¿Investidura? La clave es fortalecer los movimientos

Santi Amador

Ante la investidura del nuevo gobierno ¿cuál debería ser la posición de la izquierda transformadora?

Tras el resultado de las elecciones generales del pasado 28 de abril, continúa la crisis institucional que comenzó con las movilizaciones masivas del 15 de mayo de 2011 y posteriores, la crisis del bipartidismo y la profundidad de la movilización por los derechos nacionales en Catalunya. Como activista revolucionario, participante tanto de las movilizaciones pre y post 15-M y en las candidaturas que se han venido a llamar del cambio, pretendo dar algunas pinceladas sobre mi posición en estos días en los que se debate en el Congreso y se votará a favor o en contra de la propuesta del presidente en funciones, Pedro Sánchez.

¿Es el PSOE de Pedro Sánchez socialdemócrata?

Creo que la primera gran pregunta en la que tenemos que aclararnos la izquierda en general y la revolucionaria en particular es la naturaleza del PSOE de Sánchez.

Debido a la frontal oposición interna de distintos barones del PSOE hacia el liderazgo de Pedro Sánchez, léase Susana Díaz en Andalucía o Page en Castilla La Mancha, pareciera que éste ha recuperado las esencias socialdemócratas del partido. Ni la trayectoria personal/militante del presidente en funciones, ni sus declaraciones de compromiso institucional con el status quo del Régimen del 78, ni las propuestas programáticas del PSOE ni la práctica de su gobierno tras la moción de censura de mayo de 2018 hasta hoy nos pueden hacer pensar que el “nuevo” PSOE de Pedro Sánchez es diferente al PSOE que llevamos conociendo en Andalucía 40 años o al PSOE que en conjunción con la clase dominante del Estado hizo que la crisis económica en sus primeros momentos —Zapatero gobernó hasta noviembre de 2011— la pagáramos los y las de abajo.

En definitiva, el PSOE no está siendo encabezado por una figura de la izquierda reformista como Jeremy Corbyn en Gran Bretaña con el Partido Laborista y ni tan siquiera ha actuado en este año de gobierno ofreciendo políticas sociales —limitadas— como ha hecho el Partido Socialista de Portugal con su acuerdo de investidura con el Partido Comunista Portugués y el Bloque de Izquierda. Si tener ilusiones en la capacidad de realizar cambios sociales significativos desde las instituciones con fuerzas que reivindican o se comprometen en la socialdemocracia más clásica es una quimera, hay poco que decir del partido que más estabilidad ha aportado al régimen político y económico español desde 1978, con un liderazgo social liberal.

Unidas Podemos en la encrucijada

Desde que gracias al impulso del 15-M y las movilizaciones sociales millones de personas en este país cambiaron su paradigma sobre las oportunidades reales de una vida digna bajo el neoliberalismo salvaje practicado por el bipartidismo (PSOE y PP) y sus aliados territoriales (PNV y CiU, hoy PDCat), se abrió la posibilidad a que una izquierda antineoliberal y en un principio rupturista con el régimen del 78 naciera. Mucho ha llovido desde entonces y no es el objetivo de este artículo analizar en profundidad la evolución de Podemos y sus fuerzas aliadas —IU, En Común Podem, Mareas, etc—, sino dar algunas pinceladas de porque Unidas Podemos plantea la entrada en un gobierno con el PSOE y mi posición sobre esta cuestión.

En sus primeros momentos el nacimiento de Podemos fue un reflejo del 15-M, con un mensaje de políticas económicas y sociales rupturistas —aunque no anticapitalistas— con la “casta política” —entonces PSOE y PP— que había deteriorado la vida de millones de personas en este país por alianza y entreguismo con la oligarquía institucional y económica. Miles de Círculos —asambleas— surgieron por todo el Estado desde enero de 2014, en los que la gente corriente sentía que por fin un partido político podía representarlos.

