Los chalecos amarillos: ¿una lucha de clases?

Marie Fauré

[Català]

Desde el 17N, Francia está de pie con el movimiento de los chalecos amarillos. Cortes de carreteras, manifestaciones masivas reprimidas con mucha violencia.

¿Qué está pasando realmente?

1. Macron, presidente de los ricos

a. La construcción de la leyenda macroniana

Macron se construyó su propia leyenda, la de un soberano iluminado, la de un nuevo Júpiter.

Teatraliza su vida como lo haría un Luis XIV. Sale a la calle a hablar con el pueblo, como un rey paternalista. Desarrolla la teoría del retorno a los años 30, para presentarse como la última muralla contra la extrema derecha.

b. Una política autoritaria en defensa del gran capital

Cuando llega al poder, Macron anuncia que gobernará por decreto, para agilizar la toma de decisiones, dejando de lado totalmente el sistema democrático, según el cual todo se discute en el parlamento.

Refuerza de manera significativa una política fiscal injusta: suprime el ISF —el impuesto sobre las fortunas— y multiplica los regalos a las grandes empresas. Se posiciona abiertamente a favor de la defensa del capital contra un pueblo de ignorantes (en sus propias palabras). Quita los impuestos directos que ayudaban a los poderes locales.

Aumenta los impuestos indirectos, que son los impuestos más injustos porque afectan a toda la población, sea cual sea su nivel de riqueza. Así, el coste de la vida aumenta de manera alarmante y deja a mucha gente con grandes dificultades.

Pero al mismo tiempo, baja los impuestos directos, diciendo que no se pueden poner impuestos sobre el trabajo, sino sobre el consumo. La pregunta es: ¿sobre el trabajo de quién? La clase trabajadora trabaja y paga impuestos múltiples; la clase dominante se aprovecha del trabajo de los demás y recibe exoneraciones. Se quitan las ayudas, como las APL (ayudas para el alquiler). En nombre de la transición ecológica, sube los impuestos indirectos sobre la electricidad, el gas o el precio de las autopistas.

c. Una actitud de desprecio hacia el pueblo

Macron multiplica las frases asesinas y de desprecio. “Los hay que tienen éxito y los hay que no son nada”. “Yo si quiero un trabajo sólo tengo que cruzar la calle”. Sólo valen la pena las grandes empresas; el pueblo lo forman unos “vagos iletrados”.

Su actitud durante las celebraciones del 11 de noviembre, que marca el final de la Primera Guerra mundial, cristalizó las tensiones. Sólo se homenajearon a los generales —aquellos que se quedaban en la retaguardia dando órdenes al pueblo al que enviaban a la primera línea—, uno de ellos el Mariscal Pétain, cuando sabemos que durante la Segunda Guerra Mundial colaboró con los nazis.

Mientras dos edificios de viviendas de un barrio popular de Marsella caían el 5 de noviembre —causando 8 muertos, varios heridos y dejando a gente en la calle— la mujer del Macron gastaba 500.000 euros para cambiar la decoración de la sala de recepción del Elysée.

2. Un movimiento espontáneo y heterogéneo

a. La llamada del 17 N

En septiembre de 2018, sale en Facebook un evento llamando a cortar las carreteras el día 17N para protestar contra el precio del combustible, un precio inflado por los impuestos indirectos.

Este evento se hace viral, y se convierte en un llamamiento nacional. Al principio, la gente de izquierdas es bastante escéptica ante este movimiento. No tiene ningún apoyo de los sindicatos ni de ninguna otra organización, y las personas que propagan la llama tienen, en muchos casos, relaciones con la extrema derecha.

El día 17, no sólo se cortan vías de tráfico, sino también zonas comerciales, denunciando la sociedad del “dinero lo es todo” mientras se deja a la gente morir de hambre.

Ante el éxito de la movilización del 17N y la no respuesta del Estado, muchos militantes de izquierdas deciden unirse al movimiento, aunque con una mirada crítica.

b. ¿Un movimiento de extrema derecha?

