6. Consideraciones sobre la sociedad, la economía y la política estalinistas

 

La burocracia estalinista es una clase

Un examen de las definiciones de clase social dadas por diferentes teóricos marxistas mostrará que, según todos ellos, la burocracia estalinista debe considerarse una clase social. Según Lenin, por ejemplo:

“Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que en su mayor parte [no siempre] las leyes refrendan y formalizan), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo de percibir y la proporción en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de otro por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social.”1

Bujarin ofrece una definición muy similar:

“Una clase social es aquel agregado de personas que desempeñan el mismo papel en la producción y comparten las mismas relaciones con otras personas en el proceso de producción, expresándose estas relaciones también en las cosas (los instrumentos del trabajo.)”2

Por si aún quedara alguna duda sobre el carácter de clase de la burocracia estalinista, basta repasar el análisis que realiza Engels de la clase mercantil, que ni siquiera participaba directamente en el proceso productivo. Engels escribió:

“La civilización…añade una tercera división del trabajo… creando una clase que no se ocupa de la producción, sino únicamente del cambio de los productos; los mercaderes. Hasta aquí, sólo la producción había determinado los procesos de formación de clases nuevas; las personas que tomaban parte en ella se dividían en directores y ejecutores o en productores a gran y pequeña escala. Ahora aparece por primera vez una clase que, sin tomar la menor parte en la producción, conquista su dirección general y avasalla económicamente a los productores; una clase que se convierte en intermediario indispensable entre dos productores y los explota a ambos. So pretexto de desembarazar a los productores de las fatigas y los riesgos del cambio, de ampliar el mercado para sus productos hacia zonas alejadas y llegar a ser así la clase más útil de la sociedad, se forma una clase de parásitos, una clase de auténticos icneumones sociales que, como compensación por servicios en realidad muy mezquinos, se lleva lo mejor de la producción de dentro y fuera del país, amasa rápidamente riquezas enormes y adquiere una influencia social proporcionada a éstas y, por ello, durante el período de la civilización, va ocupando una posición más y más honorífica y logra un dominio cada vez mayor sobre la producción, hasta que acaba por dar a luz un producto propio: las crisis comerciales periódicas.”3

A la luz de esta definición queda claro por qué Marx definió a los curas, los abogados, etc. como “clases ideológicas” con monopolio de clase sobre lo que Bujarin define, apropiadamente, como “los medios de producción intelectual”.

Sería erróneo definir como casta a la burocracia estalinista, por las siguientes razones: una clase es un grupo de personas con un lugar definido en el proceso de producción; una casta, por otro lado, no pasa de ser un grupo jurídico-político; los integrantes de una casta pueden pertenecer a clases distintas, o una clase puede incluir a miembros de castas distintas; una casta es el resultado de la relativa inmovilidad de la economía —rígida división del trabajo e inmovilidad de las fuerzas productivas—, mientras que la burocracia estalinista se transformó en clase dominante en una economía de carácter dinámico.

La burocracia estalinista: personificación extrema y pura del capital

Marx escribió:

“El capitalista no tiene ningún valor histórico, ningún derecho histórico a la vida, ninguna razón de ser social, mientras no funciona como capital personificado… El fin determinante de su actividad no es, pues, ni el valor de uso ni el goce, sino el valor de cambio y su continuo acrecentamiento. Agente fanático de la acumulación, obliga sin cesar a los hombres a producir para producir… Su voluntad y su conciencia no expresan más que las necesidades del capital que representa. En su consumo personal sólo ve una especie de robo, o de préstamo al menos, hecho a la acumulación… Ahorrar, ahorrar constantemente, esto es volver a transformar sin descanso en capital la mayor parte posible de la plusvalía o del producto neto: acumular para acumular: producir para producir…”4

Las dos funciones, la extracción de plusvalía y su transformación en capital, fundamentales en el capitalismo, se van separando a medida que se separan el control y la administración. Mientras corresponde a la administración extraer la plusvalía de los trabajadores, el control dirige su transformación en capital. La economía capitalista sólo considera necesarias estas dos funciones; los accionistas aparecen cada vez más como consumidores de cierta parte de la plusvalía. El consumo de una parte del plusproducto por los explotadores no es específico del capitalismo, sino que se da en todos los sistemas de clase. Lo que es específico del capitalismo es la acumulación por la acumulación, con el fin de adelantarse a la competencia.

En las corporaciones capitalistas la mayor parte de la acumulación es institucional; la corporación se autofinancia, mientras la mayor parte de los dividendos repartidos entre los accionistas se utilizan para el consumo. En un capitalismo de Estado que evolucionara gradualmente desde el capitalismo monopolista, los accionistas aparecerían principalmente como consumidores y el Estado como acumulador.

Cuanto más aumenta la proporción de la plusvalía destinada a la acumulación en relación con la parte consumida, tanto más se revela el capitalismo en su forma más pura. Cuanto más aumenta el peso relativo del factor de control frente al factor de posesión de acciones, en otras palabras, cuanto más se subordinan los dividendos a la acumulación interna por la corporación o el estado-propietario, tanto más se revela en su forma más pura el capitalismo.

(Todo el mundo sabe que quienes controlan el capital, aquéllos que son personificación extrema del capital, no se niegan los placeres de este mundo, pero la significación de sus gastos personales es mucho más pequeña cuantitativamente y cualitativamente diferente a la de la acumulación y no tiene ninguna importancia histórica.)

