Por qué el Estado español no es fascista

[Català]

David Karvala

Dentro de los movimientos sociales y de la izquierda se extiende la idea de que ahora vivimos bajo el fascismo.

Hay un vídeo en las redes sociales, “¿Es España un régimen fascista?”, que cita algunas características que asocia con el fascismo y da ejemplos de ellas en el Estado español; se ha visto más de un millón de veces.

También hay un post en la web babelrepublicat.cat que compara el trato de la herencia del franquismo en el Estado español con la manera en que Alemania trata el nazismo, bajo el título “¿Es España un estado Fascista?”; dan a entender que sí.

No son argumentos o análisis rigurosos, sino observaciones anecdóticas. Pero ideas como éstas forman la base del argumento de que ahora vivimos bajo el fascismo.

Se entiende la grave preocupación por la situación actual. No se trata de quitarle importancia; más bien todo lo contrario. Dada la gravedad de lo que está pasando, debemos esforzarnos para analizarlo correctamente, para poder trazar estrategias de lucha adecuadas a la situación real.

Nota: Ésta es una versión recortada de un artículo mucho más largo y detallado. Si te interesa la cuestión, te animamos a leer la versión entera. El tema es importante y lo merece.

Shock, amnesia y lobos

Como explica Naomi Klein en Doctrina del Shock, una situación extrema puede romper la capacidad de pensar en frío, llevando a la aceptación de ideas no fundamentadas.

Recordemos la cita “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. No es la primera vez que se confunde la represión estatal con el fascismo; la última vez los resultados fueron nefastos. Debemos tenerlo presente.

Finalmente, tenemos el dicho, “No grites que viene el lobo”, porque cuando lleguen los lobos de verdad, nadie te hará caso. La extrema derecha crece por gran parte de Europa y más allá… y es mucho más terrible de lo que estamos viviendo ahora.

Banalización

La represión que se está viviendo es grave; no hace falta ni cabe describirlo todo aquí.

Pero hay que ponerlo en contexto. Bajo el franquismo hubo alrededor de 150.000 muertos, más de 100.000 personas desaparecidas, más de 200.000 presos, la depuración sistemática de miles de personas de su trabajo… Bajo Mussolini, decenas de miles de personas fueron encarceladas, desterradas o deportadas, mientras que se eliminó todo vestigio de democracia o derechos sindicales. Hitler liquidó al movimiento obrero y todo resquicio de democracia, antes de cometer el mayor genocidio planificado de la historia.

No hay que restar gravedad a nuestra situación actual, pero equipararla con el fascismo es una banalización de lo que éste representa.

¿España se vuelve fascista?

Voces muy diversas argumentan que el Estado español se está convirtiendo en fascista, pero la deriva autoritaria actual es un paso más en una dinámica ya existente. Si el Estado español sólo se vuelve fascista ahora, ¿qué explica la censura y la represión política aplicadas contra la izquierda abertzale durante tantos años? Los partidos prohibidos, las publicaciones cerradas, los y las activistas p0líticas encarceladas y a menudo torturadas… ¿no cuentan para nada? ¿La represión estatal sólo es fascista cuando afecta a Catalunya?

Así que pasamos a la versión dos del argumento.

“El franquismo nunca se fue”

Según esta visión, la transición fue no sólo limitada, sino un fraude completo; el régimen fascista se disfrazó pero en lo esencial se mantuvo. Tristemente, parece haber motivos para pensarlo: antes de morir, Franco intentó dejarlo todo “atado y bien atado”. Sin embargo, no se puede argumentar que el sistema político de los años 80 en adelante fuese lo mismo que el franquismo. Recordemos las cifras citadas arriba: bajo el fascismo la represión tenía un alcance cualitativamente mayor al que se produce bajo la “democracia real” de hoy. Las magníficas luchas de la transición sí lograron mejoras.

¿Cómo, entonces, debemos entender abusos como los GAL y el resto de la represión contra el movimiento abertzale? La verdad es que abusos así no se limitan al Estado español. No hay ningún país del mundo que realmente respete los derechos humanos o que tenga una democracia realmente completa.

Spain no es tan diferente

En 1961, la policía de París reprimió brutalmente una gran manifestación por la independencia de Argelia. Unas 200 personas murieron y 11.500 fueron detenidas.