La masificación del movimiento hace que el que pudo ser un movimiento de extrema derecha, ahora no lo sea. Tampoco hay que olvidar que en algunos lugares de Francia los militantes de extrema derecha no esconden su participación en el movimiento. Ni hay que olvidar la fuerte presencia del Front National, hoy Rassemblement National, en el paisaje político francés. Tampoco se puede negar que al principio hubo casos de agresiones machistas o racistas en algunos cortes. Pero en sentido contrario, por ejemplo, el 24N las chalecos amarillos de Montpellier abrieron camino a la manifestación contra las violencias machistas, con bastantes aplausos.

Nos encontramos ante un movimiento totalmente espontáneo que no tiene ningún líder ni cabeza visible. Se trata de un pueblo que sale a la calle de forma desordenada pero contundente. Tras la jornada del 24N, muchos partidos y sindicatos intentaron apropiarse del movimiento de chalecos amarillos, desde el fascista Front National hasta la France Insoumise, de izquierdas. Pero el pueblo movilizado no aceptó ninguna injerencia, y se percibe una gran desconfianza hacia los partidos y sindicatos, especialmente hacia sus líderes, desconfianza que proviene de la actitud de estas entidades durante las últimas luchas sociales, donde acabaron pactando con el poder.

Los chalecos amarillos son pues un movimiento totalmente espontáneo, sin líderes, y por lo tanto totalmente incontrolable. Es para desacreditar el movimiento que tras el 17N y del 24N el poder y sus medios de comunicación hicieron campaña diciendo que eran disturbios de la extrema derecha, comparándolos a las manifestaciones fascistas de febrero de 1934 en París. Así, en la retórica macroniana, el presidente es el único que puede luchar de forma heroica contra el monstruo fascista que amenaza Francia.

Con la reacción violenta de la policía y del Estado, las bases de los sindicatos empiezan a pedir que las direcciones sindicales proclamen la huelga general, tal como lo hizo Olivier Besancenot, portavoz del Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA), que apoya al movimiento. La CGT de Marsella llama a la huelga para el 8D, tras haber asistido a las agresiones de la policía contra los jóvenes de los institutos, movilizados con fuerza desde unos días antes. El sindicato Sur-rail llama a dejar los manifestantes subir a París gratuitamente en tren el sábado. Las universidades también deciden multiplicar los bloqueos y hacen un llamamiento a unirse a los chalecos amarillos el 8D, junto a los institutos. Podemos destacar para terminar la llamada a participar del Colectivo Adama, que denuncia la violencia policial contra la juventud negra de los barrios populares de las afueras de las ciudades.

c. Un cansancio general

¿Por qué el pueblo francés ha decidido salir a la calle? Porque no puede más. No puede más con la política de Macron, y no puede porque no llega a fin de mes, porque los estudiantes no pueden pagar el precio de la inscripción en la universidad ni escoger los estudios que quieren hacer, y porque se dan cuenta de que se está haciendo una política abiertamente favorable a la minoría rica.

En primavera, muchas luchas no consiguieron sumar: trabajadores del tren, estudiantes, institutos, jubilados, ahora encuentran una oportunidad.

El movimiento de los chalecos amarillos es un acopio de todas las iras, reivindicaciones y frustraciones acumuladas, un sentimiento de injusticia social y de desconfianza hacia el poder y las instituciones, un rechazo de las políticas de austeridad y un miedo al futuro. Y poco a poco se está creando un sentido de clase que había desaparecido en el individualismo causado por el capitalismo. La gente se da cuenta de que son millones de personas con las mismas dificultades económicas, por culpa del mismo sistema y que podrían luchar juntas. Y es lo que está pasando ahora. Los últimos sondeos dicen que el 72% de la población apoya al movimiento, y muchos llevan el chaleco bien visible en el coche para mostrar su solidaridad, a pesar de las dificultades creadas por los cortes y ocupaciones de carreteras que se organizan desde el 17N y que no aflojan.

Este pueblo tan diverso que encontramos en la calle tiene algo en común: quiere volver a poner a la persona en el centro y no el dinero.

d. Las reivindicaciones del movimiento

A movimiento heterogéneo, reivindicaciones heterogéneas.

