Marxismo y cuestión nacional

Alex Callinicos

Alex Callinicos es militante del Socialist Workers Party (SWP), organización hermana de Marx21 en Gran Bretaña; escribe habitualmente en su semanario, Socialist Worker.

Es catedrático de teoría política en el King’s College de Londres.

Sus publicaciones en castellano incluyen los folletos disponibles en esta web, Racismo y Clase y Estados Unidos: Imperialismo y guerra, además de los libros Un manifiesto anticapitalista, Contra el postmodernismo y Los nuevos mandarines del poder americano.

Este texto se publicó originalmente en inglés en 1987. Primera edición en castellano: noviembre de 1995, publicado por el grupo, Socialismo Internacional, un antecesor de Marx21.


Índice

La cuestión nacional

¿Cómo han respondido los marxistas al nacionalismo?

La cuestión nacional y la Primera Guerra Mundial

¿Cuál es su relevancia hoy?


La cuestión nacional

Vivimos en un mundo de guerras y revoluciones. Pero los que participan en esos conflictos justifican habitualmente sus acciones en términos, no de clase, sino de nación. El nacionalismo ha reemplazado a la religión organizada como la ideología dominante más importante. Sin embargo, hay muchos tipos diferentes de nacionalismo. Hay un nacionalismo de viejos Estados imperialistas, con minorías dentro de ellos, como los escoceses o el nacionalismo vasco. Hay un nacionalismo de luchas de liberación contra el imperialismo —en Irlanda, Sudáfrica, El Salvador, por ejemplo—, y de regímenes como Irán, retóricamente antiimperialista, brutalmente represivo internamente. Hay un nacionalismo de campañas comunalistas, como el de la India a favor de un Estado Sikh separado.

Frente a esta desconcertante variedad de nacionalismos, ¿cómo deben actuar los revolucionarios socialistas? El fracaso en responder adecuadamente al nacionalismo ha conducido a menudo en el pasado al desastre a la izquierda. ¿Ofrece el marxismo una guía correcta para tratar con los problemas planteados por la cuestión nacional?

Las fundaciones teóricas del marxismo son radicalmente diferentes de las de cualquier ideología nacionalista. Para el marxismo, el motor de la historia es la lucha de clases. Esto significa que el conflicto en la sociedad moderna se produce entre la clase trabajadora internacional y la clase capitalista internacional. Las divisiones nacionalistas son secundarias en comparación con la lucha de clases, y constituyen simplemente una de las formas en las que se presenta esa lucha. “Los trabajadores no tienen patria”, afirma el Manifiesto Comunista.

Lo contrario es cierto para el nacionalismo, que ve el mundo dividido, no en clases, sino en naciones. La lucha de clases representa la gran amenaza para todas las formas de nacionalismo, desde el fascismo al nacionalismo “de izquierda” declarado por muchos regímenes del Tercer Mundo, porque pone en peligro la unidad de la nación al sacrificar el “interés nacional” en el altar de los intereses “egoístas” de una parte de la nación. Dependiendo de qué clase se identifica como la amenaza al interés nacional (los “monopolistas” o los “obreros codiciosos”), el nacionalismo puede tomar un aspecto más o menos reaccionario. Sin embargo, continúa siendo nacionalismo, una ideología que antepone la nación a la clase.

El marxismo no difiere del nacionalismo únicamente en sus bases teóricas. Su estrategia revolucionaria es internacionalista. Para Marx y Engels la tarea histórica del capitalismo ha sido la creación de una economía mundial integrada por economías nacionales. La internacionalización de las fuerzas productivas mundiales constituye el prerrequisito objetivo para el establecimiento del comunismo.

En un famoso pasaje de La ideología alemana Marx y Engels rechazan explícitamente la posibilidad de la construcción del socialismo en un sólo país:

“Este desarrollo de las fuerzas productivas [a escala mundial] es una premisa parcial absolutamente necesaria, porque sin ella la privación, la carencia, es meramente generalizada, y con la carencia la lucha por las necesidades comenzará de nuevo, y todos los sucios negocios serán necesariamente restablecidos.”

Por lo tanto, para que una revolución socialista tenga éxito debe ser internacional. Reconociendo este hecho los Bolcheviques, cuando lideraron la toma del poder de la clase trabajadora en Octubre de 1917, vieron la extensión de la revolución en la Europa Occidental como esencial para la supervivencia del Estado soviético.

Lenin y los Bolcheviques por lo tanto tomaron la iniciativa de fundar la Internacional Comunista en 1919. Los estatutos de la Comintern (adoptados por su segundo congreso en 1920) declaran:

“La nueva asociación internacional de trabajadores se establece para organizar la acción conjunta del proletariado de los distintos países en torno a un objetivo: el derrocamiento del capitalismo, el establecimiento de una dictadura del proletariado y de una República Soviética internacional que abolirá completamente todas las clases y hará realidad el socialismo, primera etapa de la sociedad comunista.”

¿Cómo, entonces, los socialistas internacionalistas se relacionan con un mundo dividido en Estados nacionales? Para algunos que incluso se consideran marxistas, hemos fracasado en el tratamiento, tanto teórico como práctico, del fenómeno nacionalista, y este fracaso constituye la gran debilidad histórica del marxismo.

