El legado de Trotsky

Duncan Hallas

Duncan Hallas fue militante destacado del Socialist Workers Party de Gran Bretaña, hasta su muerte en 2002. (Ver esta nota)

Este artículo se publicó en inglés, en Socialist Worker, agosto de 1970.

La primera edición castellana se publicó en mayo de 2003.

El testamento de Trotsky

Nota sobre Duncan Hallas


En mayo de 1940, Leon Trotsky escribió un artículo titulado “Stalin quiere mi muerte”. Una predicción acertada, ya que tres meses después, el 20 de agosto del mismo año, el agente estalinista Ramon Mercader, alias Frank Jacson, le clavó un piolet en la cabeza, en Coyoacán, México.

Este asesinato fue el último de los crímenes en masa que, a través de la burocracia estalinista, acabaron con la vieja guardia bolchevique. Rikov, el sucesor de Lenin como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, fue ejecutado, y también lo fue Zinóviev, que fue presidente de la Internacional Comunista cuando Lenin aún vivía.

Asesinaron a Bujarin y a Piátakov, que según el testamento de Lenin eran los miembros jóvenes más capaces del Comité Central; también Rakovski y Radek murieron; y decenas de miles de miembros del antiguo partido desaparecieron para siempre en los campos de trabajo del Ártico. Todos aquellos militantes que en su día hicieron posible la Revolución de Octubre habían sido prácticamente eliminados.

Sólo quedaba uno de los líderes de los años de la revolución y de la guerra civil, José Stalin. El que, según Lenin, hubiera tenido que abandonar el cargo de Secretario General, gobernaba ahora Rusia de un modo aún más despótico que Iván el Terrible.

Trotsky escribió su opinión sobre todos estos hechos un año antes de su muerte: “El estalinismo tenía que eliminar políticamente y luego físicamente a todos los líderes del bolchevismo para convertirse en lo que es hoy: un aparato para mantener los privilegios, un freno para el desarrollo de la historia, un medio para el imperialismo…”

El terror estalinista había enterrado las esperanzas de la Revolución de Octubre. Pero no se había producido una contrarrevolución sencilla, porque ni los terratenientes ni los capitalistas ni los burgueses de la época zarista recuperaron sus posesiones. Stalin no fundó ninguna dinastía y los principales miembros de su burocracia tampoco recibieron el derecho legal a la propiedad “pública”. Aun así, la clase trabajadora, el proletariado que oficialmente era quien “gobernaba”, no tenía ningún derecho político, ni siquiera mantuvo los derechos básicos que había conseguido bajo el régimen zarista.

Los sindicatos se convirtieron en máquinas para mantener la disciplina. ¡Y qué disciplina! El 28 de diciembre de 1938, Stalin decretó que los trabajadores o empleados que abandonaran su lugar de trabajo sin permiso, o que cometieran algún acto contra la disciplina laboral podían ser desahuciados de sus viviendas durante 10 días, sin ofrecérseles ninguna otra residencia. ¡En un “Estado obrero”, se les imponían las condiciones de las colonias industriales del siglo XIX!

Este mismo decreto abolió el derecho a las vacaciones retribuidas tras cinco meses y medio de trabajo, y trataba el tema de la puntualidad del modo siguiente: un trabajador que llegara demasiado tarde a su puesto, que se fuera a comer demasiado pronto, que volviera demasiado tarde o que ganduleara durante las horas de trabajo podía ser procesado por la administración. Y aquel encargado que no entablara los procesos o juicios oportunos, él mismo sería procesado o despedido. Todo esto se aplicaba a los trabajadores “libres”, por supuesto. Para los más obstinados ya estaban los campos de trabajo.

También se introdujeron desigualdades salariales: no había negociación posible, claro. Se generalizaron los planes de incentivos económicos.

Los burócratas más privilegiados recibían salarios cada vez más altos, además de tener otras ventajas adicionales para su familia: coches, casas de campo, vacaciones pagadas en Crimea, etc. Mientras, Stalin iba diciendo: “No debemos jugar con toda esa fraseología sobre la igualdad. Eso es jugar con fuego.”

Por encima de la primera revolución proletaria que había logrado triunfar, había crecido una sociedad que reproducía las desigualdades y la opresión del sistema capitalista, gobernada por una dictadura de hierro, una dictadura no de los trabajadores, sino sobre los trabajadores.

Trotsky dedicó los últimos años de su vida política a luchar contra este retroceso, analizándolo, explicando sus causas e intentando mantener viva la tradición socialista revolucionaria contra la asfixiante presión del estalinismo en Rusia y en el resto del mundo.

