Ante la tumba del régimen estalinista

Introducción de Tony Cliff de julio de 1996

La primera versión de Capitalismo de Estado en Rusia se escribió en 1947 y apareció en forma duplicada. Era una época en la que el estalinismo estaba en su apogeo: después de la victoria de Rusia sobre la Alemania nazi, tras la ocupación rusa de Europa del Este, y antes de la ruptura entre Tito y Stalin. El ejército de Mao extendía rápidamente su control sobre China y estaba cerca de la victoria.

Cuarenta y dos años más tarde, en 1989, los regímenes estalinistas se hundieron en Europa del Este, y luego en Rusia. La muerte del sistema económico, social y político estalinista permitió comprobar de manera concluyente la validez del análisis teórico presentado en este libro en 1947. Una autopsia revela la enfermedad que había afectado a una persona cuando estaba viva. El momento de la muerte de un sistema social también puede ser la hora de la verdad.

La percepción del régimen estalinista como un Estado socialista, o incluso como un Estado obrero degenerado —una etapa de transición entre el capitalismo y el socialismo— suponía que era más progresista que el capitalismo. Para un marxista, esto tenía que significar fundamentalmente que el estalinismo podía desarrollar las fuerzas productivas de manera más eficaz que el capitalismo. Sin embargo, la profundización de la crisis en Europa del Este y la URSS no puede explicarse si no se hace referencia a la desaceleración del crecimiento económico a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980. Esto llevó al estancamiento y una creciente brecha entre estos países y el Occidente avanzado.

En la URSS, la tasa anual de crecimiento del producto interior bruto fue la siguiente: el primer plan quinquenal, un 19,2 por ciento (probablemente una cifra exagerada); en 1950-59, un 5,8 por ciento; en 1970-78, un 3,7 por ciento. En 1980-82 se redujo a un 1,5 por ciento y en los últimos diez años [antes de 1996] ha habido una tasa de crecimiento negativa. Queda claro, entonces, que las fuerzas productivas no se estaban desarrollando de manera eficaz.

Si la productividad del trabajo hubiera sido más dinámica en Europa del Este y la URSS que en Occidente, no habría motivo para que los gobernantes de estos países recurrieran a los mecanismos de mercado de Occidente. Si las economías de Europa del Este fueran superiores, entonces la reunificación de Alemania, por ejemplo, habría visto el florecimiento de la industria de la Alemania Oriental en comparación con la de la Alemania Occidental. De hecho, la economía de Alemania del Este se hundió tras la unificación. En 1989, hubo 10 millones de trabajadores empleados en la Alemania del Este; hoy la cifra se ha reducido a 6 millones. La productividad del trabajo es sólo del 29 por ciento del nivel de Occidente. Por tanto, el nivel de productividad de la Alemania Oriental, a pesar de ser el más alto de Europa del Este, seguía siendo bajo en comparación con la Alemania Occidental y las otras economías avanzadas, con las que se encontró en competencia abierta tras 1989.

Si la URSS fuera un Estado obrero, por más degenerado que fuera, entonces, cuando el capitalismo lo asaltó, las y los trabajadores habrían salido en defensa de su Estado. Incluso Trotsky, el crítico más duro del estalinismo, siempre consideró elemental que si el capitalismo atacaba al Estado, los trabajadores de la Unión Soviética acudirían en su ayuda, por corrupta y depravada que fuera la burocracia que lo dominaba.

Pero cuando llegó la crisis en 1989, los trabajadores de Europa del Este no defendieron a “su” Estado. Si el Estado estalinista hubiera sido un Estado obrero, no se podría explicar por qué sus únicos defensores eran las fuerzas de la policía secreta —la Securitate en Rumania y la Stasi en la Alemania Oriental— ni por qué la clase trabajadora soviética apoyó a Boris Yeltsin, el claro representante del mercado.

Si los regímenes en Europa del Este y la URSS hubieran sido poscapitalistas y si en 1989 se produjo una restauración del capitalismo, ¿cómo se logró la restauración con una facilidad tan asombrosa?

Las revoluciones de 1989 en Europa del Este fueron destacables por la ausencia de conflictos sociales y violencia a gran escala. A excepción de Rumania, no hubo conflicto armado. De hecho, hubo menos enfrentamientos violentos en la Alemania Oriental, Checoslovaquia y Hungría durante la caída de estos regímenes de los que hubo entre la policía y los mineros en huelga en la Gran Bretaña de Thatcher a mediados de los años ochenta.