Se puede decir, pues, que la burocracia rusa, “propietaria” del Estado y directora del proceso de acumulación, es la personificación del capital en su forma más pura.

Sin embargo, Rusia se distingue de la norma, del concepto del capitalismo de Estado que se desarrolla gradualmente, a partir del capitalismo monopolista; pero esta divergencia con respecto al concepto de capitalismo de Estado que evoluciona gradual, orgánicamente a partir del capitalismo monopolista, no quita importancia a la cuestión del capitalismo de Estado. Al contrario, es extraordinariamente significativo el hecho de que la economía rusa se acerque a este concepto mucho más que cualquier capitalismo de Estado desarrollado gradualmente a partir de una base capitalista. El hecho de que la burocracia cumpla el papel de la clase capitalista y, de este modo, se transforme en clase, la convierte en la personificación más pura de esta clase. Es distinta de la clase capitalista, y sin embargo lo más parecido a su esencia histórica. La burocracia rusa es a la vez, la negación parcial de la clase capitalista tradicional y la personificación más auténtica de la misión histórica de esta clase.

Decir que en Rusia gobierna una clase burocrática y detenerse ahí, es evitar el punto fundamental: las relaciones capitalistas de producción que prevalecen en Rusia. Es correcto afirmar que Rusia es un capitalismo de Estado, pero esto no basta; es también necesario señalar las diferencias en las relaciones jurídicas entre la clase dominante rusa y la de un capitalismo de Estado desarrollado gradualmente a partir de un capitalismo monopolista. Por tanto, sería más exacto caracterizar a la sociedad rusa de Capitalismo Burocrático de Estado.

La forma de apropiación de la burocracia es distinta a la de la burguesía

En Rusia el Estado aparece como empresario y los burócratas solamente como administradores. Las funciones de la propiedad y la administración están completamente separadas, pero esta separación, sin embargo, es meramente formal. En esencia, la propiedad está en manos de los burócratas en su conjunto; la propiedad se ha conferido al Estado de la burocracia. Pero el hecho de que el administrador individual parezca que no posee los medios de producción y de que la apropiación de su parte de los ingresos nacionales se produzca en forma de salario, puede inducir a engaño, a creer que sólo recibe el pago por su fuerza de trabajo de la misma forma que el trabajador. Es más; puesto que el trabajo de gerencia resulta necesario para todo proceso de producción social, y no tiene nada que ver con las relaciones de explotación, la diferencia entre la función del trabajador y la del gerente está difuminada, pues ambas se incluyen en el proceso social de producción. Las relaciones de clase antagónicas aparentan armonía, pues tanto el trabajo del explotado como el trabajo del que organiza la explotación parecen ser trabajo. El Estado, en tanto propiedad personificada, parece colocarse por encima del pueblo, mientras que los burócratas que dirigen el proceso de producción y, por tanto, son personificación del capital en términos históricos, aparecen como trabajadores y, en ese sentido, como productores de valor por su propio trabajo.

Está claro, sin embargo, que los ingresos de la burocracia están en relación directa con el trabajo de los trabajadores y no con su propio trabajo. El nivel de sus ingresos es, por sí mismo, suficiente para revelar las diferencias cualitativas entre los ingresos de la burocracia y los sueldos de los trabajadores. Si no existiera diferencia cualitativa entre ellos, deberíamos aceptar, por ejemplo, que Lord McGowan, que percibe el salario más elevado entre los ejecutivos de Gran Bretaña, no hace otra cosa que vender su fuerza de trabajo. Además, el Estado, empresario del pueblo y que parece mantenerse por encima de él, es, en realidad, la organización de la burocracia como colectivo.

¿Cómo se determina la distribución de la plusvalía entre el Estado y los burócratas como individuos?

Mientras que la distribución cuantitativa del valor total producido entre salarios y plusvalía depende de dos elementos cualitativamente distintos —la fuerza de trabajo y el capital— la distribución de la plusvalía entre la burocracia en tanto colectivo (el Estado) y los burócratas individuales no puede fundamentarse en diferencias cualitativas entre ellos. No se puede hablar, por tanto, de leyes generales, exactas, que regulen la división de la plusvalía entre el Estado y la burocracia, ni la distribución de lo que le corresponde a la burocracia en su totalidad entre los distintos burócratas. Tampoco cabe hablar de leyes exactas que regulen la distribución de las ganancias entre la empresa y el interés, o entre propietarios de diferentes tipos de acciones en los países capitalistas (Véase Capital, Tomo III, Cap. XXIII).

Sin embargo, sería erróneo suponer que la distribución es completamente arbitraria. Las tendencias sí pueden generalizarse. Dependen de la presión del capitalismo mundial que exige una aceleración de la acumulación, del nivel material ya alcanzado por la producción, de la tendencia al descenso en la tasa de ganancia, lo que a su vez reduce las fuentes de acumulación, etc. Teniendo en cuenta estas circunstancias, podemos ver por qué la parte acumulada de la plusvalía va en constante aumento. Por su parte, la burocracia que administra el proceso de la acumulación en ningún sentido descarta la satisfacción de sus propios deseos personales, y la parte de la plusvalía consumida por ella aumenta en términos absolutos. Ambos procesos sólo son posibles si se produce un aumento constante de la tasa de explotación de las masas, y si se encuentran constantemente nuevas fuentes de capital. (He ahí la explicación del proceso de acumulación primitiva que lleva al pillaje contra el campesinado ruso y al saqueo de los países de Europa Oriental).