Hay una cierta tendencia en algunos escritos de Marx y Engels a considerar las divisiones nacionales como un fenómeno llamado a desaparecer con el desarrollo del capitalismo. La formación de los Estados nacionales es vista por ellos como consustancial a la creación del mercado interno, sin el cual la dominación económica del capitalismo es imposible. No obstante, en el Manifiesto Comunista escriben:

“El aislamiento nacional y los antagonismos entre los pueblos desaparecen de día en día con el desarrollo de la burguesía, la libertad de comercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de existencia que le corresponden.”

Son sólo breves alusiones en los trabajos de Marx y Engels. Fue Kautsky, el “Papa” del marxismo ortodoxo en el periodo de la Segunda Internacional (1989-1914), quien generalizó esas apreciaciones en una teoría que postulaba el desarrollo del capitalismo como un sistema mundial que minaría gradualmente la existencia de estados nacionales separados. En 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, Kautsky desarrolló el concepto de “ultraimperialismo”, próximo estadio del desarrollo capitalista, en el cual los países industriales avanzados formarían un consorcio internacional y sentarían las bases para un Estado capitalista mundial, tornando innecesarios los conflictos entre naciones.

Sin embargo, en realidad el desarrollo del capitalismo a escala mundial ha agudizado, no debilitado, las divisiones nacionales. La creación de una economía capitalista mundial a finales del siglo XIX tomó la forma del imperialismo -la dominación del resto del mundo por parte de unos pocos estados capitalistas avanzados-. El imperialismo tenía algunas consecuencias para la cuestión nacional.

En primer lugar, en los países capitalistas avanzados el imperialismo ha supuesto una tendencia hacia el capitalismo de estado -esto es, una tendencia del Estado y el gran capital a fundirse en un único complejo económico integrado-. El resultado de esta tendencia es que los conflictos entre capitales en competencia a menudo toman la forma de confrontaciones entre diferentes estados nacionales. Durante el periodo del imperialismo “clásico”, de 1890 a 1940, la lucha económica entre los poderes imperialistas por una división territorial más favorable llevó dos veces a una guerra mundial.

Conectado con la tendencia hacia el capitalismo de estado en los países avanzados está el desarrollo en los movimientos obreros de esos países de burocracias reformistas que ven sus intereses estrechamente vinculados a los de sus propios estados capitalistas. De esta manera la ideología del interés nacional cuaja entre los trabajadores de los países avanzados.

En tercer lugar, en los países “atrasados” del Tercer Mundo explotado y oprimido por el imperialismo, su integración en el sistema capitalista internacional da lugar a profundos movimientos nacionales. Para los obreros y campesinos de esos países la rebelión contra el imperialismo casi invariablemente toma la forma del nacionalismo.

Finalmente, la pasada generación ha visto la emergencia de un número de grandes centros de acumulación de capital -los países de nueva industrialización (PNIs) del Tercer Mundo, como Brasil o Corea del Sur-. Las clases dominantes de estos países no son meros clientes o compradores del imperialismo occidental, sino que tienen sus propios intereses y la habilidad para defender esos intereses contra los poderes metropolitanos -y contra otros PNIs-. Este cambio económico ha llevado al surgimiento del “sub-imperialismo” -PNIs que buscan llegar a ser el poder hegemónico en una región particular-. En algunos casos no tienen rivales serios, por ejemplo, India o Sudáfrica; en otros sí, lo cual conduce a la competición militar (como con Grecia y Turquía) y algunas veces a guerras (como la guerra del Golfo entre Irán e Iraq). El modelo de conflicto inter-imperialista que condujo a dos guerras mundiales está reproduciéndose a menor escala en varias partes del mundo.

A través de esas cuatro vías -la tendencia hacia el capitalismo de estado, la influencia del reformismo nacional entre los movimientos obreros de los países capitalistas avanzados, las luchas de liberación nacional y los sub-imperialismos del “Tercer Mundo”- el nacionalismo es endémico en el capitalismo moderno.

¿Cómo han respondido los marxistas al nacionalismo?

Los debates más importantes sobre la cuestión nacional tomaron como punto de partida los problemas planteados a los socialistas por los dos grandes imperios multinacionales que dominaron Europa central y oriental antes de la Primera Guerra Mundial, Rusia y Austria-Hungría.

En el caso del imperio zarista, “la cárcel de naciones”, en la que los Grandes Rusos constituían una minoría privilegiada, la cuestión nacional más importante era Polonia. Polonia había sido dividida entre sus vecinos -Prusia, Rusia y Austria- en el siglo XVIII. La zona más extensa del país, el reino de Polonia, se encontraba bajo dominio ruso. Una serie de insurrecciones heroicas contra la dominación extranjera habían convertido a Polonia en el equivalente a Vietnam para los radicales y socialistas europeos del siglo XIX. Marx y Engels apoyaban abiertamente la independencia polaca.

Con el desarrollo de la industria, y con la consiguiente emergencia de una clase trabajadora urbana en Polonia, el liderazgo del movimiento nacional pasó de las manos de la nobleza tradicional y los burgueses radicales a los socialistas. Sin embargo, surgieron grandes diferencias.

El Partido Socialista Polaco (PPS) adoptó una posición esencialmente nacionalista. De acuerdo con el PPS, la lucha por la independencia nacional tenía prioridad sobre cualquier otra. La lucha de los trabajadores polacos por su propia emancipación era una desviación de la lucha nacional que amenazaba con romper la unidad nacional del pueblo polaco. El PPS se opuso incluso a que los trabajadores polacos participaran en huelgas de masas durante la revolución rusa de 1905.

La posición es sorprendentemente similar a la mantenida por diversos movimientos nacionalistas en el Tercer Mundo actualmente; por ejemplo, el Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), que prohibe las huelgas y los objetivos socialistas por amenazar la “unidad nacional”.