Que un sentimiento de clase haya crecido, no significa que todos los que participan tengan las mismas soluciones al problema. Hoy, nadie es capaz de hablar en nombre del movimiento, así que todo el mundo puede defender sus reivindicaciones.

De la reivindicación inicial, que era bajar el precio del combustible, se ha ido ampliando, y hoy se pide de manera general que se bajen los impuestos indirectos injustos, la recuperación del impuesto sobre las fortunas, la subida del salario mínimo, que las grandes empresas paguen su parte de los impuestos, una subida de las pensiones y que se vuelva a bajar la edad de jubilación, con la anulación de la nueva ley sobre el trabajo.

No estamos en un contexto de movimiento obrero socialista, esto está claro, como consecuencia de la transversalidad de las personas movilizadas. Pero la reivindicación que está saliendo a la luz y que tiene consenso entre todas, es de forma clara la dimisión de Macron. Esto demuestra la trascendencia del momento. Ha habido en Francia muchos movimientos pidiendo la dimisión de un ministro o de un primer ministro, pero desde 1968 no se había pedido la cabeza del Presidente.

3. Violencia de Estado y radicalización

a. Tácticas tradicionales del poder inaplicables

El poder lleva a cabo la típica estrategia ante los movimientos sociales: convocan a los líderes de las movilizaciones, los sindicatos, los partidos para negociar. Elaboran un discurso bien trabajado, se les hace muchas promesas, se negocian pequeñas cosas, y la mayoría de los líderes sindicales se dejan comprar.

Esta vez, el poder tiene un problema: no hay líderes, los sindicatos y los partidos están fuera de juego. ¿A quién comprar? Han intentado dos veces convocar una delegación de portavoces del movimiento a Matignon, sede del Primer Ministro. Y las dos veces los chalecos amarillos se han negado a participar. Y esto por varias razones. Primero, muchos portavoces autoproclamados son repudiados por el movimiento, por no haber sido elegidos democráticamente por el pueblo y porque es imposible llevar la voz de una movilización tan diversa. Segundo, el pueblo movilizado no se fía de este tipo de encuentros y no espera nada. Entonces, si esta arma del poder se invalida, ¿cómo se gestiona la situación?

b. Violencia psicológica y represión policial

El poder tiene miedo porque el poder no puede controlar el movimiento. Por un lado, intenta desacreditarlo y dividirlo. Para ello, puede contar con la colaboración de los medios de comunicación. Desde el 17N, la táctica consiste en calificar al movimiento como de extrema derecha. El periódico Le Figaro enfrenta la Francia rural y la Francia de las ciudades. Las violencias del 24N son a veces culpa de “la ultraderecha” y a veces de “la ultraizquierda”. Vienen a decirle al pueblo que está siendo manipulado por los anarquistas y los fascistas, en lugar de poner su confianza en un gobierno que lo hace todo por los franceses… como si el pueblo no fuera capaz de pensar por sí mismo.

El lunes 3D, tras las agresiones denunciadas por los manifestantes, Macron recibe a las fuerzas policiales y les promete una prima; fuerzas policiales que piden, vía algunos sindicatos, la ayuda del ejército para el Acto IV del 8D, y la proclamación del estado de emergencia. Y ya sabemos que el día 8 vendrán los blindados como refuerzos.

Por otra parte, el poder utiliza la violencia física. Ya se multiplican los heridos, algunos graves y personas muertas, que el gobierno intenta ocultar.

Los poderes públicos se niegan el 24N a dar permisos a las manifestaciones, mientras los ministros llaman a respetar la ley, reiterando que no se pueden manifestar sin tener el permiso correspondiente. Sin embargo, las ciudades de Francia se movilizan.

En París, los manifestantes fuerzan la marcha atrás de la policía y entran a los Champs Elysées. El 1D, en lo que se llama el Acto III, todo el país se enciende. La violencia de la policía escandaliza, así como la actitud de los medios de comunicación que hablan de los actos violentos de los chalecos amarillos, pero nunca de la violencia ejercida por la policía. La situación degenera, se construyen barricadas, se queman contenedores. Ante la violencia policial, los manifestantes no se echan atrás y replican con piedras y contracargas. Numerosos testimonios denuncian agresiones de la policía cuando en París cierran a los manifestantes en la plaza de l’Étoile, antes de cargar.