Las relaciones de producción y la ley

La inmensa mayoría de los medios de producción en Rusia está en manos del Estado. Las acciones y otras formas de derecho legal cubren una parte tan mínima de los medios de producción que tienen sólo una importancia menor.

¿Por qué? ¿No hay ninguna tendencia a introducir este tipo de reivindicación particular a gran escala? ¿Por qué existe diferencia entre la ley de la propiedad que rige en Rusia y la del resto del mundo capitalista? Para responder a estas cuestiones debemos analizar primero el vínculo entre las relaciones de producción y la ley de la propiedad.

La ley está basada en la economía. Las relaciones de propiedad son las expresiones jurídicas de las relaciones de producción. Sin embargo, no existe un paralelismo exacto y absoluto entre las relaciones de producción y el desarrollo de la ley; de la misma manera que no hay un paralelismo exacto y absoluto entre la base económica y los demás elementos de la superestructura; la ley no expresa las relaciones de producción de forma directa sino indirecta. Si fuera reflejo directo de las relaciones de producción, cada cambio gradual en las relaciones de producción iría acompañado por un cambio inmediato y paralelo en la ley, y habría dejado de ser ley. La función de la ley, se podría decir, es lograr un equilibrio entre los intereses antagónicos de las clases, y llenar los huecos que tienden a aparecer en el sistema socioeconómico. Para conseguirlo debe estar por encima de la economía, aunque se basa en ella.

Desde el punto de vista de su contenido, la ley es reflejo indirecto de la base material sobre la que se erige, pero en lo que se refiere a su forma, no pasa de ser la asimilación y cumplimiento de la ley heredada del pasado. Siempre hay un lapso de tiempo entre los cambios en las relaciones de producción y los cambios en la ley. Cuanto más profundos y rápidos son los cambios en las relaciones de producción, tanto más difícil es para la ley mantener el paso y preservar formalmente la continuidad con su desarrollo pasado. Existen numerosos ejemplos históricos del surgimiento de una nueva clase que se muestra reacia a hacer público su acceso al poder y, por tanto, intenta adaptar su existencia y sus derechos al marco heredado del pasado, incluso aunque este marco esté en absoluta contradicción con ella. Así, por ejemplo, durante un largo tiempo la burguesía ascendente se empeñó en demostrar que el beneficio y el interés no eran otra cosa que un tipo de renta, pues en aquel tiempo, las rentas de los terratenientes estaban justificadas a los ojos de las clases dirigentes. La clase capitalista inglesa intentó basar sus derechos políticos en la Carta Magna, la carta de derechos de la clase feudal, que está en contradicción fundamental con el derecho burgués, tanto desde el punto de vista del contenido como de la forma. El intento de una clase dirigente de ocultar sus privilegios bajo el manto de una ley heredada del pasado se hace mucho más urgente en el caso de una contrarrevolución que no se atreve a declarar su existencia.

El socialismo revolucionario nunca oculta sus objetivos, y la ley que dicta al asumir el poder es por lo tanto revolucionaria en el contenido y la forma. Si los ejércitos intervencionistas hubieran triunfado después de la revolución de Octubre, su dominio sangriento habría ido acompañado por la restauración de la mayoría de las antiguas leyes abolidas por la revolución. Pero, puesto que la burocracia rusa se fue transformando gradualmente en clase dominante, los cambios en las relaciones de producción no se expresaron inmediatamente en una transformación completa de la ley. Por varias razones, siendo la principal la necesidad de la política exterior estalinista de mantener una propaganda pseudo-revolucionaria entre los trabajadores de todo el mundo, la burocracia rusa no declaró abiertamente que se había llevado a cabo una contrarrevolución.

Sin embargo, esto de por sí no basta para explicar por qué la burocracia no restauró la propiedad privada en forma de participaciones o acciones que abarcaran toda la economía, de manera que cada miembro de la burocracia hubiera podido legar a su hijo una posición económica segura. Deben tenerse en cuenta otros factores. Los deseos de una clase, casta o capa social están moldeados por sus condiciones materiales de vida. No sólo cada clase tiene su lugar especial en el proceso de producción, sino que además, cada clase propietaria tiene su propio baluarte en la riqueza social. Si el simple deseo de asegurarse los máximos beneficios, tanto materiales como culturales, en abstracto hubiera sido la fuerza motriz de la humanidad, entonces no sólo la clase trabajadora habría deseado el socialismo, sino también la pequeña burguesía y la burguesía media e incluso la alta burguesía; más aún si tenemos en cuenta que esta generación vive a la sombra de la guerra atómica. Pero no es lo que ocurre. Cuando los seres humanos hacen historia, la hacen en el marco de la realidad externa y objetiva en la que se encuentran y que moldea sus deseos. El señor feudal se esfuerza por aumentar su dominio y el de su hijo; el mercader trata de asegurar el futuro de sus hijos legándoles gran cantidad de dinero; el médico, el abogado y los demás miembros de las profesiones liberales intentan legar sus privilegios a sus hijos entregándoles “medios de producción intelectual”, es decir, educación. Sin embargo, no existe ninguna muralla china entre las distintas clases y capas sociales, y cada una buscará la manera de legar algo más que sus privilegios específicos: los profesionales intentarán legar medios de producción tanto materiales, como intelectuales, los mercaderes intentarán proporcionar educación superior a sus hijos, etc.