El domingo 30 de enero de 1972, el Domingo Sangriento (Bloody Sunday), el ejército británico atacó con fuego real una manifestación por los derechos civiles en el norte de Irlanda. Mataron a 14 personas e hirieron a más de treinta.

Cada año la policía de EEUU mata a centenares de personas, muchas de ellas negras. La administración de Obama deportó a más de 2,5 millones de personas como “inmigrantes ilegales”.

En Suecia, una “socialdemocracia modélica”, se practicó la eugenesia, con decenas de miles de mujeres esterilizadas bajo un programa de pureza racial aplicado por el Estado hasta 1976.

Si se incluyen las guerras, invasiones, ocupaciones… las cifras de víctimas mortales suben exponencialmente. Y si hablamos de los controles de fronteras, 15.000 personas murieron intentando cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa entre 2014 y 2017.

Si se mantiene que el Estado español es fascista, todos los estados lo son.

¿Restos del franquismo?

En un momento volveremos a discutir la utilidad de tildar a cada estado de fascista. Antes consideremos otro aspecto de la cuestión. ¿La mala calidad democrática del Estado español se debe a su herencia franquista?

Como hemos visto, cada estado capitalista es brutal y antidemocrático cuando sus intereses lo requieren; el capitalismo honrable y respetuoso con los derechos humanos no existe.

Pero la forma específica adoptada por estos abusos varía en función de la historia específica del país. En el Estado español se expresan en la forma de reliquias del franquismo. En Gran Bretaña, reflejan restos de la monarquía y su pasado imperial. En Alemania se pueden notar ecos del pasado nazi. En Francia, la represión puede reflejar el jacobinismo.

Lo importante no es la forma en la que se expresa la represión, sino la base. Vivimos en estados capitalistas, en un mundo capitalista. Gracias a muchas luchas, hemos conseguido cierta democracia, ciertos derechos, pero en el fondo, son estados que actúan en interés de una minoría, la burguesía. Cuando así lo requieren sus intereses, estos estados pisarán la democracia, y su manera de hacerlo dependerá de cada caso. Pero esto no significa que Gran Bretaña sea una monarquía absolutista, ni que el Estado español sea franquista.

¿Nuestro objetivo es el capitalismo perfecto?

Si creemos que es posible un capitalismo perfecto y democrático —sin opresión y con respeto escrupuloso hacia los derechos humanos— esto tiene repercusiones políticas muy importantes. Si lo que estamos viviendo en Catalunya es una desviación de la norma de la democracia burguesa, la conclusión lógica es que lo que toca es restablecer el funcionamiento normal del sistema.

En cambio, si lo que estamos viviendo es una cara de la propia democracia burguesa, es decir, de la versión de la democracia compatible con el capitalismo, entonces el objetivo final tiene que ser más ambicioso.

“Todo es fascismo” la última vez

A partir de 1928, los partidos comunistas del mundo, siguiendo la línea marcada por Moscú, argumentaron que Europa entera estaba en manos del fascismo. Italia sí estaba controlada por el fascismo de Mussolini. Pero en Alemania aún mandaban los cristianodemócratas y socialdemócratas; la teoría estalinista simplemente los tachaba de fascistas y en el caso del Partido Socialdemócrata Alemán, el SPD, de “social fascistas”.

Hubo brutalidad policial en Alemania antes de Hitler y el estado central —en manos de la derecha conservadora— incluso disolvió el gobierno regional de Prusia. Pero el nazismo fue cualitativamente peor: la destrucción total del movimiento obrero y de la democracia; el Holocausto…

El hecho de tildar al SPD de fascista imposibilitó una lucha unitaria contra el nazismo. En todo caso, cuando Hitler tomó el poder, el partido comunista alemán no le dio importancia, dado que “ya vivimos bajo el fascismo”.

No debemos repetir su terrible error.

Nos quedamos sin adjetivos… y estrategias

Si ponemos la etiqueta “fascista” a actos represivos como los que hemos vivido, no seremos capaces de ver los peligros que existen más allá de esta represión. Esto va ligado a otro error; el de quitar importancia a los grupos fascistas, porque el “fascismo estatal” es peor.

Al tachar de fascismo lo que es realmente una deriva autoritaria de la “democracia burguesa”, se invisibiliza y se quita importancia al fascismo real. Ya es hora de especificar un poco más este fascismo real.