Se forma un revolucionario

Trotsky nació en Ucrania en 1879, hijo de un granjero judío. En esa época aún no se había producido ningún movimiento obrero en el imperio zarista, porque, de hecho, prácticamente no existía la clase obrera.

El imperio estaba formado por unos pocos aristócratas de alta categoría, otros de más baja categoría (los oficiales del ejército), y la maquinaria del Estado: una clase media de comerciantes, abogados, médicos, etc., más una gran masa de campesinos. Sobre todos ellos gobernaba el Zar, como Luis XIV había gobernado Francia… como un monarca absoluto.

No había Parlamento, ni libertad de prensa ni de movimiento, todos los ciudadanos no eran iguales ante la ley, etc. Hasta 1861, los campesinos, la gran mayoría del pueblo ruso, fueron legalmente siervos, esclavos que no podían abandonar el país donde habían nacido y que podían ser comprados y vendidos por sus amos, junto con las tierras.

Rusia era un país atrasado, medieval. Tan atrasado que en muchos aspectos se parecía más a la Francia de antes de la revolución de 1789, que a los países capitalistas de la Europa occidental y central.

Sin embargo, un gran cambio se avecinaba. Durante la infancia y la adolescencia de Trotsky, la industria se desarrolló rápidamente en Rusia, alimentada por capital y técnicos extranjeros. Se desarrollarían entonces nuevas clases sociales: una clase capitalista, aún no tan fuerte como la de Occidente, y una clase obrera.

A la larga, con el crecimiento de estas clases, el régimen zarista acabaría por estallar. Aún en 1895, el ministro zarista de economía escribía: “Afortunadamente, Rusia no posee una clase obrera tan grande como Occidente. Por eso aquí no tenemos problemas con los trabajadores”. La verdad es que estaba un poco despistado, ya que si en 1887 había 103.000 trabajadores de la siderurgia, en 1897 había 642.000. Y hacia 1914, de una población de 160.000.000 habitantes, la cifra había aumentado a 5.000.000.

Esta joven clase obrera desarrolló una combatividad y un número de luchas obreras sin precedentes, que no se había vuelto a producir desde 1830 y 1840, el período heroico de la clase trabajadora británica. A principios del siglo XX, una ola de huelgas azotó al sistema zarista hasta sus bases y provocó la explosión de 1905.

1905

Aparecieron los “soviets” o los consejos de trabajadores, una nueva forma de organización obrera, ideados por algún trabajador anónimo. Durante un tiempo se mantuvo un doble poder: el poder de los trabajadores organizados en soviets que se enfrentaba al gobierno aterrorizado del Zar.

Todo el régimen se tambaleó. Al final, sin embargo, fue capaz de restablecer su poder. Las y los trabajadores revolucionarios se enfrentaron a un ejército de campesinos aún fiel al Zar. Hubo una represión cruel y feroz.

Trotsky creció con el movimiento. Cuando aún era un adolescente, se afilió a un grupo revolucionario en la pequeña ciudad de Nikolayev, la Liga Obrera del Sur de Rusia. En 1898 fue arrestado y pasó por varias cárceles antes de ser desterrado a Siberia, en 1900.

Logró huir el verano de 1902. Inició entonces su formación marxista y se convirtió en un escritor bastante reconocido. En otoño se reunió en Londres con Lenin, que le propuso unirse al comité de redacción del Iskra (La Chispa), el periódico del partido socialista que se imprimía en Londres y se introducía clandestinamente en Rusia.

Esta propuesta fue rechazada por el miembro más antiguo del comité, Plejánov, uno de los fundadores del partido y futuro menchevique. Faltaban ya pocos meses para la escisión del partido socialista ruso y las relaciones entre Lenin y algunos de sus compañeros ya empezaban a ser tensas.

El partido consistía entonces en un puñado de emigrantes residentes en Londres, Zurich y otras ciudades europeas, y también en algunos grupos ilegales de trabajadores y estudiantes de algunos centros industriales de Rusia y de Siberia.

En un principio, podía parecer que la escisión, que llegó durante el segundo congreso, celebrado en Bruselas y luego en Londres, se produjo a causa de una cuestión organizativa insignificante. Pero en realidad sí había unas diferencias subyacentes de vital importancia.

Lenin y su grupo, que serían los bolcheviques —que significa “la mayoría”—, querían un partido revolucionario fuertemente organizado, capaz de sobrevivir a la ilegalidad y a la represión. Creían que sólo la clase obrera, unida al campesinado, podría acabar con el sistema zarista y sustituirlo por una república basada en una constitución democrática que asegurara la soberanía del pueblo, es decir, el poder soberano del estado debía concentrarse en manos de una asamblea legislativa formada por representantes del pueblo (éste era el proyecto de Lenin sobre el programa del partido socialdemócrata ruso, 1902).

