Prefacio

Tony Cliff, julio de 1992

Los acontecimientos avanzan a tal paso en la Unión Soviética y en Europa Oriental, que cualquier intento de resumirlos y comentarlos quedaría trasnochado aun antes de imprimirse. Prefiero hacer un pequeño comentario sobre el significado, en la actualidad, de la teoría del capitalismo de Estado que empecé a desarrollar en 1948.

Hay tres clases de teorías sobre la naturaleza de la Unión Soviética que hoy gozan de una aceptación general: la “teoría de los Estados obreros degenerados” del movimiento trotskista ortodoxo, las distintas teorías de la “sociedad poscapitalista” y, por supuesto, aquellas teorías que caracterizan la Unión Soviética como una sociedad socialista.

La última no merece mucho comentario; ni la clase dirigente de Rusia ni los partidos comunistas del resto del mundo defienden seriamente ya semejante idea. ¡Y no es de extrañar! ¡Cómo sería posible calificar a un personaje como Ceausescu de socialista! ¡Cómo reconciliar a la policía secreta, Securitate, con el poder de los trabajadores! ¡Cómo explicarse la existencia del nacionalismo a ultranza a los setenta años de iniciarse la construcción del socialismo! ¡Cómo entender la emigración de decenas de miles de trabajadores cualificados de un país socialista a un país capitalista a la primera oportunidad!

Los partidos comunistas oficiales son incapaces de explicar estos acontecimientos dentro de su propio marco teórico. No sólo dejaron ya de intentar comprender el mundo; se desintegraron en el pesimismo y la desmoralización. Hace décadas que se deshicieron de la esencia del marxismo; hoy ni siquiera defienden su propia retórica. Y no puede ser de otra manera, tratándose de un movimiento que consideraba socialista la Rumania de Ceausescu. Porque si esa sociedad era socialista, resulta cierto que el socialismo no tiene nada que ver con la liberación de la humanidad. Esta forma de entender el socialismo tiene consecuencias en el comportamiento de los partidos comunistas; ahora intentan convertirse en partidos explícitamente socialdemócratas.

La teoría de los trotskistas ortodoxos sobre el Estado obrero degenerado fue igualmente incapaz de explicar el curso de los acontecimientos en la URSS. Al igual que aquellas teorías que calificaban de socialista a Rusia, la teoría del Estado obrero insistía en la superioridad de la economía soviética sobre el capitalismo, en su inmunidad a las crisis económicas, en que seguiría creciendo de forma rápida e ininterrumpida. Por ejemplo, Ernest Mandel, el principal teórico de la Cuarta Internacional, escribió lo siguiente en 1956: “La Unión Soviética mantiene un ritmo de crecimiento económico más o menos uniforme, plan tras plan, década tras década, sin que los progresos del pasado pesen sobre las posibilidades del futuro… todas las leyes de desarrollo de la economía capitalista que provocan una disminución del ritmo del crecimiento económico… están eliminadas” (Quatrième International, 14, 1-3). En un libro posterior, editado en 1978, Mandel sostuvo que las tasas de crecimiento de las economías de Europa Oriental daban prueba de su “carácter no capitalista” y de su superioridad “cualitativa sobre la economía de mercado capitalista”. En el mismo volumen, Mandel hacía referencia a “su capacidad de evitar entre otras cosas el estancamiento, el desempleo, y las grandes fluctuaciones económicas” (La crise, 1978, 161-65). No sólo es incapaz de explicar la profunda crisis económica que ha conocido la economía soviética durante la última década; la teoría del Estado obrero degenerado es incapaz de explicar el ritmo y el momento de la crisis.

Hoy Mandel sostiene que “la economía entera carece de forma alguna de racionalidad económica”, pues “la burocracia es incapaz de fundamentar sus privilegios materiales en el funcionamiento coherente (es decir, la reproducción) del sistema económico, de su papel en el proceso de la producción” (Mas allá de la perestroika, 1989, p.34). Obviamente resulta imposible explicar o predecir el curso de las cosas en una economía “exenta de racionalidad”. Por la misma razón, resulta imposible analizar el curso de la lucha de clases, por no hablar de intervenir en ella.

Hasta 1970 más o menos, los que defendían las distintas teorías de “la sociedad poscapitalista” (sea Mandel, Bruno Rizzi, Hillel Ticktin, Rudolf Bahro o Boris Kagarlitski) hacían hincapié en el crecimiento ininterrumpido de la economía soviética. Ahora, ellos mismos insisten en el estancamiento, el despilfarro y la irracionalidad que la caracterizan. Sin embargo, según datos de la CIA, la tasa de crecimiento de dos de las economías más atrasadas de Europa Oriental, Bulgaria y Rumania, alcanzaron un promedio de 6% y 7% respectivamente entre 1948 y 1968. Todavía durante la década de los setenta, la economía soviética creció en un promedio del 2,6%, ritmo comparable a las economías occidentales. Esto no puede explicarse mediante la “irracionalidad económica”.

Una teoría capaz de explicar los acontecimientos en la Unión Soviética tiene que explicar, tanto el rápido crecimiento de la economía soviética hasta finales de 1970, como la profunda crisis en que entró a partir de ese momento. La teoría del capitalismo burocrático de Estado ofrece el marco necesario en el cual tanto el desarrollo como la crisis de la economía soviética pueden explicarse.

En términos políticos, estoy convencido de que la teoría del capitalismo de Estado sigue siendo clave. Con la desaparición del estalinismo, el movimiento socialista internacional que durante sesenta años vio el marxismo desde la óptica estalinista ha caído en la confusión y la desmoralización. La “muerte del marxismo” la anuncian tanto los partidos comunistas oficiales como los portavoces de la clase dominante. La prensa burguesa no es la única que declara que el socialismo fue “una equivocación histórica”; le hacen eco también los dirigentes comunistas. Para aquéllos que vieron el socialismo como la dictadura de la burocracia, es cierto que ha muerto. Sin embargo, hay pocas esperanzas de que los trabajadores del mundo corran a adoptar la bandera del marxismo y el leninismo a raíz de la muerte del estalinismo. En el inicio de una nueva época revolucionaria en Europa Oriental, la clase trabajadora mundial identifica el socialismo con Ceausescu.

En esta situación, es enorme la tarea a que se enfrentan los socialistas en todo el mundo. Tenemos que hacer una crítica sistemática del estalinismo; tenemos que explicar con detalle la contrarrevolución que derrotó a la revolución de 1917; tenemos que hacer hincapié una y otra vez en los principios del marxismo, durante tanto tiempo ocultos en la larga noche del estalinismo. Cumpliremos nuestro papel en la medida en que seamos capaces de explicar con un máximo de claridad la revolución soviética, la contrarrevolución estalinista y todas sus consecuencias. La teoría del capitalismo de Estado nos permite hacer precisamente esto; es el arma que permite demostrar que la revolución de 1917 fue efectivamente una revolución socialista, que esta revolución sufrió una derrota en la segunda mitad de los años veinte como consecuencia de la cual, la clase trabajadora perdió el poder y una nueva clase dirigente se lo apropió. Para los que insistimos en que la emancipación de la clase trabajadora será un acto de la clase propia trabajadora, la teoría del capitalismo de Estado resulta un arma indispensable en nuestras manos.


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