La muerte de Fidel Castro

John Molyneux

De Socialist Worker (Irlanda), 26-11-2016

En català

Millones de activistas radicales, izquierdistas, socialistas y antiimperialistas de todo el mundo se sentirán entristecidos por el anuncio de la muerte del líder de la revolución cubana, Fidel Castro, a la edad de 90 años. Evidentemente, lo echarán de menos especialmente en América Latina, África y otras partes del “tercer mundo” que se identificaban con su desafío al imperialismo estadounidense.

La historia de la revolución cubana y la de sus dos líderes principales, Castro y Che Guevara, es a la vez romántica y genuinamente heroica. Un grupo de sólo 82 guerrilleros, encabezados por Fidel, navegó en un pequeño bote, el Granma, desde el este de México, y desembarcó en la costa de Cuba el 2 de diciembre de 1956. Inmediatamente fueron atacados por la fuerza aérea cubana, sufrieron numerosas bajas y fueron dispersados. Cuando finalmente se reagruparon en las montañas de Sierra Maestra, su número había quedado reducido a 12. Sin embargo, dos años más tarde, en enero de 1959, Batista, el corrupto y brutal dictador, huyó de Cuba y el ejército revolucionario de Castro entró triunfal en La Habana.

Al principio Castro y su movimiento eran nacionalistas democráticos, no socialistas o comunistas, pero la hostilidad de la vieja clase dominante cubana y el imperialismo estadounidense empujaron a Castro y Cuba a la nacionalización de varias industrias y a entrar en la órbita soviética. En 1961 Castro anunció que la revolución cubana era socialista.

Esta historia de por sí sola bastaba para inspirar a millones de personas en la época de la revuelta antiimperialista alrededor del mundo, la guerra de Vietnam y las luchas de los años sesenta. Pero otros dos logros aseguraron el estatus de Castro. Primero la supervivencia de su gobierno y de su régimen frente a cincuenta años de presión incesante por parte de Estados Unidos: presiones que abarcan desde la intervención militar en Playa Girón en 1961 e intentos de asesinatos de la CIA, hasta embargos económicos y prohibiciones de viajes. En segundo lugar, el establecimiento en Cuba de una sanidad y educación públicas, en marcado contraste con otros Estados del Caribe y América Latina y, de hecho, con Estados Unidos mismo.

Sin embargo, hubo serios problemas, desde su comienzo, tanto en la propia revolución cubana como en el régimen revolucionario del país.

Tanto para la gente socialista, como para el propio Marx, la revolución socialista es el acto de la propia clase obrera, es un proceso de autoemancipación en el que la gente trabajadora toma el control de la sociedad y la dirige democráticamente para conseguir sus propios intereses. Esto no sucedió en Cuba. Más bien, el pequeño ejército guerrillero de Castro actuó “en nombre del pueblo” y estableció, junto con el antiguo Partido Comunista de Cuba, su gobierno desde arriba. Esto se convirtió —y así ha permanecido— en un Estado de partido único sin democracia real y con muy poca libertad política. Era capitalismo de Estado más que una sociedad socialista real.

También hay que tener presente el grave problema del aislamiento de la revolución cubana y su dependencia de la URSS. En este estado de sitio, Cuba permaneció atrapada en la pobreza e incapaz de desarrollarse eficazmente. Y cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, su apoyo a Cuba desapareció y la economía cubana se hundió en una crisis a la que apenas sobrevivió y de la que nunca se recuperó completamente. Esto la empujó a una política de acercamiento a Estados Unidos y al capitalismo occidental.

Una vez más, los y las socialistas, comenzando por Marx, siempre han comprendido que mientras una revolución puede comenzar en un país, la construcción exitosa del socialismo tiene que ser internacional: la revolución tiene que extenderse a otros países. La idea de construir el socialismo en un solo país fue un invento de Stalin en 1924 que le sirvió para legitimar el establecimiento de su propia dictadura.

El camarada de Castro, el Che Guevara, comprendió la necesidad de extender la revolución cubana y, con gran heroísmo, emprendió esta tarea. Pero el intento fracasó. El método de Guevara era intentar repetir en Bolivia la lucha guerrillera en los montes que había triunfado en Cuba. Pero Estados Unidos, que al principio pensó que podía trabajar con Castro y no se movilizó para derrotar a su movimiento en sus primeras etapas, no repitió el mismo error en Bolivia o en cualquier otra parte de América Latina donde se iniciaron luchas guerrilleras. El Che fue capturado y asesinado en 1967 y no se repitió la victoria cubana. En consecuencia, Cuba permaneció aislada y empobrecida.

Hoy en día, los partidarios acríticos de Cuba y los que adoran a Castro culparán de estos problemas a Estados Unidos, lo cual es justo, y comparan favorablemente Cuba con sus vecinos de Haití y Jamaica, etc., lo que también es razonable. Pero también tienden a cerrar los ojos ante la falta de democracia y libertad política, ante la opresión durante años de las personas LGBTI, ante las divisiones de clase y la desigualdad y ante el creciente entendimiento con Estados Unidos. Ésta es una actitud equivocada.

Hoy las y los socialistas en todo el mundo podemos reconocer los logros de Castro, y al mismo tiempo explicar que tenemos una concepción muy diferente del socialismo; lo vemos como una democracia popular real de igualdad y libertad, basada en el control obrero de los centros de trabajo y las comunidades.

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