La visión de los mencheviques —“la minoría”, en ruso— era distinta: creían que la clase capitalista rusa podía liderar esa lucha y para eso bastaba con una organización no tan fuerte, que fuera capaz de trabajar en la semilegalidad. Lo que ni unos ni otros podían imaginarse era que una revolución socialista fuese posible en un país tan atrasado y subdesarrollado como Rusia. La revolución, creían ellos, vendría después, tras un período de desarrollo económico capitalista bajo una república democrática.

La verdad es que en 1903 las diferencias aún no eran tan claras como más tarde lo serían. No todos entendían muy bien qué implicaciones conllevaba el decantarse por una u otra opción. En ese entonces, Plejánov, que más tarde sería el líder de la extrema derecha de los mencheviques, apoyaba a Lenin. Pero Trotsky se oponía, decisión que después calificaría como el “error más grave de mi vida”.

En 1905, los exiliados revolucionarios pudieron volver a Rusia. Trotsky, que entonces estaba entre las filas de los mencheviques, jugó un importante papel en la infructuosa revolución de 1905. A finales de ese año, fue nombrado presidente del Soviet de Petrogrado, una de las organizaciones obreras más importantes de Rusia.

Sin embargo, la máquina militar y policial del imperio zarista se había reanimado y eliminó la organización, hecho que supuso un punto de inflexión en la revolución. Trotsky fue encarcelado de nuevo. Fue procesado por un crimen capital; desde el banquillo de los acusados había desafiado al Zar: “Ya hace mucho que este Gobierno ha roto con la nación… Lo que tenemos no es un Gobierno nacional, sino un autómata que asesina en masa.”

El movimiento revolucionario, aún latente, consiguió que el Gobierno actuara con prudencia: el cargo principal —por insurrección— fue desestimado por el tribunal, aunque Trotsky y otros 14 compañeros fueron deportados a Siberia de por vida, perdiendo así todo derecho civil.

Tras 1906, durante los años de la reacción, las organizaciones revolucionarias se debilitaron y decayeron a causa de la represión continua y de los espías. En Rusia, la organización menchevique casi desapareció. E incluso los bolcheviques de Lenin, que se habían dividido en dos grupos, uno orientado hacia la izquierda y otro hacia la derecha (Lenin pertenecía a éste último), se convirtieron en tan sólo una sombra de lo que habían sido en el pasado.

Entre revoluciones

En los círculos de emigrados empezaron a desarrollarse amargas disputas entre distintas facciones. Trotsky, que volvió a escaparse de Siberia en 1907, pronto se encontró casi aislado: los mencheviques le rechazaron, pues se habían inclinado demasiado a la derecha, y él tampoco fue capaz de superar la hostilidad que sentía hacia los bolcheviques. Se convirtió en un lobo solitario.

Lo más positivo que logró en aquellos años fue la teoría de la revolución permanente. La idea básica era que la inminente revolución de Rusia no podía estancarse en la etapa de la república democrática, sino que debía desarrollarse hacia una revolución proletaria para tomar el poder y entonces, unirse a todas las revoluciones obreras de los países capitalistas más avanzados, para no fracasar.

En realidad, no era muy diferente de la concepción de Lenin. Pero a causa de la desconfianza que sentía, no quería aliarse con la única y verdadera organización revolucionaria: los bolcheviques.

El 4 de agosto de 1914, el mundo entero se transformó: había estallado la guerra imperialista, previsible desde hacía tiempo. Todos los líderes de los grandes partidos socialdemócratas se olvidaron del marxismo y del internacionalismo y claudicaron ante sus propios gobiernos, hecho que destrozó a la Internacional Socialista.

En los países beligerantes, el movimiento se dividió entre los renegados y los internacionalistas. En septiembre de 1915, se reunieron en Zimmerwald, Suiza, 38 delegados de 11 países, para reafirmar los principios del socialismo internacional. Trotsky escribió el manifiesto que se distribuyó en la conferencia.

Aunque a Zimmerwald acudieron tanto revolucionarios como pacifistas, pronto se dividirían. Así pues, el núcleo revolucionario se convirtió en el precursor de la III Internacional; la Internacional Comunista o Comintern.

La oposición revolucionaria crecía y crecía en todos los Estados que participaban en la guerra, pero fue en Rusia donde realmente se produjo la ruptura. En febrero de 1917, toda una serie de huelgas masivas y de manifestaciones lograron derrocar al Zar. Y fueron los militantes de la clase trabajadora de Petrogrado —la mayoría, bolcheviques— los que lideraron el movimiento.