La transición de un orden social a otro está necesariamente acompañada por la sustitución de un aparato estatal por otro. Pero la máquina estatal apenas se tocó en 1989. El ejército soviético, el KGB y la burocracia estatal siguen en su lugar en Rusia, al igual que muchos de sus equivalentes en otros lugares. En Polonia, los militares ayudaron a promover el cambio del capitalismo de Estado polaco a una economía basada en el mercado. El general Jaruzelski, el arquitecto del golpe de Estado de 1981, y el general Kiszcak, ministro de Interior y administrador principal de la ley marcial, desempeñaron papeles cruciales en la negociación de la mesa redonda con Solidarnosc y la formación del gobierno de coalición de Mazowiecki. Si se hubiera producido una contrarrevolución, si se hubiera producido una restauración del capitalismo, debería haber habido un reemplazo total de una clase dominante con otra. En cambio, fuimos testigos de la continuidad del mismo personal en la cima de la sociedad. Los miembros de la nomenklatura que dirigían la economía, la sociedad y el Estado bajo el “socialismo” ahora hacen lo mismo bajo el “mercado”.

El colapso de los regímenes estalinistas en Rusia y Europa del Este provocó estragos en el movimiento comunista mundial y entre los de la izquierda no armados con la comprensión del capitalismo de Estado. Millones de militantes y simpatizantes del movimiento comunista en todo el mundo habían aceptado la afirmación de que el régimen estalinista encarnaba el socialismo. Millones de personas que no formaban parte del movimiento comunista sino de la socialdemocracia, también lo habían aceptado. Esto no se aplicaba sólo a la izquierda de la socialdemocracia. Los fabianos de derechas, Sidney y Beatrice Webb, produjeron un libro titulado El comunismo soviético: ¿una nueva civilización? (1936) que fue un enorme panegírico para el régimen estalinista. Para la mayoría de los que habían identificado el estalinismo con el socialismo, el colapso de estos regímenes condujo a una crisis ideológica y moral devastadora.

Por ejemplo, en febrero de 1990 se le preguntó a Eric Hobsbawm, el gurú del Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB): “En la Unión Soviética, parece que los trabajadores están derrocando al Estado obrero”. Hobsbawm respondió: “Obviamente no era un Estado obrero, y nadie en la Unión Soviética nunca creyó que fuera un Estado obrero, y los trabajadores sabían que no era un Estado obrero”. ¿Por qué Hobsbawm no nos dijo esto hace 50 años, o incluso hace 20 años?

La extrema desorientación ideológica del CPGB quedó claramente demostrada en las actas de las reuniones de su Comité Ejecutivo a raíz del colapso. Nina Temple, Secretaria General del Partido, dijo: “Creo que el SWP [el Socialist Workers Party] tenía razón, los trotskistas tenían razón en que lo de Europa del Este no era el socialismo. Y creo que deberíamos haberlo dicho hace tiempo.”

Chris Myant, Secretario Internacional del partido comunista británico, fue más lejos. Dijo que la Revolución de Octubre fue “un error de proporciones históricas… Sus consecuencias han sido graves”. ¡Prosiguió culpando a Lenin y a los bolcheviques de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, el Gulag, los juicios-espectáculo, las dictaduras fascistas en el “tercer mundo”, la carrera armamentista, la hambruna en Etiopía, la pobreza mundial y la guerra de Vietnam!

El colapso ideológico del CPGB en efecto ha llevado a su desintegración total. De contar con unos 60.000 militantes en 1945, con una fuerte influencia dentro de la clase trabajadora, quedó reducido a un grupo minúsculo de un par de centenares de militantes, viejos y pasivos. Se podrían contar historias similares sobre los partidos comunistas en todo el mundo.

La crisis ideológica también afectó mucho a la izquierda laborista británica. Mientras que en 1981 Tony Benn [entonces el líder de la izquierda más consecuente del partido] recibió unos 3,2 millones de votos en su campaña a la vice presidencia del Partido Laborista y probablemente tuvo un par de cientos de miles de personas que lo apoyaban activamente, en abril de 1995, sólo 8.500 miembros individuales del Partido Laborista votaron por la retención de la Cláusula 4 [punto de la constitución del Partido Laborista que abogaba por el control social de la economía]. Por supuesto, la bancarrota del estalinismo fue sólo un factor, aunque significativo, en el declive de la izquierda laborista.

El socialismo es el fruto de la actividad propia de la clase trabajadora en su autoemancipación revolucionaria. El estalinismo ha sido un lastre constante en esta actividad propia y el sepulturero de la revolución. La idea de que el estalinismo era socialismo ahora ha provocado una calamidad para aquellos sectores que se dejaron engañar por él.

Estoy convencido de que el análisis de la Rusia estalinista como capitalismo de Estado, tal como se elaboró hace unos 48 años, ha demostrado su valor y es una refutación necesaria tanto ante el estalinismo como ante la reacción a su decadencia.


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