El fascismo es un crimen contra la humanidad en potencia

El fascismo es camaleónico y carroñero: aprovecha los argumentos —y los odios— que encuentra a su alrededor. En los años 30, el fascismo era sobre todo antisemita; hoy, suele esconder su antisemitismo y promueve la islamofobia. No sirven las definiciones del fascismo basadas en listas de puntos programáticos.

Robert Paxton, en su libro Anatomía del fascismo, adopta otra estrategia. Lo define como una práctica organizativa:

“El fascismo puede definirse como una forma de comportamiento político marcada por la obsesiva preocupación por el declive, humillación o victimismo de la comunidad, así como por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza, en los que un partido de masas o un conjunto de militantes nacionalistas comprometidos, trabajando en difícil pero efectiva colaboración con las élites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue, con redentora violencia y sin restricciones éticas o legales, metas de limpieza interna y expansión externa.”

Su definición señala varios puntos clave.

Aún reconociendo que hay ideas que se asocian al fascismo son las acciones las que lo definen; el fascismo no consiste meramente en actitudes.

Al hablar de su “colaboración con las élites tradicionales”, deja claro que son cosas distintas. El fascismo se construye como un movimiento independiente del conjunto de la burguesía; sólo más tarde y en circunstancias extremas se convierte en su socio.

Finalmente, con el fascismo se acaban las libertades democráticas y se actúa sin restricciones éticas o legales. La democracia burguesa infringe las libertades, pero el fascismo no permite ningún vestigio de democracia, en ninguna parte.

La especificidad del fascismo en la práctica

Durante los últimos meses han aumentado las agresiones fascistas. Con pocas excepciones, la movilización en contra del fascismo ha sido limitada. El argumento de que ya vivimos bajo el fascismo no ayuda a frenar la represión, pero sí contribuye a restar importancia a las acciones y el crecimiento de los grupos de extrema derecha.

Conlleva otras confusiones. En algunas manifestaciones contra el fascismo en Barcelona, la policía se ha colocado entre los fascistas y nuestra manifestación y a veces nos han protegido (un poco, no exageremos). ¿Esto significa que un grupo de fascistas —la policía— nos protegió contra otro grupo de fascistas? Si hay una comisaría de policía en el barrio, ¿es lo mismo que tener un centro neonazi? El argumento de que vivimos en un estado fascista puede sonar convincente en el abstracto, pero en el mundo real sólo lleva a la confusión.

Si queremos combatir el fascismo, necesitamos saber qué es y qué no es.

La lucha contra el fascismo y la lucha contra el capitalismo

Hay que distinguir muy bien entre lo que es fascismo y lo que no. Y ante el fascismo, hace falta una lucha unitaria, como la impulsada en Catalunya por Unitat Contra el Feixisme i el Racisme (un movimiento que necesita urgentemente fortalecerse).

Entonces, ¿no decimos nada sobre los otros problemas? En absoluto. Una izquierda consecuente debe participar en muchas luchas, con las estrategias apropiadas para cada caso. La lucha por el derecho a decidir del pueblo catalán; la lucha contra los recortes sociales y el neoliberalismo; la lucha contra la opresión de las mujeres… hay muchos frentes.

Y, no lo olvidemos, hace falta luchar para acabar completamente con el capitalismo. Como se ha dicho antes, si la represión que estamos viviendo forma parte de la democracia burguesa, entonces para conseguir una democracia real debemos superar el capitalismo. Mucha gente ya no cree que esto sea posible, dado que todas las soluciones desde arriba —la socialdemocracia; modelos como la URSS, China, Cuba, Nicaragua, Venezuela…; Syriza y Podemos…— han fracasado. Pero un cambio fundamental sí que es posible, mediante la revolución socialista desde abajo y la autoorganización. Aquí no entraremos en detalles.

En todo caso, ahora mismo, la lucha por la revolución socialista es cosa de pequeñas minorías. Marx21 pretende agrupar a las personas que comparten este objetivo. Pero si queremos tener alguna posibilidad de realizar un cambio fundamental, debemos avanzar en las luchas reales de cada día. Para avanzar en estas luchas necesitamos estrategias que funcionen. En esto, debemos aprender de nuestra historia.

Aquí se ha demostrado que la idea de que “todo es fascismo” no es nada nueva; ha surgido antes con resultados terribles. Una de las funciones de un grupo revolucionario real es recuperar las experiencias y lecciones de dos siglos de lucha obrera y aplicarlas al momento actual. Sería desastroso negarse a aprender de ellas y repetir, otra vez, las tragedias del pasado.

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