Ya desde el principio, los líderes de los soviets, los campesinos y los representantes de los soldados podían haber barrido tranquilamente la fachada casi desmoronada del Gobierno Provisional; podían haber tomado el poder. Pero no lo hicieron porque como muchos eran mencheviques y socialrevolucionarios (el partido de los campesinos), creían que la república democrática era uno de los pasos necesarios para que el capitalismo se desarrollara y sembrara las bases de un estado socialista. Esto conllevaba seguir con la guerra y someter a la “disciplina” a la clase obrera y al campesinado.

Incluso algunos de los bolcheviques vacilaron, especialmente Kaménev y Stalin, los dos miembros del comité central que habían escapado de Siberia para hacerse cargo del partido en Petrogrado. Pero cuando Lenin llegó en abril, no tenía ninguna duda.

Los eslóganes de Lenin fueron “Abajo el Gobierno Provisional”; “Paz, tierra y pan”. Y aunque al principio, sólo una minoría en su propio partido seguía sus ideas revolucionarias, Lenin se fue ganando primero al partido y luego a todos los soviets. En esencia, era lo mismo que la “revolución permanente” de Trotsky. En julio, éste y otros exmencheviques de izquierdas ingresaron en el partido de Lenin.

Cuando llegó el otoño, casi todos los trabajadores apoyaban a los bolcheviques. Con el eslogan “Todo el poder para los soviets”, acabaron con el Gobierno Provisional. En Petrogrado, ya no quedaba casi ninguna mano que se levantara para apoyarlo.

Rusia soviética

Para Trotsky, los años siguientes fueron los que le dieron más fama: primero como Comisario de Relaciones Exteriores y luego como Comisario de la Guerra. Fue, después de Lenin, el segundo espíritu impulsor de la revolución.

Fueron años de optimismo revolucionario: todo parecía posible. Y aunque el Gobierno socialista tuvo que luchar desesperadamente contra las masivas intervenciones extranjeras —contra los ejércitos de 14 potencias— y contra un ejército blanco armado y financiado por otros países, Europa entera parecía estar al borde de una revolución.

En realidad, se establecieron soviets revolucionarios en lugares como Hungría, Baviera, Finlandia y Letonia. El emperador alemán, el austríaco y el sultán turco… todos fueron derrocados. En Italia, toda una serie de huelgas masivas y de violentas manifestaciones paralizaron el Estado capitalista. Parecía que en Alemania también estallaría una revolución roja…

Incluso Lenin, con lo sobrio que era, escribió en 1918: “La historia nos ha dado, a los oprimidos y explotados de Rusia, el honorable papel de ser la vanguardia de una revolución socialista internacional. Y hoy, ya podemos ver cuan lejos puede llegar esta revolución. Hemos empezado en Rusia; pero continuará en Alemania, luego en Francia y en Inglaterra… y al final, veremos que el socialismo habrá vencido.”

Trotsky no tenía ninguna duda de que el “conflicto final” estallaría en ese momento. Cuando en 1919 se fundó la III Internacional, escribió en su primer manifiesto:

“Los oportunistas que antes de la guerra invitaban a los obreros a moderar sus reivindicaciones con el pretexto de pasar lentamente al socialismo… exigen del proletariado un nuevo sacrificio… Si tales prédicas lograsen influir a las masas obreras, el desarrollo del capital proseguiría sacrificando numerosas generaciones con formas nuevas de sujeción, aún más concentradas y más monstruosas, con la perspectiva fatal de una nueva guerra mundial. Para dicha de la humanidad, esto ya no es posible.”

De hecho, el triunfo de la revolución en Alemania pendía de un hilo… Las fuerzas que se enfrentaban estaban muy equilibradas. El éxito hubiera cambiado el curso de la historia europea y mundial. Pero su fracaso significó la victoria definitiva de la reacción, no sólo en Alemania, sino también en Rusia. Porque la guerra civil arruinó su ya atrasada economía y dispersó a la clase trabajadora. Si se derrotó a la contrarrevolución blanca, fue porque la gran mayoría del pueblo ruso, el campesinado, sabía que la revolución le había dado la tierra y que una restauración del zarismo se la arrebataría de nuevo.

Aún así, como la guerra había diezmado a la clase obrera, al final perdieron gran parte de su poder. En 1921, el número de trabajadores había disminuido a 1.240.000; Petrogrado había perdido el 57,5% de su población; la producción industrial había caído a un 13% de su miserable nivel de 1913. El país padecía ruina y hambre; sólo se sostenía por el partido y por la maquinaria de Estado desarrollada durante la guerra civil.