En Marsella, una mujer de 80 años muere al haber recibido una granada lacrimógena en su casa. En Toulouse, un joven está en estado de coma por un tiro de Flash-Ball en la cabeza.

En Burdeos, se denuncian manos y una mejilla arrancadas. Y hay que añadir las imágenes de decenas de jóvenes arrodillados con las manos en la cabeza esperando ser detenidos por la policía por haber ocupado su instituto, imágenes que recuerdan los peores tiempos de la historia del país.

Sin embargo, en lugar de generar miedo, aumenta la rabia. Se denuncia que, especialmente en París, se identifican a muchos policías encubiertos que practican actos de violencia contra edificios para poder acusar al movimiento de ello. Los antidisturbios utilizan armas prohibidas, como las pelotas de goma y las granadas explosivas, y apuntan a las cabezas.

c. ¿Un aire de 1789 o 1968?

En Francia, la situación explosiva de un pueblo movilizado despierta la imagen de las grandes revueltas que marcaron la historia del país: los actos para celebrar los 50 años de mayo del 68 no son ajenos. Basta con mirar las barricadas y los adoquines (“sous les pavés, la plage!”).

Los Campos Elíseos son claramente el símbolo del poder económico, y el Arc de Triomphe, construido por Napoleón, representa el imperialismo y el autoritarismo, que cuadra bien con la imagen de Macron.

Él mismo, posicionándose como un monarca que tiene que cuidar de su pueblo, hizo volver a nacer la gran ilusión del pueblo francés, la Revolución de 1789. Se podría debatir horas y horas sobre esta revolución, pero hay que tener presente la importancia que tiene en el imaginario de los franceses. Macron es el nuevo rey a abatir. Basta con mirar el campo semántico utilizado. Grupos de chalecos amarillos envían “cahiers de doléances”, como lo hicieron los diputados a los Estados Generales del 1 de mayo de 1789. En una performance, un grupo posicionó una guillotina. Y si miramos la llamada al acto IV del 8D, se sigue en la misma línea: “tomar la Bastilla”; sacar a Macron del palacio del Elíseo como se sacó a Luis XVI de Versalles.

Por último, también hay que mirar la vuelta de la bandera francesa y de la Marseillaise. A primera vista se podría pensar en resurgimientos nacionalistas y de extrema derecha, que utilizan esta simbología, mientras las luchas obreras utilizan la bandera roja. Sin embargo, en esto también el movimiento de los chalecos amarillos destaca; es un movimiento apartidista que buscó un símbolo apartidista pero que une a toda la gente en la calle. Deberíamos volver a la génesis de la bandera francesa y de la Marseillaise: la Revolución francesa y la imagen de la Libertad guiando al pueblo.

4. Conclusión: ¿hacia una convergencia de luchas?

El lunes, las ambulancias protestan en la Concorde, mientras los institutos toman la calle. ¿Podemos esperar que todos los movimientos se articulen en uno solo? De momento, los trabajadores del tren se suman en algunas ciudades, pero no de forma nacional. Los bomberos también están en lucha. Y ya sabemos que los estudiantes de las universidades y de los institutos, que entran en su quinto día de movilización a pesar de la represión, participarán en el 8D.

A nivel político, Le Pen y Melenchon piden la disolución de la Asamblea Nacional; el diputado Ruffin (France Insoumise) pide la dimisión de Macron antes de que todo ello derive en una verdadera insurrección.

El gobierno intenta mediante algunos anuncios efectistas, calmar el juego, con la suspensión de la subida de los impuestos indirectos, pero la gente movilizada ya no se deja engañar y sabe que, no cediendo, puede ganar mucho más. Ante esta firmeza, el gobierno multiplica las declaraciones y provocaciones incendiarias, y pide la unión sagrada de las entidades e instituciones para “salvar la República”. ¿Salvarla de quién? ¿De su propio pueblo? Entonces, ¿qué representa la República si no es la del pueblo?

A un día del Acto IV, nadie puede saber lo que pasará y qué dirección tomarán el movimiento y el gobierno.


Marie Fauré es militante de Marx21.

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