El social-patriotismo del PPS fue desafiado por el grupo de socialistas revolucionarios encabezado por Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches, la Social Democracia del Reino de Polonia y Lituania (SDKPiL). Luxemburgo no se limitó a mostrar como el nacionalismo del PPS amenazaba la unidad de los trabajadores rusos y polacos. También argumentó que la demanda de independencia nacional para Polonia era obsoleta y reaccionaria.

En un primer momento, su argumento se basaba en el análisis de la formación social polaca desarrollado en su tesis doctoral, El desarrollo industrial de Polonia, donde demostraba que la evolución del capitalismo industrial en Rusia y Polonia llevaba a la creación de un único organismo económico que unía ambos países. Como resultado, ni la burguesía polaca ni la clase trabajadora polaca tenía interés en la independencia nacional -la primera porque dependía de los mercados rusos, la segunda porque compartía un enemigo común con los obreros rusos-. Sólo la pequeña burguesía, la principal base del PPS, continuaba abrigando sueños utópicos sobre la independencia nacional. Luxemburgo concluía su tesis con estas palabras:

“La fusión capitalista de Polonia y Rusia conduce a un resultado final, inadvertido tanto para el gobierno ruso como para la burguesía y los nacionalistas polacos: la unión del proletariado polaco y ruso para formar el futuro enterrador… primero del dominio del zarismo ruso y después del capitalismo ruso-polaco.”

Luxemburgo posteriormente pasó de una crítica del nacionalismo polaco a una oposición general a la consigna de independencia nacional. En una serie de artículos titulados La cuestión nacional y la autonomía, argüía que la formación de una economía capitalista mundial había destrozado las bases materiales para la independencia nacional. Ella concluía:

“El retorno a un objetivo que consiste en dividir todos los estados existentes en unidades nacionales y limitar sus relaciones a las de pequeños estados nacionales es una empresa reaccionaria y sin esperanza alguna.”

Una posición muy diferente fue desarrollada por Marxistas en el imperio austro-húngaro. Este destartalado estado multinacional abarcaba la actual Austria, Hungría, Checoslovaquia y gran parte de Yugoslavia, y estaba atravesado por tensiones nacionales entre los grupos dominantes -los alemanes y los magiares- y las diversas nacionalidades eslavas oprimidas. Estas tensiones afectaban al mismo movimiento obrero.

La escuela teórica que dominó el Partido Socialdemócrata Austríaco (SPÖ), los austro-marxistas, estaba preocupada, como Luxemburgo, por mantener la unidad del movimiento obrero. Sin embargo, esto les llevó a querer prevenir la fragmentación del Estado Habsburgo. Postulaba que ello podía lograrse mediante ciertas reformas -en particular, la cesión de autonomía política y cultural a los diferentes grupos nacionales del imperio, pero sin garantizarles el derecho a la autodeterminación-.

Hay una cierta similitud entre los austro-marxistas y los oponentes de la devolución en la izquierda británica que declaran preservar la unidad de la clase trabajadora británica al defender la integridad del estado imperialista británico. Igualmente los austro-marxistas buscan calmar las tensiones nacionales en el movimiento obrero reformando la estructura del Estado cuasi-absoluto austro-húngaro.

Las bases teóricas de la posición austromarxista fueron proporcionadas por uno de sus principales pensadores, Otto Bauer, en un gran estudio, Socialdemocracia y cuestión nacional. En este libro interpretaba el nacionalismo como un fenómeno primariamente cultural (“la nación”, escribía, “es la totalidad de los hombres unidos por un destino común en una comunidad de carácter”). Así, la cuestión nacional era para Bauer un problema de cómo una comunidad cultural genuina podría ser creada por la victoria del socialismo, la manera en que la clase trabajadora asumiría la cultura heredada de la sociedad capitalista. El problema político de la lucha contra la opresión nacional era ignorado.

Como el historiador marxista Raimund Loew señaló, “Esta posición expresaba un doble oportunismo frente a los Habsburgos y las tendencias nacionales. Al margen de la misma casa gobernante, los Social Demócratas constituían el único factor político internacional del imperio. Su oposición a las tendencias nacionalistas centrífugas en nombre de una política de reforma social y política pacífica les llevó a un cierta convergencia objetiva de intereses con el gobierno”. Al mismo tiempo, el apoyo del SPÖ a la “autonomía cultural nacional” se combinó con “la ideología… de acuerdo con la cual el internacionalismo permitía a los trabajadores de cada nación ser nacionalistas, en la medida que garantizaran el mismo derecho a los trabajadores de otras naciones… la promoción resultante de las diferencias entre los trabajadores de diferentes partes de Austria no podía sino minar la unidad política del proletariado”. Al estallar la Primera Guerra Mundial, cuando el SPÖ apoyó la monarquía, había partidos socialdemócratas y movimientos sindicales checos y alemanes separados.

La cuestión nacional y la Primera Guerra Mundial

El debate sobre la cuestión nacional se agudizó con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. La segunda internacional se desintegró bajo el impacto de la guerra, con una fuerte polarización sobre la cuestión nacional entre dos posiciones radicalmente opuestas.