Esta situación no se había previsto. Cuando se firmó la paz de Brest Litovsk con Alemania en 1918, Lenin escribió: “Esto debe servirnos a todos de lección, pues la verdad es que, sin el triunfo de la revolución en Alemania, no sobreviviremos.” Porque, claro está, la clase obrera rusa, una pequeña minoría con una economía de base muy débil, no podía mantener a todo un Estado obrero por mucho tiempo, si no se integraba la economía rusa a la de un país socialista desarrollado.

Lenin lo repitió durante el tercer congreso de la III Internacional, en 1921:

“Para nosotros estaba claro que sin la ayuda de la revolución mundial era imposible el triunfo de nuestra revolución proletaria. Tanto antes como después de la revolución pensábamos: inmediatamente, o al menos en muy poco tiempo, se producirá una revolución en los países atrasados y en los que están más desarrollados desde el punto de vista capitalista, o, en el caso contrario, tendremos que perecer. Aunque teníamos conciencia de ello, hemos hecho todo siempre por conservar a toda costa el sistema soviético, pues sabemos que trabajamos no solamente para nosotros mismos sino también para la revolución internacional.”

Y en 1921, esa revolución internacional había sido derrotada: el régimen comunista de Rusia se enfrentaba ahora a otra grave crisis. Los campesinos, liberados del miedo al terrateniente, empezaron a movilizarse violentamente: motines de campesinos en Tambov, numerosos alzamientos en Kronstadt y huelgas en apoyo a estas revueltas mostraron que el régimen ya no gozaba del apoyo popular. Se estaba convirtiendo en una dictadura para los campesinos y lo que quedaba de la clase trabajadora.

 Era necesario dar un paso atrás. Así, a partir de 1921, con la Nueva Economía Política (NEP), se restableció un mercado interior y se dio libertad al campesinado para producir en beneficio propio y para vender y comprar lo que quisiera. También se permitió la producción privada de bienes de consumo y las grandes industrias, propiedad del Estado, pasaron a funcionar basándose en principios comerciales.

El resultado fue una recuperación lenta pero sustancial, que aún así trajo consigo un gran desempleo —nunca disminuyó de la quinta parte de la clase obrera— y la aparición de una nueva clase de agricultores capitalistas, los kulaks, que pasaron a tener un estatus más elevado que el resto del campesinado.

A mediados de los años veinte, se alcanzaron los niveles de producción económica de 1913 y en algunos casos se sobrepasaron. Pero para entonces, el equilibrio de las fuerzas sociales se había alterado completamente.

La contrarrevolución estalinista

¿Qué clase de sociedad estaba emergiendo? Ya en 1920, Lenin sostenía:

“El camarada Trotsky habla de «Estado obrero». Permítaseme decir que esto es una abstracción. Se comprende que en 1917 hablásemos del Estado obrero: pero ahora se comete un error manifiesto cuando se nos dice: «¿Para qué defender, y frente a quién defender, a la clase obrera, si no hay burguesía y el Estado es obrero?»… En nuestro país, el Estado no es, en realidad, obrero, sino obrero y campesino. Esto en primer término… Pero hay más. En el Programa de nuestro Partido… vemos ya que nuestro Estado es obrero con una deformación burocrática.”

Desde entonces, las deformaciones burocráticas crecieron enormemente y el partido dirigente, aparte de crecer, también se convirtió en una organización cada vez más burocrática. Como no había una clase obrera lo suficientemente fuerte y cohesionada y con la suficiente voluntad como para gobernar, el partido tuvo que sustituir a los trabajadores y el aparato del partido fue reemplazando a sus miembros.

Apareció un nuevo grupo de “apparátchiks” (burócratas del aparato estatal), junto con los kulaks y los “nepmen” (pequeña burguesía capitalista, favorecida por la NEP). Trotsky definió la política, en una de sus frases más sorprendentes, como “la lucha por los excedentes”, lucha que se desarrolló entre estos tres grupos, por encima del resto de la población, de los campesinos y de los obreros.

Entre los distintos rangos del partido también empezó a haber una confrontación de opiniones, sobre todo entre los líderes. Trotsky, muy alarmado por ese giro hacia la derecha, se convirtió en el portavoz de la tendencia iniciada por Lenin durante los últimos meses de su vida, que retomó la lucha para democratizar el partido y para restablecer los soviets como el órgano real de organización para obreros y campesinos. Desarrollar la industria más rápidamente y de un modo más planificado, es decir, pasar a una etapa de socialización acelerada, formaba parte del programa elaborado por la Oposición de Izquierda (así se llamó al grupo de Trotsky). Para los marxistas era imposible que se llevara a cabo la democratización, si la clase obrera no tenía más confianza en sí misma y si no aumentaba en “peso” y en número.