La burocracia de Estado, como señalaba Marx en su Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel, posee el Estado como propiedad privada. En un Estado depositario de los medios de producción, la burocracia del Estado —la clase dirigente— tiene a su disposición modos de transmitir sus privilegios a sus hijos, que difieren de los terratenientes feudales, la burguesía o los profesionales. Si la forma en que se selecciona a los dirigentes de empresas, jefes de departamento, es por cooptación, el burócrata verá mucho más valor en legarles a sus hijos sus “influencias” que una herencia de un millón de rublos (aunque estos también tienen su importancia). Obviamente, al mismo tiempo, buscará la manera de limitar el número de competidores por los puestos burocráticos, restringiendo las posibilidades de las masas de acceder a la educación superior, etc.

La síntesis de los extremos del desarrollo

Rusia representa la síntesis de una forma de propiedad surgida de una revolución proletaria y las relaciones de producción que resultan de una combinación entre fuerzas de producción atrasadas y presión del capitalismo mundial. El contenido de esta síntesis muestra una continuidad histórica con el período prerrevolucionario; su forma revela su vínculo histórico con el período revolucionario. Con la derrota de la revolución, la forma no vuelve al punto de partida; pese a su subordinación al contenido, sigue teniendo gran importancia.

La historia, a menudo, da saltos hacia adelante o hacia atrás. Cuando salta hacia atrás, no regresa a la posición anterior directamente, sino que se mueve en espiral, combinando elementos del sistema social de origen y del de llegada. Por ejemplo, porque en un capitalismo de Estado, que sea continuación orgánica del desarrollo del capitalismo, persista la propiedad privada en forma de acciones y valores, no se puede concluir que pasaría lo mismo en un capitalismo de Estado surgido gradualmente de entre las ruinas de una revolución proletaria. La continuidad histórica en el caso de un capitalismo de Estado surgido del capitalismo monopolista se manifiesta en la supervivencia de la propiedad privada (las acciones). En el caso del capitalismo de Estado, surgido de un Estado obrero que degeneró hasta extinguirse, la continuidad histórica se expresa en la inexistencia de la propiedad privada.

Este desarrollo en espiral, produce una síntesis entre dos extremos del desarrollo capitalista en Rusia; una síntesis entre la etapa más avanzada que puede alcanzar el capitalismo y que, probablemente, no alcanzará jamás ningún otro país y un atraso tan profundo que aún requiere la preparación de los prerrequisitos materiales para el socialismo. La derrota de la revolución de octubre sirvió de punta de lanza a un capitalismo ruso que al mismo tiempo seguía bastante rezagado en relación con el capitalismo mundial.

Esta síntesis se revela por un lado en una concentración extrema del capital, en una composición orgánica del capital enormemente elevada; por otro lado, aun teniendo en cuenta el nivel técnico, en la baja productividad del trabajo y el bajo nivel cultural. Esto explica, además, el rápido desarrollo de las fuerzas productivas en Rusia, un proceso mucho más veloz que el que experimentó el capitalismo en sus inicios y diametralmente opuesto a las experiencias de un capitalismo estancado y en declive.

El capitalismo en sus inicios utilizó una brutalidad inhumana con los trabajadores, como demuestra la lucha contra los “vagabundos”, las leyes sobre la indigencia, o el hecho de que los niños y mujeres se vieran obligados a trabajar de quince a dieciocho horas diarias. El capitalismo en declive vuelve a repetir semejantes barbaridades, con la diferencia de que, como muestra el fascismo, puede cometerlas con mayor eficacia. La coacción, junto con el automatismo de las leyes económicas, caracteriza ambos períodos. La síntesis del capitalismo de Estado con las tareas propias de la primera etapa del capitalismo, provoca en la burocracia rusa un apetito ilimitado de plusvalía y una capacidad de brutalidad inhumana, al mismo tiempo que le permite la máxima eficiencia en la opresión de los trabajadores.

Cuando Engels dijo que “el hombre surgió de las bestias y, como consecuencia, tuvo que emplear medios bárbaros, casi animales para escapar de la barbarie” no estaba describiendo la revolución socialista, momento en que la historia se hace “consciente de sí misma”. Describía, eso sí, la prehistoria del hombre. Pedro el Grande figurará en la historia de los que lucharon en contra de la barbarie, recurriendo a los métodos más bárbaros. Herzen escribió que “trajo la civilización y persiguió la iluminación, látigo en mano”. Stalin pasará a la historia como opresor de la clase trabajadora, como el poder que habría sido capaz de desarrollar las fuerzas productivas y la cultura de la humanidad sin látigo, pues el mundo había alcanzado la madurez suficiente, pero que consiguió el desarrollo “látigo en mano”, poniendo al mismo tiempo a toda la humanidad bajo la amenaza de la destrucción por las guerras imperialistas.

La revolución proletaria barrió todos los obstáculos para el desarrollo de las fuerzas productivas y eliminó muchas de las antiguas crueldades. Pero por su aislamiento y por tener lugar en un país atrasado, la revolución fue derrotada, dejando el campo libre a una lucha contra la barbarie con métodos bárbaros.