Por una parte se encontraban los abiertamente social-patriotas, como Noske, Ebert y Scheidemann en el Partido Socialdemócrata Alemán, que apoyaban sin reservas el nacionalismo de su propia clase dominante. Por otra, se desarrolló una izquierda radical que seguía a Rosa Luxemburgo tanto en su resuelta oposición a la guerra imperialista como en su rechazo a la consigna de independencia nacional como históricamente reaccionaria. Este grupo incluía a los que, como Josef Strasser y Anton Pannekoek se habían opuesto a la posición de Bauer en los años prebélicos y que llegarían, como Hermann Gorter, a ser dirigentes de los comunistas “de izquierda” en Alemania después de 1918, de la misma manera que bolcheviques como Bukharin y Piatakov. (Es necesario enfatizar que Luxemburgo no era, excepto en su posición sobre la cuestión nacional, una comunista “de izquierda”.)

Lenin adoptó una posición radicalmente distinta. Apoyaba la demanda de autodeterminación nacional, pero como parte de la lucha contra el imperialismo.

Lo hizo fundamentalmente porque creía que ganar el apoyo de los trabajadores de los países imperialistas a la autodeterminación de las nacionales oprimidas, incluido el derecho a la secesión, era una precondición esencial para romper la influencia de las ideas socialpatriotas y chauvinistas sobre sus mentes. Lenin escribía:

“En la educación internacionalista de los trabajadores de los países opresores, el énfasis debe ser puesto necesariamente en la defensa de la libertad de los países oprimidos a la secesión y de su lucha por ella”.

Este argumento era esencialmente una generalización de las razones que Marx había dado sobre el apoyo de la Primera Internacional a la independencia irlandesa. Él había escrito en 1870:

“Cada centro industrial y comercial en Inglaterra posee ahora una clase trabajadora dividida en dos campos hostiles, los proletarios ingleses y los proletarios irlandeses. El vulgar obrero inglés odia al obrero irlandés como un competidor que reduce su nivel de vida. En relación con los trabajadores irlandeses se siente miembro de la nación dominante y así se convierte él mismo en una herramienta de los aristócratas y los capitalistas de su país contra Irlanda, fortaleciendo de este modo su dominación sobre sí mismo. Abriga prejuicios religiosos, sociales y nacionales contra el trabajador irlandés. Su actitud hacia él es similar a la de los ‘pobres blancos’ respecto a los negros en las antiguos estados esclavistas de EEUU. El irlandés le paga con intereses en la misma moneda. Ve en el trabajador inglés el cómplice y la estúpida marioneta del gobierno inglés en Irlanda.

“Este antagonismo es sustentado artificialmente e intensificado por la prensa, el púlpito, los comics, en pocas palabras, por todos los medios a disposición de las clases dirigentes. Este antagonismo es el secreto de la impotencia de la clase trabajadora inglesa, a pesar de su organización. Es el secreto que mantiene a la clase capitalista en el poder. Y esa clase es muy consciente de ello.”

Los socialistas británicos tenían por lo tanto, decía Marx, que apoyar la independencia irlandesa como parte de la lucha por la unidad de la misma clase trabajadora británica. Cincuenta años más tarde, en un mundo donde el imperialismo había convertido las divisiones analizadas por Marx en Gran Bretaña en un fenómeno global, Lenin amplió este argumento a una defensa general del derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas.

Pero el apoyo a la autodeterminación nacional era más que una forma de combatir al socialpatriotismo en los países capitalistas avanzados. Lenin vio esta posición como una parte de su estrategia para levantar a las masas coloniales contra el imperialismo. En este punto Lenin rompía radicalmente con el pasado. Durante los debates en la Segunda Internacional la cuestión nacional fue tratada como un problema esencialmente europeo. Las colonias eran un asunto aparte, y en la Internacional algunos argumentaban que tras la victoria del socialismo en los países capitalistas avanzados, éstos continuarían ejerciendo el mando sobre sus imperios coloniales para elevar a los “bárbaros” de África, Asia y Latinoamérica al nivel de la “civilización”.

Después de Lenin todo esto cambió. La Revolución Rusa misma desafió los esquemas evolucionistas construidos por los teóricos de la Segunda Internacional -mostrando que la clase trabajadora podía tomar el poder en un país relativamente atrasado antes de que los trabajadores de Alemania o Gran Bretaña hubieran derribado a sus capitalistas-. Para Lenin las masas coloniales no constituían un problema, sino una fuerza que debía ser ganada para la lucha contra el capitalismo y el imperialismo. La cuestión nacional estaba ligada irrevocablemente a la lucha contra el imperialismo, en los debates del Segundo Congreso de la Tercera Internacional (o Comintern) se denominaba como “la Cuestión Nacional y Colonial“. En palabras de Trotsky:

“Lo que caracteriza al Bolchevismo respecto a la cuestión nacional es que en su actitud hacia las naciones oprimidas, incluso las más atrasadas, les considera no sólo objetos, sino también sujetos de la política.”

En contra de los revolucionarios que veían a las luchas nacionales como una desviación de la lucha de clases, Lenin escribía (coincidiendo con el Levantamiento de Pascua de Dublín de 1916):

“Imaginar que la revolución social es concebible sin revueltas de pequeñas naciones en las colonias y en Europa, sin explosiones revolucionarias de secciones de la pequeña burguesía con todos sus prejuicios, sin un movimientos de las masas proletarias y semiproletarias políticamente no conscientes contra la opresión de los terratenientes, la iglesia y la monarquía, contra la opresión nacional, etc., imaginar todo esto es rechazar la revolución social. Es pensar que un ejército se planta en un lado y dice ‘estamos por el socialismo’, en el lado contrario otro dice “estamos por el imperialismo” y eso es una revolución social. Quien espere una revolución social ‘pura’ nunca vivirá para verla.”