La tendencia más conservadora, encabezada por Bujarin, apostaba por la estabilidad, por la acumulación de capital “a paso de tortuga” y era partidaria de estimular a los campesinos para crear excedentes agrícolas, para que estuvieran satisfechos, y eso incluía a los kulaks.

Luego había también una tercera postura, “de centro”, que representaba a los apparátchiks, la burocracia, que posteriormente se alió con la derecha. Su figura más destacada era J. V. Stalin, un viejo bolchevique y un organizador muy competente, con una voluntad de hierro y una ambición ilimitada.

Fue transformando a la burocracia en una nueva clase, consciente de sus intereses y de su propia ideología: “Socialismo en un solo país”.

La Oposición de Izquierda tenía una estrategia de reforma pacífica; pensaba que la presión de los hechos y de la propia Oposición haría cambiar al partido y al país.

Pero en realidad, la burocratización y degeneración de la revolución se reveló en la facilidad con la que Oposición fue vencida. A pesar de contar en sus filas con la presencia de los militantes más destacados del partido, con el grupo de Zinóviev (que se unió a la oposición en 1926), uno de los colaboradores más íntimos de Lenin en el exilio, con Krupskaya, la viuda de Lenin, y con el grupo democrático-centralista, ultraizquierdista, la Oposición fue rechazada por una mayoría aplastante en todas las reuniones del partido, atestadas de aduladores de Stalin.

En octubre de 1927, Trotsky y Zinóviev fueron expulsados del partido. A partir de entonces, ellos y miles de simpatizantes tuvieron que emprender un largo viaje hacia el exilio. La Oposición había sido aplastada y desde su exilio sus líderes advirtieron del grave peligro representado por la derecha.

Trotsky advirtió que el “Thermidor” ruso —utilizó el término que se refería a un gran retroceso en la revolución francesa en 1794— era inminente. Los representantes de los nepmen y los kulaks podían haber derrocado al partido: en 1928, alentados por la liquidación de la izquierda, maquinaron una “huelga”, reteniendo el grano, e hicieron caer a las ciudades en el hambre más absoluta. Así que el régimen realmente se enfrentaba a un grave peligro, a la derecha, cuya fuerza política no había sido bien calculada ni por el partido, ni por la oposición.

El nuevo Zar

Entonces, la burocracia cambió totalmente su línea política. Después de pasarse años satisfaciendo a los campesinos más ricos, de repente empezaron a forzar la colectivización y a intentar “liquidar a los kulaks como clase”.

Bajo la forma de partido único, uno grupo reducido de burócratas gobernaba Rusia. Pronto se convertirían en los títeres de un sólo hombre: en 1930 Stalin se había convertido en el nuevo Zar, si no en la forma, sí en el fondo.

Aparte del ritmo brutal de colectivización, se estableció un programa de industrialización forzosa y se puso en marcha una planificación frenética que superaba los planes de los miembros más entusiastas de la oposición. Su eslogan era: “Llevar a cabo el plan quinquenal en cuatro años”.

El hombre que se había mofado de los moderados planes de la Oposición y que los había tildado de demasiado utópicos, quería ahora alcanzar y superar a los países capitalistas más avanzados, en unos pocos años.

Cierto es que con el primer plan quinquenal se logró establecer las bases para crear una sociedad industrial, pero fue a costa de someter a obreros y campesinos a una explotación brutal. Los salarios reales disminuyeron drásticamente. Los trabajadores “libres” fueron sometidos a unas normas draconianas, pero además hubo todo un ejército de trabajadores esclavizados, la mayor parte antiguos campesinos, que trabajaban en grandes proyectos de construcción bajo unas condiciones espantosas. Desapareció cualquier vestigio de los derechos democráticos, y así emergió un régimen totalmente autoritario.

Todos estos hechos desintegraron a la oposición. Muchos de sus líderes más conocidos hicieron las paces con Stalin.

Al otro extremo, muchos oposicionistas de base empezaron a estar de acuerdo con el grupo de “centralistas democráticos” en que otra revolución era necesaria. “El partido es un cadáver que se está pudriendo”, escribió Victor Smirnov, líder de este grupo. En su opinión, el Estado obrero ya había sido destruido años antes y se había restaurado el capitalismo.

Sin embargo, Trotsky no estaba de acuerdo con ninguna de las dos posturas. Frente a los que se rendían ante Stalin, Trotsky insistía en la necesidad de la democracia soviética. Frente a la izquierda, insistía en las posibilidades de las reformas pacíficas. Era una valoración irreal y la abandonaría 18 meses después. Los hechos acaecidos en Alemania constituyeron el impulso que lo hizo cambiar.