Economía y política

El Estado son “cuerpos especiales de hombres armados, cárceles, etc.”, un arma en manos de una clase para oprimir a otra u otras clases. En Rusia el Estado es un arma en manos de la burocracia para oprimir a la masa de los trabajadores. Pero esta descripción no agota todas las funciones del Estado estalinista. Responde también a las necesidades directas de la división social del trabajo, de la organización de la producción social. Una tarea similar cumplían, mutatis mutandis, los Estados de la China antigua, Egipto y Babilonia. En esos casos, puesto que las obras de irrigación, que tan necesarias eran, sólo podían organizarse si se realizaban a gran escala, el Estado se desarrolló no sólo como resultado de la aparición de divisiones de clase y, por tanto, indirectamente, de la división social del trabajo, sino también directamente, como parte del proceso de producción. La interdependencia y la influencia mutua de las divisiones de clase y el surgimiento y fortalecimiento del Estado son tan estrechas que resulta imposible separar la economía de la política. De forma similar, en Rusia, el Estado estalinista no surgió simplemente como resultado del creciente abismo que se abría entre las masas y la burocracia y, por tanto, de la necesidad de “cuerpos especiales de hombres armados”, sino también como respuesta directa a las necesidades de las propias fuerzas productivas, como un elemento necesario del modo de producción.

Uno de los reyes caldeos dijo:

“En beneficio de los hombres he dominado los secretos de los ríos… He dirigido sus aguas hacia el desierto; con ellas he llenado las fosas secas… he regado los yermos; les he llevado fertilidad y abundancia. Los he convertido en moradas de placer.”

Plejánov, que alude a esta cita, observa: “Aunque jactanciosa, ésta es una descripción bastante apropiada del papel del Estado oriental en la organización del proceso social de producción”.5

Stalin también pudo jactarse de haber construido las industrias y de hacer avanzar las fuerzas productivas del país. La diferencia, por supuesto, estriba en que la tiranía de los reyes caldeos fue históricamente necesaria y progresista en su momento, mientras la de Stalin era históricamente superflua y reaccionaria.

Como en las sociedades de la antigüedad, en la Rusia de hoy, la doble función del Estado como guardián de la clase dirigente y organizador de la producción social, lleva a la fusión completa de la economía y la política. Esta fusión es característica del capitalismo en su etapa más avanzada, así como del Estado obrero. Pero mientras en un Estado obrero significa que los trabajadores, al ejercer el poder político, se acercan cada vez más a una situación en que “el gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción”6, bajo el capitalismo en su etapa más avanzada significa que la coerción política se añade al automatismo de la economía y, de hecho, se concede a esa coerción el papel principal. “El…rasgo específico del orden capitalista es que todos los elementos de la sociedad futura, revisten en él una forma que no la acerca más al socialismo sino que la aleja cada vez más de él”.

Así por ejemplo:

“en cuanto al ejército, el desarrollo trae el servicio militar general obligatorio… es un paso hacia las milicias populares. Pero se realiza en la forma del militarismo moderno que significa el dominio del Estado militar sobre el pueblo y lleva al extremo el carácter de clase del Estado.”7

Esta fusión prueba que nuestro período está tan maduro para el socialismo que el capitalismo se ve obligado a absorber cada vez más elementos del socialismo. Como dijo Engels, es la invasión del capitalismo por la sociedad socialista. Sin embargo, esta absorción no aligera el peso de la opresión y la explotación; por el contrario, las hace incluso más intensas. (En un Estado obrero los trabajadores son libres económicamente porque son libres políticamente. Un Estado obrero es también una fusión de economía y política, pero con resultados diametralmente opuestos.)

Dondequiera que se dé tal fusión sería erróneo, teóricamente, distinguir entre revolución política y económica o contrarrevolución política y económica. La burguesía puede existir como burguesía poseedora de propiedad privada, bajo distintas formas de gobierno: una monarquía feudal, una monarquía constitucional, una república burguesa, un régimen bonapartista como el de Napoleón I o III, una dictadura fascista e incluso, durante un tiempo, bajo un Estado obrero (los kulaks y los sectores favorecidos por la NEP existieron hasta 1928). En todos estos casos hay una relación directa de posesión de los medios de producción por la burguesía; en todos estos casos el Estado es independiente del control directo de la burguesía y, sin embargo, en ningún caso deja la burguesía de ser la clase dominante. Donde el Estado es depositario de los medios de producción hay una fusión absoluta entre economía y política; la expropiación política significa también expropiación económica. Si al rey caldeo antes citado se le expropiara políticamente, habría que expropiarle económicamente al mismo tiempo. Lo mismo es aplicable, mutatis mutandis, a la burocracia estalinista y al Estado obrero. Los trabajadores como individuos no son propietarios de los medios de producción, ni siquiera en un Estado obrero; su estatus de propietario colectivo se expresa a través de su posesión de un Estado depositario de los medios de producción. Por eso, si se les expropia políticamente serán al mismo tiempo económicamente expropiados.

¿Puede haber una transición gradual de un Estado obrero a un Estado capitalista?