Esto implica que en la época del imperialismo las profundas rebeliones sociales adquirirán con frecuencia tintes nacionalistas y desarrollarán una posición anticapitalista.

Sin embargo, esta posición no representaba para Lenin el más mínimo compromiso con las ideologías nacionalistas. Él contemplaba el apoyo al derecho de autodeterminación nacional como un medio para lograr la unidad de la clase trabajadora internacional, no para destruirla.

Lenin fue cuidadoso, por tanto, en distinguir entre las tareas de los revolucionarios en las naciones opresoras y oprimidas. En las primeras los socialistas debían hacer campaña a favor del derecho de autodeterminación nacional, para contrarrestar la influencia del chauvinismo entre el movimiento obrero y como una demostración práctica de internacionalismo. En los países oprimidos, por otra parte, los revolucionarios debían combinar una firme oposición al imperialismo con un claro apoyo a la unidad internacional de la clase trabajadora. Esto último significa tanto una lucha política e ideológica contra los burgueses nacionalistas que buscan la subordinación de la lucha de clases a la lucha nacional como, en ciertos casos, una oposición al ejercicio del derecho de autodeterminación.

Desde este punto de vista, la posición de Luxemburgo sobre la independencia nacional de Polonia no era tanto errónea como unilateral. Ella tenía toda la razón en combatir, como revolucionaria polaca, el socialpatriotismo del PPS. Donde se equivocaba era en defender que los revolucionarios en los países opresores tenían que oponerse a la consigna de la independencia polaca. Era la clase trabajadora polaca la que debía decidir si quería formar su propio estado nacional -el deber de los trabajadores rusos y alemanes era apoyar el derecho a hacerlo-.

Esto no significa, sin embargo, que Lenin creyera que los revolucionarios en los países oprimidos debían oponerse siempre a los movimientos de autodeterminación nacional, dejando que los revolucionarios de los países opresores lo apoyaran. Tal posición hubiera significado que socialistas irlandeses como James Connolly se abstuvieran en la lucha contra el imperialismo británico. Cuando la aspiración a la independencia nacional se convierte en un foco para la lucha de masas contra la opresión, es deber de los revolucionarios involucrarse en la lucha y luchar por el liderazgo. Esto no implica la aceptación de la ideología nacionalista, ni siquiera nacionalista revolucionaria, sino más bien la aportación de una estrategia distintiva para lograr una autodeterminación nacional basada en métodos de lucha de la clase trabajadora.

Para Lenin, por lo tanto, el apoyo a los movimientos nacionales no suponía comprometer la independencia política y organizacional de los movimientos obreros de las naciones oprimidas. Las “Tesis sobre la cuestión nacional y colonial”, adoptadas por el Segundo Congreso de la Comintern en 1920 declaraban:

“Una lucha resuelta debe librarse contra los intentos de pintar a los movimientos revolucionarios de liberación de los países atrasados que no son genuinamente comunistas con colores comunistas. La Internacional Comunista tiene el deber de apoyar el movimiento revolucionario en las colonias y en los países atrasados únicamente con el objeto de agrupar a los elementos constitutivos de los futuros partidos proletarios -que serán verdaderamente comunistas, y no sólo en el nombre- en todos los países atrasados y concienciarles de su especial tarea, combatir la tendencia democrático-burguesa en su propia nación. La Internacional Comunista debería colaborar provisionalmente con el movimiento revolucionario de las colonias y los países atrasados, e incluso formar una alianza con él, pero no debería fusionarse con él; debe mantener incondicionalmente la independencia del movimiento proletario, aunque sólo sea en un estadio embrionario.”

La posición de Lenin, en consecuencia, no tenía nada en común con los diversos intentos de subordinar a la clase trabajadora a los movimientos de liberación interclasistas. Esos intentos, desde el Kuomintang en China en los años 20 al CNA en Sudáfrica hoy, han llevado a la eliminación de la oposición de izquierda dentro de los movimientos.

Fue Trotsky quien completó la posición leninista sobre la cuestión nacional desarrollando la teoría de la revolución permanente. De acuerdo con esta teoría, que adquirió su forma general y madura a raíz de la revolución china de 1925-27, la lucha en los países atrasados por la independencia nacional sólo podía tener éxito si la clase trabajadora asumía el liderazgo en la lucha, transformándola así en un lucha por el poder obrero y buscando la extensión de una revolución socialista victoriosa a otros países.

Esta posición reflejaba la comprensión de Trotsky de que el desarrollo de imperialismo había conducido a una situación en la cual los prerrequisitos objetivos para el socialismo existían, no en ningún país individual, sino a escala mundial, mientras que la inclusión de cada país en el sistema capitalista internacional implicaba que la genuina independencia nacional era imposible en tanto que ese sistema existiera. Trotsky no concluía, como Luxemburgo, que la lucha nacional era irrelevante y reaccionaria, sino que para que triunfara tenía que convertirse en una lucha por el poder obrero.

La importancia del tratamiento de Lenin sobre la cuestión nacional era doble. Primero, tomaba como punto de partida la existencia del imperialismo y buscaba desarrollar una estrategia revolucionaria adaptada a la dominación del capitalismo a escala mundial.

Segundo, era una teoría política. En este punto difería substancialmente de otras posiciones sobre la cuestión nacional. Tanto Kautsky como Luxemburgo veían los estados nacionales como el producto de un cierto estadio de la evolución de la economía capitalista. Kautsky sacó una conclusión reformista -los conflictos nacionales debían ser pacíficamente superados por un ulterior desarrollo del capitalismo.