Pero desde el principio la cultura política de los principales dirigentes de la formación, inspirados por el postmarxista Laclau y los gobiernos reformistas latinoamericanos, conduciría a una organización con poca democracia interna y en la que los procesos de discusión democrática reales se sustituían por un modelo plebiscitario en el cual la relación del militante con el partido sería de forma telemática, dependientes de las brillantes intervenciones del líder de turno en televisión.

Asimismo, y dado que el régimen no quiere hacer ninguna concesión a los y las de abajo, Podemos ha sufrido seguramente uno de los mayores ataques por parte de la derecha mediática y los aparatos del Estado a cualquier fuerza política desde 1978 —sin obviar la represión a la izquierda abertzale años atrás o más recientemente al independentismo catalán—. A pesar de ello y demostrando que la gente corriente puede apoyar opciones políticas rupturistas, Podemos obtuvo resultados electorales espectaculares en las elecciones europeas de 2014, en las generales de 2015 y consiguió el sorpasso —adelantar al PSOE— en las principales ciudades del Estado, en las que Podemos y sus confluencias conquistaron las alcaldías.

Pero tanto el modelo jerárquico que adoptó el partido desde su primera asamblea estatal como sus vaivenes —el PSOE ya no sería “casta”, sino otra fuerza del cambio— y renuncias programáticas —el primer programa de Podemos para las elecciones europeas de 2014 hablaba de nacionalizaciones, renta básica o prohibir despidos en empresas con beneficios— causaron la desafección de su base social militante más activa. Los Círculos se vaciaron. Mucha gente, la mayoría, no había roto tampoco con el modelo de delegación de poder de los partidos reformistas, en los cuales la dirección hace y deshace sin ninguna participación activa de las bases.

Tampoco todo es “culpa” de la dirección de Podemos. A partir de 2013-14 se produjo un reflujo de la movilización social. En parte por no ver resultados inmediatos, las grandes movilizaciones se desinflaron; por otro lado se produjo una atomización de las luchas y una vuelta a la esfera más local del barrio, pueblo, etc. El hecho de que millones de personas que habían participado en el 15-M se fueran a sus casas, favorecía que la opción electoral-institucional estuviera a la orden del día. También muchos de los cuadros y personas que dinamizaban los movimientos sociales acabaron de concejales o parlamentarios entre 2014-16, lo que sin duda tendría una influencia en los movimientos.

Gobiernos de progreso

Aunque fue reticente en los primeros momentos a entrar en gobiernos con el PSOE, más tarde esa tendencia cambió, colaborando o compartiendo gobiernos como los casos de las ciudades de Madrid y Barcelona o Castilla La Mancha y la Comunidad Valenciana. Sin embargo el ala más social liberal del PSOE quería relegar del liderazgo a Pedro Sánchez, a pesar de que su alianza pro régimen con Ciudadanos tras las elecciones generales de 2015 cerró las puertas a la entrada de Podemos en el gobierno.

Pedro Sánchez ganó las primarias socialistas enfrentándose al aparato de su partido y a su ala mediática —grupo PRISA— y prometiendo un giro a la izquierda en cuestiones sociales, así como declarando que el Estado español era plurinacional. Eso posibilitó un acercamiento a Podemos y la moción de censura se hizo algo real. La ilusión institucional se afianzó aún más en la dirección de Podemos, y tras el adelanto electoral por la negativa a aprobar los presupuestos por parte de las fuerzas independentistas, Unidas Podemos se ha convertido en un defensor a ultranza de la Constitución del ‘78.

Eso, unido al voto del miedo a VOX que ha capitalizado el PSOE, ha posibilitado que el partido socialista ganara las últimas elecciones. Ante una moderación evidente, la gente prefiere el original a la copia.

¿Apoyar a Sánchez por su cara bonita?

