Acuerdo PSOE-Unidas Podemos: ni sectarismo, ni ilusiones

Santi Amador

El pasado martes 12 de noviembre, menos de 48 horas después de las elecciones del domingo, saltaba la sorpresa cuando el presidente en funciones Pedro Sánchez y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, anunciaban la creación de un gobierno progresista de coalición. Lo que en más de 6 meses no se logró y que ha posibilitado que 52 diputados de extrema derecha hayan ganado un asiento en el Parlamento, se ha conseguido en un tiempo récord. ¿Qué límites tiene la declaración de buenas intenciones firmada por PSOE y Unidas Podemos? ¿Podrá constituirse el nuevo gobierno? ¿Cómo nos debemos aproximar al mismo desde la izquierda revolucionaria?

La letra del acuerdo suena bien. El papel todo lo puede. Los 10 puntos hablan de pensiones ajustadas al nivel de vida, de estabilidad laboral, de lucha contra la violencia machista, de reforma fiscal justa, de lucha contra el Cambio climático, de reconocer derechos como la eutanasia, etc. Cualquier persona mínimamente progresista ve con buenos ojos todas esas buenas intenciones.

Aún así, también el acuerdo tiene letra pequeña. Con respecto a Catalunya no habla del derecho a decidir/autodeterminación y mucho menos de encaminarse a liberar a los presos políticos. Habla de diálogo dentro de la Constitución (lo que imposibilita un nuevo referéndum) y habla de garantizar la convivencia, como si el problema de Catalunya fuera de orden público (se queman contenedores en todo el territorio estatal en cualquier manifestación y la contundencia de los mineros asturianos o los trabajadores de astilleros de Cádiz languidece cualquier comparación) y no político. En consecuencia, claramente se impone el relato del PSOE sobre el problema político catalán y la propuesta de Podemos en defensa de una consulta (aunque sea pactada) va a un cajón.

Otro aspecto preocupante es la introducción del concepto equilibrio presupuestario. En el imaginario neoliberal equivale a que invertir en sanidad, educación, dependencia o vivienda social debe ajustarse a los designios de Bruselas y la oligarquía española, no a las necesidades de la gente corriente.

Tampoco podemos dejar de lado las omisiones. El acuerdo no habla de derogar las reformas laborales (ni siquiera la del PP), ni la ley Mordaza ni la LOMCE. Además, como activistas antirracistas han denunciado, también hace falta un verdadero compromiso en la lucha contra el racismo y por los derechos de los y las migrantes y las personas refugiadas. Se ve que hasta la mejor literatura tiene sus límites.

Por otra parte, ante la nueva crisis económica que se avecina y la hostilidad manifiesta por parte del gran empresariado hacia un gobierno que incluya a miembros de Unidas Podemos, ¿cómo se arrancarán reformas a favor de la gente de abajo?

Con un Podemos que en su proyecto cesarista redujo los círculos y su músculo social al mínimo, los movimientos sociales deben presionar al nuevo gobierno para que cumpla sus promesas. La gente de la PAH, las Kellys, las y los trabajadores que reparten comida, el movimiento feminista o los movimientos y colectivos que están luchando contra el cambio climático… tendrán que exigir y movilizarse desde el día 1 del nuevo gobierno para exigir y defender los derechos conquistados y los prometidos. Si no fuera así, y si además la minúscula izquierda revolucionaria estatal diera un apoyo acrítico al nuevo ejecutivo, ante un gobierno de izquierdas que no cumple, tendríamos la tormenta perfecta para el crecimiento de la extrema derecha.

Tenemos que acompañar la ilusión que mucha gente está poniendo en el nuevo gobierno, pero advirtiendo que por un lado ni el PSOE es un partido que haya virado a la socialdemocracia (como Corbyn y el Laborismo en Reino Unido) ni el acuerdo tiene visos de ser ambicioso.

Por desgracia, nos sobran ejemplos históricos de cómo la alianza de partidos a la izquierda del social liberalismo (tipo PSOE) han acabado. Tanto en Francia como en Italia, con el Partido Comunista y Refundación Comunista respectivamente, la política de cogobierno llevó a los mismos o más recortes y una desilusión de la gente corriente con las ideas y las políticas de izquierdas. Lo que vino después además fue el ascenso del fascismo y la extrema derecha.

Sin duda la crisis de régimen continúa. No será fácil ni tan siquiera que ERC o los restos de Ciudadanos se abstengan para facilitar la investidura del nuevo gobierno. Mientras tanto lo dicho, acompañar a la gente que se ilusiona con el nuevo gobierno, sin perder de vista las limitaciones y la necesidad de independencia de los movimientos sociales y la izquierda revolucionaria.


Santi Amador es militante de Marx21 de Andalucía.

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