La clase trabajadora no puede adueñarse de la maquinaria del Estado burgués, sino que debe destruirla. ¿Significa esto que la transición gradual del Estado obrero de Lenin y Trotski (1917-1923) al Estado capitalista de Stalin, contradice la base de la teoría marxista del Estado? He aquí una de las claves para la defensa de la teoría de que la Rusia de hoy sigue siendo un Estado obrero. Quienes defienden esta idea citan a Trotski en 1933 (aunque evitan citar su afirmación de unos años más tarde en sentido contrario). En La naturaleza de clase del Estado soviético Trotski escribe:

“La tesis marxista referente al carácter catastrófico de la transferencia del poder de las manos de una clase a las de otra no se aplica solamente a las épocas revolucionarias, en las que la historia avanza barriendo locamente con todo, sino también a las épocas contrarrevolucionarias, en las que la sociedad retrocede. El que afirma que el gobierno soviético ha ido cambiando gradualmente de proletario en burgués no hace más, por así decirlo, que proyectar de atrás hacia adelante la película del reformismo. (León Trotski, Escritos, Bogotá, 1977, Tomo V, Vol. 1, 1933-34, pp.156-157.)”

La cuestión en disputa es la validez o falta de validez de la última frase.

La restauración capitalista puede producirse de varias formas; la restauración política puede preceder a la económica: éste habría sido el caso si los Guardias Blancos y los ejércitos intervencionistas hubieran logrado derrocar a los bolcheviques. O la restauración económica, aunque incompleta, puede preceder a la restauración política: éste habría sido el caso si los kulaks y los sectores favorecidos por la NEP, que fortalecieron sus privilegios económicos hasta 1928, hubieran logrado derrocar el régimen. En ninguno de los dos casos la transición de Estado obrero a Estado capitalista habría sido gradual; quien lo sostiene, efectivamente, “está poniendo al revés la película del reformismo”. Pero cuando la burocracia de un Estado obrero se transforma en clase dominante, la restauración política y económica estarán indisolublemente unidas. El Estado se aleja cada vez más de los trabajadores y las relaciones entre éste y la clase trabajadora se van pareciendo, cada vez más, a las que existen entre el empresario capitalista y sus trabajadores. En este caso, la camarilla burocrática que, en primera instancia, aparece como una distorsión, se va transformando progresivamente en clase que desempeña las funciones de la burguesía en las relaciones capitalistas de producción. La separación gradual entre la burocracia y las masas, que continuó hasta 1928, alcanzó el carácter de cambio cualitativo revolucionario con el Primer Plan Quinquenal.

Pero la pregunta sigue en pie. ¿No contradice esto la teoría marxista del Estado?

Desde el punto de vista de la lógica formal, es innegable que, si el proletariado no puede transformar lentamente el Estado burgués en Estado obrero, sino que, por el contrario, se verá obligado a destruirlo, la burocracia, al convertirse en clase dominante, tampoco está en condiciones de transformar gradualmente el Estado obrero en Estado burgués, sino que tendrá también que destruir la máquina del Estado. Desde el punto de vista dialéctico, sin embargo, debemos plantear el problema de forma diferente. ¿Cuáles son las razones por las que la clase trabajadora no puede transformar el aparato de Estado burgués? y ¿continúan siendo estas razones un obstáculo insalvable para el cambio gradual del carácter de clase de un Estado obrero?

Marx y Engels sostenían que sólo Inglaterra podía evitar la destrucción del Estado como primer paso en la revolución proletaria. No pasaba lo mismo en la Europa continental. Según ellos, en Inglaterra “la revolución social podría realizarse totalmente por medios pacíficos y legales”. Lenin hizo el siguiente comentario sobre este particular: “Esto era lógico en 1871, cuando Inglaterra era todavía un modelo de país netamente capitalista, pero sin militarismo y, en una medida considerable, sin burocracia”.8

Son, entonces, la burocracia y el ejército permanente el obstáculo para el acceso pacífico de la clase trabajadora al poder. Pero el Estado obrero carece de burocracia y de ejército permanente; así, se puede conseguir la transición pacífica del Estado obrero, donde no existen semejantes instituciones, a un régimen capitalista de Estado, donde sí existen.

Veamos ahora si lo que impide una revolución social gradual, excluye una contrarrevolución gradual.

Si los soldados de un ejército jerárquico luchan por conquistar el control decisivo sobre éste, inmediatamente se encuentran con la resistencia de los oficiales. No se puede suprimir esta casta más que por la violencia revolucionaria. Frente a esto, si los oficiales de una milicia popular están cada vez menos subordinados a la voluntad de los soldados, cosa factible si no existe una burocracia institucional, su transformación en casta de oficiales independiente de los soldados podrá conseguirse gradualmente. La transición de ejército permanente a milicia popular se verá inevitablemente acompañada por un tremendo estallido de violencia revolucionaria; por otra parte, la transición de milicia a ejército permanente, en la medida en que es resultado de tendencias internas en la propia milicia, puede y debe ser gradual. La oposición de los soldados a la emergente burocracia puede llevar a ésta a emplear la violencia en contra de aquéllos. Pero esto no es esencial. Lo que es cierto para el ejército lo es también para el Estado. Un Estado sin burocracia o con una burocracia débil subordinada a la presión de las masas puede transformarse lentamente en un Estado cuya burocracia está libre del control de las masas.