La Comintern como arma de Stalin

La Internacional había preocupado a la Oposición de Izquierda tanto o más que Rusia. En sus primeros años, la III Internacional estuvo lejos de ser el instrumento de Moscú, pero en cuanto el espíritu revolucionario se alejó de Europa, los partidos empezaron a unirse al único régimen “soviético” que quedaba, y a depender de él.

Los consejos que venían de Moscú se convirtieron en la fuente más importante de sus ideas políticas. La ejecutiva de la Internacional, dominada por Rusia y, por tanto, por los apparátchiks, empezó a intervenir en la vida nacional de los partidos.

El mito de la “patria soviética” comenzó a ser cada vez más importante para los comunistas de Europa y Asia. Y tanto a los espíritus más independientes, como a los marxistas más serios, se les fue borrando poco a poco de los liderazgos de los partidos. Tardaron 10 años en reducir lo que había sido un movimiento mundial al estatus de legión extranjera de Moscú. En 1929, se había completado el proceso.

Mientras el bloque de centroderecha gobernaba Rusia, también la política de la internacional fue virando hacia la derecha. Se promovieron políticas semireformistas que comportaron numerosos fracasos evitables.

La oposición criticó duramente las decisiones de la Comintern e intentó establecer contacto con los militantes disidentes de partidos de otros países. Pero en cuanto Stalin hubo eliminado a sus antiguos aliados de derechas, la Comitern cambió radicalmente su posición hacia la izquierda, hacía un izquierdismo loco, por cierto. Se proclamó el período de la “ofensiva revolucionaria general”, conocido como el “tercer período”.

Se inventó la teoría del “socialfascismo”. Según esta visión, los socialdemócratas y el partido laborista eran socialfascistas, los grupos de izquierda como los de ILP eran los socialfascistas de izquierda.

En Alemania, donde el peligro del fascismo era muy real, la política de Stalin conllevó el rechazo a cualquier tipo de resistencia antifascista unitaria en colaboración con los socialdemócratas y los sindicatos bajo su influencia. Para la Comintern, la socialdemocracia y el fascismo eran lo mismo. De hecho, a cualquiera que no fuera leal a Stalin se le consideraba fascista: “Alemania ya está viviendo bajo ley fascista”, dijo el periódico comunista alemán. “Hitler no puede hacer la situación nada peor de lo que ya es.”

Frente a esta política delirante, Trotsky —que desde 1929 estaba en el exilio en Turquía— escribió algunos de sus textos más brillantes. Si hubiera sido posible cambiar la posición de los líderes estalinistas del Partido Comunista Alemán mediante el uso de la razón, se habría derrotado a Hitler, porque la oportunidad existía. Un frente unido podría haber tenido éxito. Pero con los líderes estalinistas ya no se podía razonar. La única voz que escuchaban era la de Stalin entonando que: “La socialdemocracia y el fascismo no son opuestos: son gemelos.”

El movimiento obrero alemán fue destrozado. El Partido Comunista se rindió sin luchar. Así Hitler llegó al poder y empezó la preparación de la II Guerra Mundial.

Esta derrota causó la ruptura de Trotsky con la Comintern. “Una organización que no despertó ante el tronar del fascismo… demuestra que ha muerto y que nada podrá revivirla”.

Poco después, abandonó su posición reformista sobre Rusia. Se necesitaba una nueva revolución para deshacerse de la dictadura burocrática.

Sin embargo, no cambió su idea acerca de que Rusia era un “Estado obrero degenerado”. En los últimos años se agarró a esta abstracción: un “Estado obrero” donde los trabajadores no sólo no estaban en el poder, sino que se les negaban los más elementales derechos políticos. Esto fue un error que iba a tener una influencia duradera y perniciosa sobre toda la izquierda revolucionaria.

En ese momento Trotsky estaba casi solo. Después de la catástrofe alemana, en Rusia empezó la gran purga. Stalin consolidó su mandato personal a través de asesinatos en masa, matando a capituladores, antiguos derechistas e incluso a la mayoría de sus seguidores iniciales.

Todos fueron denunciados, junto a Trotsky, como agentes de Hitler, contrarrevolucionarios, espías y saboteadores. Se llevó a cabo una grotesca serie de juicios farsa, donde destacados líderes de la revolución de la época de Lenin fueron forzados a confesar su propia culpa y la del monstruo de Trotsky.