Después del impasse ante las elecciones municipales de mayo y sus posteriores negociaciones, la formación de gobierno ha estado encima de la mesa. Desde el principio, Unidas Podemos ha mostrado su convencimiento de que un gobierno de coalición —con ministerios dirigidos por la coalición de izquierdas— era posible y se podían implementar medidas sociales favorables a las clases populares.

La actitud del PSOE ha sido más ambigua. Aunque antes de la campaña electoral y a posteriori decían que veían con buenos ojos un gobierno de coalición —rechazando sus bases cualquier acercamiento a Ciudadanos—, han jugado a varias bandas en todo momento. Desde la coalición a la cooperación —gobierno monocolor con apoyo exterior de Unidas Podemos— a guiños a Casado y reprimendas a Rivera por no estar a la altura en cuestiones de estabilidad institucional.

Unidas Podemos ha renunciado a asumir ministerios estratégicos —Interior, Justicia, Exteriores, etc.— e incluso ha aceptado la posición del PSOE en la cuestión catalana —no olvidemos que este partido apoyó el 155—. Aún así, ni los grandes poderes económicos ni la dirección del PSOE consideran que la coalición de izquierdas sea un socio fiable, y sólo le han ofrecido puestos menores —calentar el sillón— en distintos ministerios.

Ante el veto a Pablo Iglesias —que pretendía dividir al partido y/o romper las negociaciones— la formación morada ha optado por mostrar generosidad “sacrificando” a su líder, pero dejando claro que no aceptarían más vetos ni imposiciones del PSOE. Como era previsible, el PSOE llegó a la investidura del lunes y el martes sin nada que ofrecer a Unidas Podemos ni a las fuerzas nacionalistas/independentistas —en especial catalanas—.

En las últimas horas, tras no conseguir el apoyo de la mayoría absoluta en el Congreso —únicamente un voto del PRC (Partido Regionalista de Cantabria)—, los equipos negociadores de Unidas Podemos y el PSOE no han llegado a ningún acuerdo. El PSOE se niega a ceder ningún poder en cuestiones de Trabajo, Hacienda, Igualdad o Transición ecológica. ¿Qué debería hacer una izquierda consecuente en este caso?

En primer lugar, desde el principio, el planteamiento de entrar en gobierno con el PSOE no es un error táctico, es estratégico. Experiencias históricas como gobiernos de coalición del partido socialista francés con el partido comunista en Francia o de IU con el PSOE en comunidades autónomas y municipios en el Estado español, demuestran la imposibilidad de implementar políticas socialistas —no social liberales— con semejantes compañeros de viaje.

Ni siquiera ganar unas elecciones es ganar el poder, como trágicamente han demostrado los fracasos de Syriza en Grecia o las crisis de los gobiernos progresistas latinoamericanos. Sin un auténtico empoderamiento popular, sin cuestionar el capitalismo en su conjunto —no sólo el neoliberalismo— la vuelta al viejo orden está asegurada.

La gente corriente no podemos depositar la confianza en los mismos que nos han llevado a esta situación. No debe ser fácil decidir el sentido del voto ante la amenaza de nuevas elecciones y la posible victoria del Trifachito —PP, Ciudadanos y VOX—, pero plantear un gobierno de coalición es ayudar a que vuelvan dentro de 4 años por la decepción que a buen seguro garantiza el PSOE. Tampoco un acuerdo programático impedirá que el PSOE siga siendo un partido de régimen.

Ante ello, desde la izquierda revolucionaria, debemos fortalecer los movimientos sociales, tenemos una huelga contra el cambio climático el próximo 27 de septiembre, un movimiento feminista muy fuerte, debemos construir frentes amplios contra la extrema derecha de VOX y no dejar de lado las luchas laborales por muy parciales y aisladas que sean.

La gente corriente, muchos votantes del PSOE y Unidas Podemos, estará en estas luchas y si queremos ganar deben estar con todo su entusiasmo y participación. No podemos esperar a que las organizaciones tradicionales de la izquierda se derrumben de un día para otro, necesitamos construir desde ya y fortalecer los movimientos.

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