. Preferimos enviar a nuestros jóvenes a las universidades, pero lamentablemente, la situación en la que estamos nos impone otra realidad.

¿Cuál fue la reacción de la sociedad saharaui, tras el anuncio de Trump, del reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara?

El pueblo saharaui nunca se hace ilusiones sobre la posición de Estados Unidos en lo que respecta a nuestra causa, ni tampoco de la Unión Europea.

Las declaraciones de Trump confirmaron lo que los saharauis han entendido durante mucho tiempo, que la política exterior de estos Estados sigue la lógica del interés propio y no conlleva ninguna aspiración a la justicia internacional.

La normalización de las relaciones entre Marruecos e Israel refuerza nuestra convicción de que el Reino de Marruecos es un Estado colonizador y un aliado de los colonizadores.

Al mismo tiempo, esta situación ha reforzado el sentimiento de unidad entre nuestro pueblo y todos los pueblos del mundo que sufren las mismas injusticias.

Lo que nos interesa es la solidaridad entre los pueblos y ganar la batalla de la opinión pública en Europa y Estados Unidos, para presionar a sus gobiernos y obligarlos a optar por la paz y la justicia internacional.

Abdi, ¿qué futuro ves para ti, tus hijos y tu familia?

Personalmente, he vivido la guerra y no quiero que mis hijos la vivan a su vez. Quiero que crezcan sin preocupaciones, que estudien y descubran el mundo. Todas las noches, cuando me voy a dormir, me atormenta el futuro de mis hijos.

No quiero que crezcan como cabras esperando ayuda humanitaria en un campamento cuyo único horizonte es el cementerio de enfrente, pero también me preocupa una guerra que se les impondrá, si no se encuentra una solución pacífica al conflicto.