Luxemburgo, en cambio, demostraba en La acumulación del Capital que los conflictos nacionales eran endémicos al capitalismo una vez que su dominio se había establecido a escala mundial y que esos conflictos contribuirían a un virtual colapso del capitalismo. Sin embargo, ella afirmaba que las bases económicas de independencia nacional habían sido minadas por el desarrollo del capitalismo y, en consecuencia, las luchas nacionales eran una desviación.

De nuevo, Bauer y los Austro-marxistas conceptuaban el nacionalismo como un problema básicamente cultural que debía ser tratado mediante la reorganización de las estructuras estatales existentes mientras se aguardaba la victoria del socialismo.

Lenin, por el contrario, consideraba al nacionalismo como un problema principalmente político; la lucha contra el socialpatriotismo en los países avanzados y la opresión nacional en los países oprimidos. Como Michel Löwy planteaba:

“desde un punto de vista metodológico, la superioridad fundamental de Lenin sobre la mayoría de sus contemporáneos reside en su capacidad para ‘dar primacía a lo político’, esto es, detectar y subrayar en cada problema, en cada contradicción, su aspecto político.”

Todas las demás teorías remarcaban aspectos económicos o ideológicos (significando culturales) de la cuestión nacional, mientras que Lenin los abordaba desde el punto de vista de su efecto sobre la lucha de la clase trabajadora por el poder político.

La comprensión de este punto nos permite entender por qué los marxistas que, partiendo a menudo directa o indirectamente del Marxismo y Cuestión Nacional de Stalin, buscan definir las naciones por medios de criterios económicos, geográficos o lingüísticos se equivocan fatalmente. Cuando, intentando aplicar la posición de Lenin sobre la cuestión nacional a la opresión racial sufrida por los negros en América, Trotsky argumentaba que “un criterio abstracto no es decisivo en esta cuestión [la ‘definición’ de nación]; mucho más decisiva es la conciencia histórica, sus sentimientos y sus impulsos”, destacaba que era la experiencia de opresión por un Estado particular la que producía conciencia nacional entre los oprimidos: “Nosotros no obligamos, por supuesto, a los negros a constituirse en nación; si ellos lo son, entonces es un asunto de su consciencia, eso es, lo que desean y por lo que se esfuerzan… la represión de los negros les empuja hacia una unidad política y nacional.”

¿Cuál es su relevancia hoy?

La posición marxista sobre la cuestión nacional, desarrollada sobre todo por Lenin, representa una respuesta a la realidad del capitalismo del siglo XX, y especialmente a los conflictos nacionales que alimenta.

En primer lugar, debemos siempre recordar que Lenin defendía el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas. Su punto de partida era la situación de un grupo empujado a reivindicar su propio Estado a causa de las desventajas que sufrían a manos del imperialismo directamente o a manos de la clase dominante del Estado que les gobernaba. Apoyar el derecho de tales grupos oprimidos a la autodeterminación no es lo mismo que apoyar cualquier aspiración a la independencia nacional. Algunas veces tales aspiraciones son alentadas por grupos que desean usar su propio estado como un medio de consolidar su dominación sobre otro grupo.

Hay, por lo tanto, una diferencia entre la aproximación de Lenin a la cuestión nacional y la defendida en los últimos años por Nigel Harris. Nigel ha argumentado, por ejemplo en Marxism 86, que “la voluntad de combatir al Estado existente sienta las bases del derecho de autodeterminación”. En otras palabras, cualquier grupo que lucha por su propio estado debe ser apoyado por los socialistas, incluso si, como los fundamentalistas Sikh del Punjab, su lucha no refleja ninguna historia de opresión nacional y toma la forma prioritaria de ataque a los hindúes, que constituyen la mitad de la población en el Punjab.

De acuerdo con el criterio de Nigel, los socialistas tendrían que haber defendido el derecho de autodeterminación de los Afrikaners en Sudáfrica o de los colonos judíos en Palestina. Ambos son grupos con alegaciones de opresión más plausibles que los Sikhs: los Afrikaners perdieron sus repúblicas independientes tras ser conquistados por el imperialismo británico mientras que los judíos, por supuesto, sufrieron persecuciones antisemitas, pogroms y el Holocausto. Pero la aspiración a la autodeterminación en estos casos significaba reclamar el derecho a utilizar el poder estatal como un medio de dominación sobre la mayoría oprimida -los negros sudafricanos y los árabes palestinos respectivamente-.

El apoyo de los revolucionarios al derecho de autodeterminación no es un principio abstracto, sino que nace de la lucha contra el imperialismo y está subordinado a las necesidades de esa lucha. Esto no extiende el apoyo a nacionalismos que pueden triunfar únicamente a través de la opresión de otros, fortaleciendo así al imperialismo, sino que lo limita a aquellos movimientos cuyas demandas de independencia nacional entran en conflicto con el imperialismo, y cuya victoria debilitará en consecuencia al imperialismo. El ejemplo clásico de tal lucha es el vietnamita, cuyo triunfo sobre el imperialismo americano dificulta todavía la intervención militar de EEUU en el “Tercer Mundo”.