Se creó un clima de opinión en el que era imposible para Trotsky influenciar a los trabajadores de izquierdas. “La burocracia estalinista consiguió identificarse con el marxismo… Combativos estibadores franceses, mineros polacos y guerrilleros chinos… todos veían a los gobernantes rusos como a los mejores jueces de los intereses de los soviets y concejales de confianza del comunismo mundial.”

La Comintern giró hacia la derecha otra vez. La política exterior de Stalin exigía una alianza con las “democracias occidentales”. El “frente popular” —la subordinación de los partidos de los trabajadores a los conservadores liberales y progresistas— era la nueva línea.

Esto permitió a Stalin estrangular otra revolución, la española. Trotsky llamó a la derrota española “el último aviso”. Gastó todas las energías de los últimos años de su exilio, en Francia, Noruega y luego en México, intentando crear un núcleo para una nueva Internacional, la Cuarta. La conferencia inaugural tuvo lugar en 1938 bajo las sombras de las múltiples derrotas para la clase obrera. A Trotsky en este momento le quedaban menos que dos años más de vida por delante.

Un legado para el futuro

Conservar viva la tradición del marxismo revolucionario era una hazaña imperecedera para las décadas futuras.

Trotsky estaba muy lejos del ser infalible. De él, Lenin había escrito en su testamento, que estaba “demasiado ensoberbecido” y, por su mala suerte, en sus últimos años, pocos de sus seguidores eran capaces de pensar de manera independiente.

El hecho de que él sobresalía muy por encima de sus seguidores era, al mismo tiempo, su fuerza y su tragedia. A lo mejor no hay otro hombre que hubiera podido resistir el aislamiento y los ataques como él lo hizo.

Su contribución al socialismo revolucionario y al movimiento de la clase trabajadora es insuperable hasta el momento. Él es uno del puñado de personajes verdaderamente grandes que el movimiento ha producido.


El testamento de Trotsky

Mi presión arterial alta (que sigue aumentando) engaña los que me rodean sobre mi estado de salud real. Me siento activo y en condiciones de trabajar, pero evidentemente se acerca el desenlace. Estas líneas se publicarán después de mi muerte.

No necesito refutar una vez más las calumnias estúpidas y viles de Stalin y sus agentes; en mi honor revolucionario no hay una sola mancha. Nunca entré, directa ni indirectamente, en acuerdos ni negociaciones ocultos con los enemigos de la clase obrera. Miles de adversarios de Stalin fueron víctimas de acusaciones igualmente falsas. Las nuevas generaciones revolucionarias rehabilitarán su honor político y tratarán, como se merecen, a los verdugos del Kremlin.

Agradezco calurosamente a los amigos que me siguieron siendo leales en las horas más difíciles de mi vida. No nombro a ninguno en especial porque no puedo nombrarlos a todos. Sin embargo, creo que se justifica hacer una excepción con mi compañera, Natalia Ivanovna Sedova. El destino me otorgó, además de la felicidad de ser un luchador de la causa del socialismo, la felicidad de ser su esposo. Durante los casi cuarenta años que vivimos juntos ella fue siempre una fuente inextinguible de amor, bondad y ternura. Soportó grandes sufrimientos, especialmente en la última etapa de nuestras vidas. Pero en algo me reconforta el hecho de que también conoció días felices.

Fui revolucionario durante mis cuarenta y tres años de vida consciente y durante cuarenta y dos luché bajo las banderas del marxismo. Si tuviera que comenzar todo de nuevo trataría, por supuesto, de evitar tal o cual error, pero en lo fundamental mi vida sería la misma. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud.

Natasha se acerca a la ventana y la abre desde el patio para que entre más aire en mi habitación. Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba el cielo claro y azul y el sol que brilla por todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente.

27 de febrero de 1940, Coyoacán.


 

Nota sobre Duncan Hallas

Duncan Hallas nació en Gran Bretaña en 1925. Se convirtió en socialista revolucionario durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la misma fue uno de los líderes del movimiento de base surgido en las tropas británicas destacadas en Egipto.

Luego de la guerra regresó a su nativa Manchester a trabajar como obrero fabril. Ayudó a formar el grupo Socialist Review. Tuvo un destacado activismo en el sindicato nacional de maestros y luego en el liderazgo del Socialist Workers Party (SWP), organización hermana de Marx21 en Gran Bretaña. Fue redactor de la revista International Socialist Journal, autor de dos libros (El Comintern y El Marxismo de Trotsky), y de numerosos folletos y artículos.

También fue un brillante orador, jugando un papel muy importante entre los años 70s y 80s en la extensión a muchos países de la corriente socialismo internacional (IST), de la que Marx21 forma parte. Falleció el 19 de septiembre de 2002.

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