Los juicios de Moscú constituyeron la guerra civil de la burocracia contra las masas, guerra en que sólo uno de los bandos se hallaba armado y organizado. Fueron el testimonio de la consumación de la definitiva liberación de la burocracia respecto al control popular. Trotski, para quien los juicios de Moscú y la “Constitución” eran pasos hacia la restauración del capitalismo privado por medios legales, se retractó entonces del argumento según el cual creer en la posibilidad de un cambio gradual de Estado obrero a Estado burgués significaba “estar poniendo la película de la reforma al revés”. Escribió:

“En realidad, la nueva constitución… abre para la burocracia caminos “legales” hacia la contrarrevolución económica, es decir, hacia la restauración del capitalismo por medio de un ‘golpe frío’.”9

Estalinismo: ¿barbarie?

La palabra “barbarie” significa varias cosas distintas. Hablamos de la explotación bárbara de los trabajadores, la bárbara opresión sobre los pueblos coloniales, el bárbaro asesinato de judíos por los nazis, etc. Aquí la palabra “bárbaro” no se refiere a determinada etapa en la historia de la humanidad, a un determinado contenido de relaciones sociales, sino a ciertos aspectos de la actividad de una clase que puede ser incluso una clase ascendente, progresista. Por ejemplo, hablamos del bárbaro desalojo del campesinado británico en la época del ascenso del capitalismo, o del saqueo bárbaro de la población de Sudamérica, etc. “Barbarie”, sin embargo, puede hacer referencia a algo que, pese a su vínculo con el primer significado, tiene un sentido totalmente diferente. Puede referirse, por ejemplo, a la destrucción total de la civilización como resultado del hundimiento de la sociedad en una época ahistórica. Aquí la “barbarie” se ve como una etapa completa de la historia de la humanidad. Un acontecimiento específico puede ser, de hecho, bárbaro en ambos sentidos. La actividad de las clases dominantes en una tercera guerra mundial, por ejemplo, podría ser bárbara en el primer sentido, y también en el segundo como la causa del ocaso total de la sociedad. En esencia, sin embargo, ambos significados son distintos y debemos diferenciarlos. El término barbarie usado en relación con nuestra época, en el primer sentido, se refiere al precio que está pagando la humanidad por la tardanza de la revolución socialista. En el segundo sentido, significa la pérdida de toda esperanza en una sociedad en declive y al borde de la destrucción. De acuerdo con esto, no podemos definir en el segundo sentido al nazismo como barbarie, como “feudalismo renovado” o “ Estado de las termitas”, como período ahistórico, etc., pues el sistema nazi se fundamentó en el trabajo de los trabajadores que históricamente son sus sepultureros y la salvación de la humanidad. Estaría incluso menos justificado definir el régimen estalinista como bárbaro en el segundo sentido, ya que, dado el atraso de Rusia y el temor a su aniquilación por la competencia internacional, este sistema aumenta rápidamente el número de trabajadores.

No se trata de excesiva sutileza filosófica, sino de una cuestión de primera importancia. Usar el término barbarie en el segundo sentido sería tan erróneo como usar la palabra “esclavo” para definir al trabajador ruso, si “esclavo” se concibe en un sentido distinto a trabajador. Sería correcto emplear el término esclavitud, o barbarie en el primer sentido, para referirse a un aspecto de la situación, tanto del trabajador ruso bajo Stalin, como del trabajador alemán bajo Hitler: su falta de libertad jurídica, la negación parcial de sí mismo como trabajador. Pero empleado como definición básica de un régimen sería incorrecto. Por tanto debemos oponernos fuertemente al uso del término barbarie en el segundo sentido para definir al régimen estalinista. De hecho, debemos oponernos a su utilización para definir el momento que la sociedad ha alcanzado hoy, aceptando su uso sólo en el primer sentido, es decir, cuando se emplea para describir ciertos aspectos del capitalismo en declive en su conjunto, ya sea el americano, el ruso, el británico o el japonés. ¿La Rusia estalinista es ejemplo de la barbarie capitalista? No cabe la más mínima duda. ¿Ejemplo de esa barbarie que es negación total del capitalismo? Indudablemente no.

¿Es progresista el régimen estalinista?

Un orden social necesario para desarrollar las fuerzas productivas y preparar las condiciones materiales que permitan el paso hacia un orden más avanzado es progresista. Debemos enfatizar que nos referimos a las condiciones materiales, pues si incluyéramos todas las condiciones (conciencia de clase, existencia de partidos revolucionarios de masas, etc.) cualquier orden social podría considerarse progresista, puesto que su mera existencia demostraría que no existen todas las condiciones para su derrocamiento.

De esta definición no se deduce que cuando un orden social se hace reaccionario y obstaculiza el desarrollo de las fuerzas productivas, estas fuerzas dejan de desarrollarse o el ritmo de avance cae en términos absolutos. No hay duda de que el feudalismo europeo se tornó reaccionario entre los siglos XIII y XVIII; esto no impidió, sin embargo, que las fuerzas productivas se desarrollaran al mismo ritmo que antes, o incluso más rápidamente. En el mismo sentido, Lenin, a pesar de considerar que el período imperialista (que empieza en las últimas décadas del siglo XIX) marcaba el declive y decadencia del capitalismo, señaló:

“Sería un error creer que esta tendencia a la descomposición descarta el rápido crecimiento del capitalismo. No; ciertas ramas industriales, ciertos sectores de la burguesía, ciertos países manifiestan en la época del imperialismo, con mayor o menor intensidad, ya una ya otra de estas tendencias. En su conjunto, el capitalismo crece con una rapidez incomparablemente mayor que antes, pero este crecimiento no sólo es cada vez más desigual, sino que la desigualdad se manifiesta asimismo, de un modo particular, en la descomposición de los países donde el capital ocupa las posiciones más firmes (Inglaterra).”10

Lenin hablaba de la decadencia del capitalismo y al mismo tiempo afirmaba que la revolución democrática en Rusia, al acabar con los últimos residuos del feudalismo, abriría enormes posibilidades al desarrollo del capitalismo ruso, que, en consecuencia, daría grandes saltos adelante a paso americano. Lenin mantenía este punto de vista al mismo tiempo que creía que la “Dictadura Democrática del Proletariado y el Campesinado” desempeñaría las funciones de la revolución burguesa en Rusia.

Las cifras de la producción industrial mundial desde 1891 dejan entrever que, en el período imperialista, las fuerzas productivas del mundo están lejos del estancamiento absoluto:11

Producción industrial mundial (1913=100)

1891 33
1900 51
1906 73
1913 100
1920 102
1929 148

En lo que se refiere a la capacidad productiva, basta con tener en cuenta el control de la energía atómica, para ver a qué ritmo se ha avanzado.

Si los países atrasados se encontraran aislados del resto del mundo, podríamos decir que el capitalismo representa el progreso para ellos. Por ejemplo, si desaparecieran los países de Occidente, el capitalismo de la India tendría un futuro no menos largo y glorioso que el que esperaba al capitalismo británico en el siglo XIX. Lo mismo ocurre con el capitalismo de Estado ruso. Los marxistas revolucionarios, sin embargo, tomamos el mundo como punto de partida y, por tanto concluimos que, dondequiera que exista el capitalismo, es reaccionario. Porque hoy en día, el problema que la humanidad debe resolver, so pena de su aniquilación, no es cómo desarrollar las fuerzas productivas, sino hacia qué fin y bajo qué relaciones sociales utilizarlas.

Esta conclusión, aplicada al carácter reaccionario del capitalismo de Estado ruso, a pesar del rápido desarrollo de sus fuerzas productivas, sólo podría refutarse si se demostrara que el capitalismo mundial no ha creado las condiciones materiales necesarias para el establecimiento del socialismo o que el régimen estalinista está creando mejores condiciones para ese establecimiento del socialismo que el resto del sistema mundial.

La primera afirmación nos lleva a la conclusión de que aún no estamos en la época de la revolución socialista. Lo más que se puede decir sobre la segunda es que la Rusia estalinista legará al socialismo una mayor concentración de capital y clase trabajadora que cualquier otro país. Pero ésta es una diferencia meramente cuantitativa; si comparamos las economías norteamericana e inglesa vemos que la concentración del capital y la socialización del trabajo son mucho mayores en la primera, pero esto no convierte al capitalismo norteamericano actual en progresista.

Se podría argumentar que la planificación en Rusia es un elemento que transforma la economía rusa en progresista en comparación con el capitalismo de otros países. Esto es totalmente erróneo. Debido a que la clase trabajadora no controla la producción, los trabajadores no son sujeto de la planificación sino su objeto; esto se puede aplicar tanto a la gigantesca empresa Ford como a la economía rusa en su totalidad. Y puesto que los trabajadores son su objeto, la planificación es importante para ellos sólo en la medida en que constituye un elemento de las condiciones materiales necesarias para el socialismo: un aspecto de la concentración del capital y de trabajadores.

En una fábrica que emplea a 100.000 trabajadores la planificación está más elaborada y desarrollada que en una fábrica que emplea a 100 trabajadores, y todavía mucho más en un capitalismo de Estado que emplea a 10.000.000 de trabajadores. Esto no hace a las relaciones de producción en la gran empresa progresistas en relación con las que se dan en la fábrica más pequeña. En ambos casos la planificación está dictada por la fuerza externa ciega de la competencia entre los productores independientes.

El mero hecho de la existencia del régimen estalinista testimonia su carácter reaccionario, ya que sin la derrota de la revolución de Octubre, el régimen estalinista no existiría, y sin la madurez de las condiciones mundiales para el socialismo la revolución de Octubre no habría estallado.

Referencias

  1. Lenin Obras, tomo 39, p. 16.
  2. Bujarin, Historical materialism, Londres 1926, p. 276.
  3. F Engels, “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, en Marx y Engels, Obras escogidas ob. cit., Tomo III, pp340-341.
  4. Marx, El Capital, ob. cit., Libro I, Tomo III, pp. 41-45.
  5. Plejánov, The materialist conception of history, Londres, 1940, p. 32.
  6. F Engels Anti-Dühring, ob. cit. p. 87.
  7. Rosa Luxemburg, “Reformismo o revolución”, en Obras Escogidas, Ed. Ayuso, Madrid 1978, Tomo I, p. 95.
  8. Lenin, “Estado y revolución”, ob. cit., p. 39.
  9. Fourth International and the Soviet Union. Tesis adoptadas por la Primera Conferencia Internacional de la Cuarta Internacional, Ginebra, julio de 1936.
  10. Lenin, “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, ob. cit., pp. 444-445. El énfasis es mío.
  11. J. Kuczynski, Weltproduktion und Welthandel in den letzten 100 Jahren, Libau 1935, pp. 20-21.

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