Hay un número de esas luchas de liberación nacional antiimperialistas en el mundo hoy, a las cuales se puede aplicar claramente la posición de Lenin -el IRA provisional en Irlanda, el CNA en Sudáfrica, los sandinistas en Nicaragua. Nuestra posición ante tales luchas se resume en la consigna “apoyo incondicional pero no acrítico”-. Nuestro apoyo es incondicional porque deriva no de un acuerdo político con la ideología del movimiento nacional correspondiente, sino del hecho de su conflicto con el imperialismo. Trotsky apoyaba al régimen de Haile Selassie contra la invasión de Mussolini, a pesar del hecho de que la esclavitud todavía existía en Etiopía, porque la guerra se libraba entre un país semicolonial y el imperialismo italiano. Apoyamos al IRA no porque estemos de acuerdo con su política -nos oponemos al republicanismo irlandés como una forma de nacionalismo burgués-, sino porque luchan contra el imperialismo británico.

El apoyo a un movimiento nacional que está condicionado a un acuerdo político con su programa conduce fácilmente al oportunismo o al abstencionismo. La tendencia de la izquierda occidental ha sido con frecuencia dar una “coloración comunista” a los nacionalismos del “Tercer Mundo”, que han procedido a establecer estados capitalistas sobre la explotación de “sus” trabajadores y campesinos. El otro peligro es el de un rechazo sectario a apoyar a cualquier organización que no sea marxista. Por el contrario, nosotros apoyamos todas las luchas genuinamente antiimperialistas sin consideración a su política. Esto nos permite combinar una oposición de principio al imperialismo con una firme e implacable crítica de las políticas colaboracionistas de clase de los nacionalistas burgueses, sean el IRA, el CNA o cualquier otro movimiento.

Hay, no obstante, algunos casos más complejos. Por ejemplo, los problemas planteados por el ascenso de los movimientos nacionalistas en los estados europeos “históricos” -el nacionalismo escocés y galés en Gran Bretaña, el nacionalismo bretón y occitano en Francia, el nacionalismo catalán y vasco en España-. La emergencia de esos movimientos subraya el carácter artificial de incluso los estados nacionales más antiguos -las naciones no reflejan identidad “natural” alguna, sino que se forman la mayoría de las veces a través de violentos procesos que fuerzan a minorías a incorporarse en las culturas locales y suprimen lenguajes en beneficio del grupo dominante-. Mientras que ha sido generalmente el desarrollo desigual del capitalismo internacional el que ha expuesto las líneas de fractura de esos estados, los grandes movimientos separatistas han sido provocados habitualmente por algún factor político relevante, como la naturaleza represiva del régimen de Franco en España o la crisis del Laborismo británico.

La posición de los revolucionarios ante esas cuestiones nacionales es más complicada que en el caso de las luchas antiimperialistas. El análisis del SWP sobre la cuestión nacional en Gran Bretaña contiene tres elementos principales: 1. No hay un caso genuino de opresión nacional en Gran Bretaña (los seis países de Irlanda del Norte constituyen, naturalmente, un asunto totalmente distinto); 2. Nuestro primer enemigo es, no obstante, el Estado existente del Reino Unido y el nacionalismo británico que lo sostiene: consecuentemente no tenemos interés en preservar la unidad de ese estado y apoyamos el derecho de autodeterminación de los pueblos galés y escocés (si ellos desean ejercerlo); 3. Al mismo tiempo debemos criticar sin piedad la idea (ahora crecientemente apoyada por el Partido Laborista) de que los trabajadores escoceses y galeses tienen intereses nacionales distintos de los trabajadores en Inglaterra, lo que justifica la colaboración de clase entre la dirección del movimiento obrero en Escocia y los conservadores escoceses, el clero, etc.

Pero otro conjunto de problemas fue planteado por la Guerra del Golfo de 1980-88 entre Irán e Iraq. Aquí existían tres consideraciones esenciales. La primera era la revolución iraní de 1978-79 y sus repercusiones.

Aunque la clase trabajadora fue la fuerza decisiva en el derrocamiento del Shá, la debilidad de la izquierda iraní permitió al Ayatollah Jomeini y a otros mullahs apoderarse del poder político e imponer un régimen que acabó con las principales conquistas de la revolución, justificando la explotación de los trabajadores y la opresión de las mujeres y las minorías nacionales en términos de una ideología fundamentalista islámica reaccionaria.

No obstante, el régimen fue capaz de consolidar su poder en parte a causa de su pretensión de ser el guía de la lucha contra el “Gran Satán” del imperialismo americano. Esto tuvo efectos internos importantes: gran parte de la izquierda iraní se alineó con el régimen tras la toma de la embajada de Teherán por estudiantes islámicos.

La izquierda en todo el Oriente Medio está en bancarrota, sobre todo a causa de la influencia del estalinismo que frenaba, por ejemplo, la resistencia palestina y confiaba más en los regímenes árabes “progresistas” que en los trabajadores y campesinos de la región. En consecuencia el fundamentalismo islámico ha llenado el vacío país tras país, apelando especialmente a los pobres urbanos como una ideología aparentemente radical y antiimperialista.

El temor al impacto desestabilizador del fundamentalismo iraní de los estados del Golfo fue un factor que precipitó la guerra Irán-Iraq en agosto de 1980. El régimen Baath en Iraq, gobernado por Saddam Hussein, fue animado a atacar a Irán por Arabia Saudí y otros sultanatos petroleros aterrorizados por la perspectiva de ser derribados por la revolución iraní; Washington parece haberlo aceptado por razones similares.

Sin embargo, la guerra se transformó rápidamente en una lucha por el dominio regional. Iraq aspiraba a ser el gendarme del Golfo, papel que Irán había heredado de Gran Bretaña en la década de los 60, mientras que Jomeini buscaba, mediante la destrucción del régimen de Hussein, pasar a ser la fuerza hegemónica del área. La sangrienta guerra de desgaste, que se cobró un millón de vidas, tuvo paralelismos con la Primera Guerra Mundial, esta vez entre dos “sub-imperialismos” luchando por una hegemonía local en vez de global. En esta situación, la posición de los revolucionarios no podía ser otra que la de Lenin, una posición derrotista: los trabajadores y campesinos de cada país beligerante sólo podían salir ganando con la derrota de “su” gobierno.

La situación dio un giro a causa de un tercer factor, la escalada militar de los Estados Unidos en el Golfo en 1987-88 y los choques resultantes con las fuerzas iraníes. La Revolución iraní había sido una de las más serias derrotas sufridas por el imperialismo estadounidense en los últimos 20 años. La confrontación militar de Estados Unidos con Irán alteró el carácter de la Guerra del Golfo. Ahora los ataques iraquíes a Irán pasaron a ser parte de una campaña más amplia contra Irán orquestada por Washington. Algunos elementos en la administración estadounidense dieron abiertamente la bienvenida a la perspectiva de la guerra como un medio de terminar con el “síndrome de Vietnam” que había bloqueado la intervención militar norteamericana en el extranjero.

Para los revolucionarios, apoyar la derrota de Irán en estas circunstancias hubiera supuesto alinearse con el imperialismo americano. Los revolucionarios socialistas debían defender el régimen de Jomeini contra los EEUU y sus aliados, incluyendo a Iraq. La derrota de Irán en el Golfo significaba una gran victoria para el imperialismo occidental.

¿Significa esto que los revolucionarios debían abandonar su oposición a los mullahs y su ideología reaccionaria? Absolutamente no. Durante la guerra civil española, Trotsky argumentaba que sus simpatizantes en España tenían que dar al gobierno republicano apoyo militar pero no político: debían luchar junto a las fuerzas gubernamentales pero explicar que Franco sólo podía ser derrotado por medios revolucionarios (toma de las factorías y fincas, garantía de la independencia de Marruecos, etc.).

En Irán esto habría significado que los revolucionarios abogaran por el uso de métodos revolucionarios como el único camino para una conclusión satisfactoria -control obrero de las factorías, incautación de la riqueza de la clase dominante, derecho a la autodeterminación de las minorías nacionales-. Debían intentar fomentar el descontento hacia el régimen de Jomeini y su manera de librar la guerra (guerra de trincheras, ataques con oleadas humanas, bombardeo de ciudades). Sin embargo, debían dirigir este descontento, no a la llamada para un final del conflicto que beneficiara exclusivamente al imperialismo, sino hacia una exigencia de guerra revolucionaria -exigencia que sólo podía ser satisfecha sobre la base de un desafío revolucionario al régimen de Jomeini-. Debían explicar, por ejemplo, que el régimen se encontraba imposibilitado para luchar eficazmente contra el imperialismo por su supresión de las minorías kurda y árabe, su sostenimiento del derroche ostentoso de la burguesía iraní, su corrupción, etc. Tenían que explicar que las horrorosas pérdidas sufridas por la clase trabajadora eran debidas a la manera de hacer la guerra del régimen. Era necesario que se opusieran a todo intento de crear confianza hacia el régimen (por ejemplo, las llamadas del régimen para donar horas gratuitas de trabajo al esfuerzo bélico).

Pero los revolucionarios no podían apoyar acciones que llevaran a un inmediato colapso del frente y a una victoria del imperialismo (por ejemplo, una huelga que cortara el flujo de municiones hacia el frente).

El caso de la Guerra del Golfo ilustra como la cuestión nacional requiere por parte de los revolucionarios un cuidadoso análisis de la situación concreta al aplicar el método marxista a la cuestión nacional en circunstancias particulares. Mera oposición abstracta al nacionalismo no lleva a ninguna parte. Como Lenin decía, “Quien espere una ‘revolución pura’ nunca vivirá para verla”. La gente puede llegar a la lucha contra el capitalismo por diferentes avenidas, incluida la del nacionalismo. Reconocer esto no es capitular al nacionalismo. Por el contrario, el apoyo al derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas es indispensable para quebrar la influencia del nacionalismo sobre los trabajadores del mundo.

La trágica situación de Sri Lanka, donde el subimperialismo regional, India, intervino en 1987 para aplastar la independencia Tamil, lo ilustra claramente. El JVP, un joven grupo influido por el ejemplo de Che Guevara, organizó una insurrección en 1971 que fue derrotada sin piedad por el gobierno de Bandaranaike. En los años siguientes el JVP, partiendo de una nacionalismo antiimperialista típico de gran parte de la izquierda en el Tercer mundo, degeneró en una organización chauvinista cingalesa que llevó a cabo una campaña terrorista contra el malogrado tratado de paz del gobierno de Sri Lanka con los Tigres Tamiles, representantes de la minoría Tamil.

Enfrentado con una izquierda cingalesa que rechazaba la defensa del derecho de autodeterminación de la minoría Tamil, no era sorprendente que los nacionalistas tamiles militantes, los Tigres, recurrieran a métodos salvajes como la masacre de aldeanos cingaleses con el fin de crear una zona “pura” Tamil separada del resto de Sri Lanka. La responsabilidad del terrible resultado -las atrocidades contra los tamiles cometidas por el ejército hindú- recae sobre el JVP y el resto de la izquierda de Sri Lanka que no combatió el nacionalismo cingalés dominante. Debemos aprender de sus errores.

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